Se despide la obra protagonizada por Julieta Zylberberg
"La fiebre" de Mariana Chaud
La obra que reúne a Chaud y Zylberberg es un objeto escénico peculiar, una representación de ese límite entre infancia noventosa y adultez quebrada que parece encarnarse en el mundo que recoge la obra. Humor amargo e irreverencia tierna en un diálogo entre una mujer, Azucena, y su tortuga, Fiebre. 
Julieta Zylberberg en La fiebreJulieta Zylberberg en La fiebreJulieta Zylberberg en La fiebreJulieta Zylberberg en La fiebreJulieta Zylberberg en La fiebre
Julieta Zylberberg en La fiebre 

Lengüita deforme, cuerpo blando de molusco y un par de datos más conforman la descripción de Fiebre. Fiebre es la tortuga de Azucena, protagonista y narradora de la travesía que veremos desplegarse a lo largo de la obra que lleva su nombre. Así como es atípico el diálogo entre mujer y tortuga, también lo es el encuentro artístico entre las dos creadoras. Mientras Mariana Chaud despliega una carrera escénica multidisciplinar---actriz, dramaturga y directora--, Julieta Zylberberg actúa en simultáneo en los diferentes circuitos teatrales, en cine y televisión.

¿Cómo se construye el relato de la propia experiencia? se pregunta Chaud en el programa de mano de una obra reciente y esa pregunta pareciera irradiar gran parte de sus materiales escénicos. Los mundos que propone desde su rol autoral parecen girar en torno a esa inquietud. Así, la obra Budín inglés, estrenada en 2006 en el marco del ciclo Biodrama dirigido por Vivi Tellas, trabajaba sobre los impactos de la lectura en la experiencia de la vida cotidiana. No me pienso morir, obra que hizo funciones en el año 2017 en el Teatro Cervantes, planteaba la tensión entre vivencia y relatos de vivencia desde la pregunta acerca de si el relato amoroso es más importante que la experiencia amorosa. Estos abordajes se combinan con otras pruebas escénicas que también tienen como centro lo experiencial de un espectador en recorrido. Una de ellas es la obra Jardín sonoro con formato de Site Specific, que la reúne con un grupo de artistas escénicas en el Jardín Botánico de Buenos Aires. Intercaladamente a estas producciones que dan cauce a su universo dramatúrgico, como actriz trabajó con Vivi Tellas, Javier Daulte, Lola Arias, Santiago Gobernori y Matías Feldman, entre otros. Actualmente se encuentra actuando en la obra Reinos de Romina Paula, Agustina Muñoz y Margarita Molfino que hace funciones en el Teatro Sarmiento de jueves a domingo hasta el 7 de diciembre.

En el trabajo de Zylberberg hay actuaciones múltiples que parecen trascender los soportes. Desde pequeña en programas de televisión como Magazine For Fai, y años después en unitarios y series como En terapia, Doce casas, Historias de mujeres, El jardín de bronce y Loco por vos, entre otras. También fue parte de películas clave del cine nacional como La niña santa de Lucrecia Martel, Géminis de Albertina Carri, La mirada invisible de Diego Lerman y Relatos Salvajes de Damián Szifrón. En teatro, actuó en la exitosa Agosto, con dirección de Claudio Tolcachir, lo cual le dio mucha visibilidad en el campo de la escena y en 2007 en Un enemigo del pueblo de Ibsen, en el Teatro San Martín con dirección de Sergio Renán. Antes de eso, ya había sido parte del elenco de Lucro Cesante de Ana Katz, obra de culto que se mantuvo en cartel por varias temporadas.

Siguiendo sus recorridos se puede ver que la asociación entre ambas no es lo más predecible que la escena puede dar. Y quizá justamente en ese encuentro extraño radique algo de la peculiaridad del objeto escénico que es La fiebre.

Entrada de público. La mujer espera, sentada en un extremo, birra en reposera. A su alrededor, la huella de un posible Italpark abandonado nos recibe con sus tiras de luces melancólicas que insisten con llevarnos al pasado (¿cuándo estuvo en actividad? ¿los 80? ¿los 90?). En el centro un par de autitos chocadores estallados, oxidándose, que parecen no haber resistido el golpe de esa vida lanzada al vacío. Y es que hay algo de ese límite entre infancia noventosa y adultez quebrada que parece representarse en el mundo que recoge la obra, entre la convivencia con un tío que apenas logra cuidar sin amor, un fogón con amigos, una caminata acompañando al tren Sarmiento, el posible encuentro con compañeros de la secundaria en el trayecto, el enfrentamiento con vecinas violentas, una visita al fiambrero, una internación y, siempre latiendo, la recurrencia de la inquietud de para qué los otros. La calle al borde de la vía que conecta centro y periferia reúne también un pasado de autos chocadores y un presente excedido de óxido, de drogas. Los fragmentos recortados se van presentando como pedazos de anécdotas que parecen imponerse como la razón principal por la que Azucena emprende el camino a partir del cual contará sus hazañas de supervivencia y deterioro. Al hacerlo, una fragilidad aún fresca, agrietada y una actuación que capta y corporiza un ser abandonado a su suerte, da cuenta de la insistencia de ese entretiempo que funda su presente: en ella el cassette, la revista Muy interesante, la Guía-T; en los demás, en cambio, el Bluetooth, las playlist, el Twitter y las responsabilidades. Entremedio toda ella y sus decires.

¿Para qué está la gente con la gente? esa pregunta acompaña a la joven, mientras a su lado se encuentra su amiga tortuga, su interlocutora más sana, su ladera, su borde. Azucena dice no encontrarse ni presa, ni libre... pareciera ser entonces que se ubica en un entremedio. En una suspensión. Su discurso punk naif y su pose que coquetea con lo trash, caen definitivamente a la basura cuando entiende que no podrá nunca entrar en el sistema. Pero al hacerlo no acusa, no provoca, no estalla la incomodidad de la víctima en la cara del espectador, sino que va acumulando en nostalgia honda. Los caminos por los que nos pasea Julieta Zylberberg son amenos, nos identifican, pero es recién hacia el final que tomamos consciencia de la espesura de ese quiebre. La vemos "pasada" --le dicen-- y rota por dentro, pero ello se cristaliza como la base de su irreverencia entrañable. Si hace tiempo que enfermó y enfermaron los vínculos a su alrededor, ella también es Fiebre y el mercurio levanta temperatura a gran escala frente a lo verde, frente a un chico y frente la posibilidad de tomar un helado con alguien que quiera charlar un rato.

El material se encuentra impregnado de una irreverencia tierna y un humor amargo. Las ruinas de ese cuerpo roto ya contagiaron todos sus vínculos, está en el medio siendo hija y siendo madre, pero sigue sin entender para qué se relaciona la gente con la gente. La tortuga, en cambio, no tiene preguntas, se deja mirar, dialoga, ordena ideas, pero ante todo es dueña. Dueña de todo lo que Azucena anhela: una casa que se puede llevar a cuestas.

La fiebre va los sábados a las 23 en Nün Teatro Bar, Juan Ramírez de Velasco 419. Última función sábado 7/12.

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