La cuenta se pierde de vista porque es larga y casi infinita. En América Latina sobran los dedos de una mano para contar los países que no sufrieron un golpe de Estado. El de Bolivia que derrocó a Evo Morales es el último, pero resulta difícil mencionar con la misma nitidez al primero. Venezuela 1948, Cuba 1952, Guatemala 1954 son viejos mojones en la historia de asonadas militares contra presidentes constitucionales. 

Estados Unidos apareció muchas veces detrás como partícipe necesario y sus propios documentos desclasificados lo demuestran. Las intervenciones de Washington llegan incluso hasta el siglo XIX. Pero con el advenimiento del XX, la dinámica intervencionista se incrementó. Las invasiones y ocupaciones de países se combinaron con la llamada política de las cañoneras, la doctrina del Big Stick (Gran Garrote) y los golpes cívico-militares. En el siglo XXI se los empezó a llamar “blandos”, como la destitución del obispo Fernando Lugo en Paraguay o el Impeachment contra Dilma Rousseff en Brasil, ambos aprobados por el Congreso. Semejantes demostraciones de fuerza también prueban que los jefes de Estado derribados siempre cubrieron un espectro ideológico variado que pasó de la izquierda al progresismo o del populismo al nacionalismo revolucionario. Rara vez hubo políticos de derecha depuestos. A no ser que se produjera un golpe dentro del golpe.

En su libro Tiempos de oscuridad, el sociólogo chileno Marcos Roitman Ronsemann sostiene que “los golpes de Estado han seguido un itinerario propio bajo la estrategia de la tensión. Primero la guerra psicológica, una cuidada campaña del miedo aludiendo a la amenaza comunista, luego la desestabilización política, el estrangulamiento económico generando un gran mercado negro, evadiendo capitales y, por último, sacando a las hordas fascistas a las calles para crear un estado social de ‘caos’, atacando locales de partidos obreros, sedes sindicales, saboteando puentes, líneas férreas, etcétera. Todo para culminar pidiendo a las fuerzas armadas su intervención para acabar con el desorden social y la ingobernabilidad”. Este texto que prologó Atilio Boron es de 2013. Tiene varias semejanzas con la actualidad boliviana que no son pura coincidencia.

Tantos golpes de Estado han arrasado América Latina que resulta hasta difícil segmentarlos por región (Hispanoamérica en general, Centroamérica, el Caribe o Sudamérica), por época o por las condiciones en que se produjeron. Roitman Ronsemann acaba de publicar otro ensayo en la misma línea argumental que se titula Por la razón o la fuerza: Historia y memoria de los golpes de Estado. En una entrevista que le concedió a la revista cultural española El viejo Topo en septiembre pasado, explica en su trabajo el papel de las grandes corporaciones en las caídas de presidentes constitucionales: “se citan los documentos del departamento de Estado para casos como Chile, Argentina, Brasil, Guatemala o República Dominicana, además de El Salvador, Honduras, Ecuador, Bolivia, en fin de casi todos los países, inclusive, en México, cuando se frustró el golpe contra el general Lázaro Cárdenas tras la nacionalización del petróleo. Los nombres de las compañías van desde ITT, Anaconda, Ford, las siete hermanas del petróleo, hasta el capital financiero y la banca. La lista es interminable…”

Hay países que sufrieron varios golpes de Estado a lo largo de su historia. Venezuela es uno de ellos, pese a su relativa estabilidad democrática a lo largo del período 1958-1998. En 1948 los militares depusieron al presidente Rómulo Gallegos, un destacado novelista que apenas duró nueves meses en el gobierno. Exiliado en Cuba once años antes de que se produjera la revolución liderada por Fidel Castro, denunció que el golpe tenía “olor a petróleo” y el papel que cumplió la misión castrense de EE.UU en su derrocamiento.

El 11 de abril de 2002 la historia se repetiría con Hugo Chávez, aunque hubo una gran diferencia. El líder de la revolución bolivariana recuperó el poder dos días después. El control de los hidrocarburos del primer productor mundial, como en el 48, sigue pendiendo como una amenaza sobre el presidente actual de Venezuela, Nicolás Maduro.

El año 1954 marca un hito en la historia de los golpes de Estado. Porque quedó documentada la participación de la CIA en el derrocamiento del presidente constitucional de Guatemala, Jacobo Arbenz. Cuatro décadas después, Estados Unidos desclasificó información secreta que probaba aquella intervención militar contra el gobernante que había decidido la reforma agraria mediante el decreto 900 de 1952. La United Fruit Company (UFC) estuvo detrás de la asonada. Tenía miles de hectáreas en el país.

Cuando todavía se utilizaban con frecuencia las invasiones u ocupaciones de EE.UU sobre naciones independientes, la República Dominicana sufrió la suya en 1965. La excusa del presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, fue evitar que se repitiera otra revolución cubana en el Caribe. Un año antes, Brasil había comenzado su larga dictadura militar que se prolongaría entre 1964-1985. El cono sur arrancaría así una serie de golpes de Estado que seguiría en Bolivia 1971, Chile y Uruguay en 1973, más Argentina en 1976, que ocasionó la mayor cantidad de víctimas con 30 mil desaparecidos.

Cuando las invasiones parecían haber caído en desuso después de Bahía de Cochinos en Cuba y Santo Domingo en el primer lustro de los años ‘60, Estados Unidos retomó ese camino en 1983. El 19 de octubre de ese año el presidente de la pequeña isla de Granada, Maurice Bishop, fue ejecutado junto a otros 15 colaboradores después de que por un tiempo breve llevara adelante un gobierno progresista que Estados Unidos no aprobaba porque se había acercado a la Revolución Cubana. Seis años después, el 20 de diciembre de 1989, más de 20 mil soldados de EE.UU entraron por tierra, mar y aire a Panamá, en una operación que se denominó Causa Justa con el propósito de derrocar al militar Manuel Antonio Noriega, un ex aliado de Estados Unidos y colaborador de la CIA y la DEA que de repente fue transformado en enemigo.

Panamá junto a Puerto Rico encabeza hoy la nómina de bases de EE.UU en el continente. Tienen doce cada uno. A treinta años de aquella intervención en el pequeño país del célebre canal, Bolivia marca el retorno a los golpes de Estado clásicos. América Latina está cercada y hasta vuelve a hablarse de un nuevo Plan Cóndor. Se retrocedió al peor de los pasados.

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