Entrevista con Mariano Di Césare antes de la presentación en Niceto
"Dutsiland", el nuevo disco de Mi amigo invencible
Los mendocinos de Mi amigo invencible hace rato que se adaptaron a Buenos Aires, pero hubo algo que les resultó más difícil que ser forasteros en la ciudad: manejar el éxito. Banda de una generación ya acostumbrada a no ganarse la vida con la música, la popularidad les sacó algo de la intensidad de los comienzos: llevan doce años juntos. Como parte del proceso de recuperación y reencuentro grabaron con Luke Temple de Here We Go Magic, armaron una sala en Congreso y Mariano Castro, miembro fundador, dijo adiós: desde ahí armaron Dutsiland, el disco con el que superan la crisis, se internan en nuevos caminos y de alguna manera refundan el grupo.  
Imagen: Nora Lezano

"La dilatación de un momento mágico que dura muy poquito. El instante en que estás despertando y todavía no agarraste el teléfono". Mariano Di Césare suelta estas palabras hacia el final de la charla pero bien pueden aplicarse a la escucha de Dutsiland, el disco con el que Mi Amigo Invencible finalmente logró conjurar los daños colaterales por lo bien que les fue con La Danza de los principiantes, su álbum anterior. "No tengo nada armado, no tengo ningún plan. Estoy algo cansado. Sólo quiero saber si estás acá o estás ahí. ¿En el teléfono o en mí?", cantan en "Desayuno continental", el tema con el que abren el disco --un midtempo suave, como de ensoñación, de duermevela en la primera mañana, cuando los rayos del sol apenas asoman y la brisa todavía aligera-- y que lo mismo puede leerse en conexión con esa "crisis del éxito" que les determinó una rutina de setlists repetidos, estrategias para mantenerse o crecer, y problemas organizativos varios. Entre ellos, el de no poder contar con un hogar, una sala propia para esta banda que arribó desde Mendoza hace varios años y que pese a adaptarse bien, nunca pudo dejar de sentirse un poco extraña en la gran ciudad.

"Somos ajenos, forasteros en Buenos Aires. Y todo lo que hacemos es alquilado", cuenta Di Cesare, también conocido como El Príncipe Idiota cuando se presenta como solista. "Alquilamos nuestro tiempo para poder dedicarnos a la música. Y alquilamos espacio de otros para poder hacerla. Fueron diez años así, de estar en ese 'ser alquilado' y de a poco ir perdiendo el sentido de pertenencia. De usar el tiempo y el espacio de otros porque una sala ajena es tiempo y espacio ajeno, y de sentirnos en un contexto prestado". La consecuencia, lógicamente, fue un desgaste lento y sin pausa. "Entramos en un modo automático que nos vació, nos dejó secos como grupo humano. Hasta que en un momento dijimos: 'Bueno, no podemos seguir así. ¿A dónde está el fuego que teníamos?".

Mariano hace un alto en el relato y el silencio invita a mirar alrededor. Estamos solos frente a una mesa ratona y en un cuarto donde prima la austeridad: un vinilo de Cat Stevens sobre un sofá, algunos muebles viejos, una cafetera. En el fondo, un gran ventanal. Si uno cierra los ojos y se concentra es posible escuchar (¿o imaginar) el murmullo constante de la Plaza Congreso, aún en los días de relativa calma como hoy. "Cuando sacamos Nuestra noche, el EP posterior a La Danza de los principiantes, nuestra primera reacción a ese vacío que nos había invadido fue irnos de la ciudad. Escaparnos de nuestros problemas, del ritmo del baterista cayendo con la oficina en la cabeza y poniéndose a tocar con la voz del jefé detrás", relata.

Justo ustedes, que hicieron de la base rítmica uno de sus puntos fuertes.

--Sí. Justo. Todos veníamos de laburar. Y perdíamos más tiempo tomando una birra antes de empezar que ensayando. No teníamos tiempo para componer. No estaba funcionando. Y a eso sumale que el fantasma de 'La máquina del tiempo', nuestro tema más escuchado en Spotify, de alguna manera estaba contaminando nuestras composiciones posteriores. Sin pensarlo, queríamos un poco conseguir otra vez eso. Esa paranoia del artista que ya viví varias veces.

Y que seguro habrás visto también en otros artistas

--Totalmente. Hace un tiempo leí una nota al creador de True Detective en la que ante el cuestionamiento de por qué la segunda temporada no había tenido nada que ver con la primera, respondía: '¿si ya la hice una vez, por qué voy a hacerla otra vez?'. Ahí me dije: claro, es tan simple. ¿Para qué vamos a repetir algo que sólo era un momento?

Así y todo, Nuestra noche --que salió en 2017 y contó con producción de Shaman Herrera-- fue bien recibido tanto por la prensa como por su público (y hubo motivos: el tema que daba nombre al EP era canción sosegada, placentera y de aire soñador; ideal continuación de La danza...). Pero no trajo solución a aquel problema interno. "Somos parte de una generación que ya tiene asumido no poder vivir de la música, pegarla. Nunca trabajamos para eso más allá de que alguna vez lo hayamos podido fantasear. Entonces cuando te toca y empezás a tener un éxito para lo que es tu escala, tu mundo, cuesta no perder el equilibrio. No sabés cómo sostenerlo. Por ahí te tentás con querer más y empezás a subir la vara. Y ahí es cuando empiezan los problemas".

El camino del héroe

Nuestra noche, igualmente, significó el cierre de "la trilogía de la nostalgia" (conformada por Relatos del pasado, de 2011; La Nostalgia soundsystem, de 2013 y el citado La danza..., de 2015) en el que el grupo exploró deliberadamente las consecuencias sensibles de ese pasado real o inventado que no deja de hacernos sombra. "Era el camino del héroe pero con la nostalgia como nudo y con elementos de ciencia ficción que siempre nos interesaron", relata el cantante, guitarrista y principal compositor. "En todos esos años hablamos del pasado, la nostalgia, de imágenes futuristas. Y nos olvidamos un poco lo que éramos cotidianamente. El aquí y ahora. Entonces, cuando nos dimos cuenta, empezamos a obsesionarnos con el presente", revela sobre el nuevo punto de partida que les permitió empezar a recuperar la fluidez en la creación. Aunque no todavía la ausencia de un hogar.

"Un día el baterista manda un mensaje: 'Miren lo que conseguí'. Y nos pasa el dato un lugar para alquilar y armar nuestra propia sala. En seguida lo vinimos a ver. Y encontramos esto: un piso vacío, pelado, con todo para hacer. Pero también con mucha luz. Justo lo que necesitábamos: tiempo y luz", subraya Mariano y mira con una sonrisa el páramo que lo rodea; un silencio que protege la charla. Y un ventanal que abre la vista a una Buenos Aires desde las alturas. "Al principio nos la pasamos clavando maderitas, pintando paredes, escuchando Nacional Clásica porque era la única radio que se sintonizaba bien", cuenta. "Charlamos y fumamos porro a morir. Y las letras empezaron a reflejar esa nueva realidad".

Si favoritos del grupo como "Los pájaros", "Máquina del tiempo", "Gato negro pasa" o "Gato blanco atrincherado" ponían la atención en mundos de fantasía, rumores de la imaginación que no dejaban de rondar ni aún en los días más corrientes o aburridos (sin duda, una de las virtudes de Mi Amigo Invencible; la capacidad de transportarnos a otro lugar con sólo cerrar los ojos), los temas que empezaron a aparecer a partir de entonces en la nueva sala mantuvieron los ritmos sincopados y ese halo de ensoñación, pero haciendo foco en experiencias más cotidianas. "Toda la ilusión de esta mañana, un café y volvernos a acostar", cantan por ejemplo en "Fósil", un track a pulso urgente mientras que en "Batalla gigante" animan: "Vamos, vamos, vamos. Vamos a donde sea, pero vamos" (y en "Dutsiland" reclaman: "Basta ya de idealizar, lo que tengo es tan normal y especial").

"Hubo muchas charlas por los doce años juntos. Por eso este disco fue un replanteo, una refundación del grupo", destaca Di Cesare. "Y a diferencia de los anteriores en los que íbamos más hacia la construcción de una película, de un mundo imaginario, acá nos concentramos en nosotros, sin recurrir a un personaje", confirma quien para la posterior grabación de Dutsiland ("Una palabra inventada que es un poco como Rosebud de El Ciudadano, lo que dice antes de morirse y nadie sabe lo que significa") decidió llamar por primeva vez a un tercero y correrse del lugar de productor creativo.

"Elegir un productor es un voto de confianza. Y barajamos varios nombres hasta dar con el que queríamos", dice sobre Luke Temple, el hombre elegido; cantante y compositor de Here We Go Magic , banda indie oriunda de Brooklyn, Nueva York. "Siempre me gustó lo que hace. Tanto con su grupo como solista. Y cuando le preguntamos si tenía ganas de venir a grabar por primera vez con una banda argentina, accedió en seguida. 'Me gustan las melodías, les encuentro groove. Podemos hacer algo crocante, mágico y suave a la vez', nos dijo cuando llegó y con los chicos nos miramos porque era justo lo que queríamos escuchar", recuerda. Y especifica: "Luke para nosotros es de la talla de Yo La Tengo. Y los parámetros que usamos para elegirlo fueron: uno, que nos gustaba mucho su música. Dos, que pintaba cuadros, es pintor, no un tipo solamente encerrado en el estudio con su perillita. Y tres, que su mejor disco lo produjo Nigel Godrich. Pensamos: bueno, algo de data de haber grabado con el productor de Radiohead y Pavement va a bajar. Y la bajó".

Descontaminar los ánimos

Con un estudio alquilado en General Rodríguez, la banda llevó a Luke en un traffic hasta destino y se internó sin más durante nueve días a registrar las nuevas canciones. "Fue una grabación muy marcada por las horas del día", relata. "Por eso el impresionismo del gallo en la portada. Nos despertábamos con ese gallo todas las mañanas. Y Fede Calandria, el ilustrador de todas nuestras tapas, también muestra ahí un cambio importante. Un cambio que fue a la par nuestro", subraya el cantante, que describe a Luke Temple como "muy responsable con su trabajo". "En el momento no nos hizo muchos comentarios sobre la banda pero luego cuando regresó puso en su Instagram: 'Tuve la suerte de poder viajar a la Argentina y grabar un gran disco con unas personas hermosas'. ".

Dutsiland, que tendrá su presentación oficial este 5 de diciembre en Niceto Club, tuvo la buena recepción de sus discos anteriores y el reconocimiento de que se estaba ante un disco que implicaba algún tipo de reformulación interna ("Me miro en el espejo, no sé bien lo que veo, creo ser yo", cantan, no por nada, en "Todo pasará", el tema cierre). Pero, también, significó la sentida partida de Mariano Castro, letrista, cantante y miembro fundador. "Al ser tantos (hasta la partida de Mariano éramos siete) es muy sensible el lugar que cada uno pueda tener en un grupo. Y la presencia de Mariano se fue reduciendo mucho el último tiempo", relata Di Cesare con dificultad. "El trabajo que hacíamos él y yo con las letras era muy particular. En general yo traía el esqueleto y él lo iba modelando como una especie de escultor. Estamos haciendo esta nota y pienso todo lo que hizo Mariano por Mi Amigo Invencible y es muy doloroso. Pero también son cosas que pasan en las bandas. Momentos durísimos que no queda otra que superar".

¿Qué viene ahora? "Me doy cuenta de que somos una banda que nunca vamos a poder ser parte de la industria pero sí su alimento. Su inspiración", reflexiona Di Cesare. Y reconoce que hubo un período --coincidente con la crisis relatada al inicio-- en la que la pretensión alimentada por las redes sociales contaminó los ánimos. "Vimos colegas que estaban tal vez en una mejor posición que la nuestra e inconscientemente quisimos formar parte. Lo describimos en 'Loco trópico': 'Quiero pertenecer antes de oscurecer'. Una cagada porque te olvidás de vos mismo", hace mea culpa Mariano. Un error que, se ve, ya es historia. "Por todo esto es que el disco también es importante: para entender que somos nosotros y nadie más". Lo que sigue es el futuro.

Mi amigo invencible presenta Dutsiland el 5 de diciembre a las 20 en NicetoClub, Niceto Vega 5510. Junto a Monotoro. 

 

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