Aquella noche inolvidable en Vélez
A 10 años de Las Bandas Eternas: la luz de Spinetta
Lo que al principio parecía solo el delirio de un fan del Flaco fue tomando forma hasta convertirse en una velada que quedó en el corazón: la noche en que 52 canciones dejaron constancia de la obra de un artista único.
Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos. Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos. Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos. Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos. Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos. 
Almendra en Vélez, el reencuentro de cuatro viejos amigos.  
Imagen: Gonzalo Martinez

Primero fue un rumor. Un rumor que parecía tener el mismo asidero que Elvis está vivo o Los de Kiss usan plataformas para pisar pollitos. Spinetta va a repasar toda su carrera en River, se decía, se repetía, se insistía ante la obvia incredulidad de quien escuchara semejante delirio, la noticia que se acomodaba al sueño de todo seguidor de su obra. Había un argumento del cual agarrarse, los 40 años transcurridos desde el primer disco de Almendra; pero costaba imaginarse al Flaco, siempre con la convicción de mirar hacia adelante, siempre con nueva música entre sus manos, abriendo una puerta a la efeméride y la nostalgia.

Pero también había razones para creer. El 16 de febrero de 2005, en el Teatro ND Ateneo, Luis Alberto había dado un show íntimo en el que conjugaba con toda naturalidad pasado y presente. “Crisantemo” y “Kamikaze”, “Buenos Aires, alma de piedra” y “Contra todos los males de este mundo”, canciones de Para los árboles y “Durazno sangrando” y “Viaje y epílogo” (¡!). Las presentaciones en el Teatro Colón, en 2003 y 2006, habían propiciado reencuentros similares. ¿Y si era cierto? ¿Y si Spinetta realmente había decidido reactivar a Almendra, y a Pescado Rabioso, Invisible, Jade, los Socios del Desierto, para una única e inolvidable noche?

En las calles apareció un simple afiche negro que decía “Te invito a mi cumple – Luis”, y aún así se descreía. Era demasiado bueno para ser cierto. Tuvo que llegar el 27 de octubre de 2009, y que Spinetta subiera al escenario del Centro Cultural 25 de Mayo -ahí nomás de La Diosa Salvaje-, para que el último incrédulo bajara las banderas. “Es una entrega total para devolverle el amor que la gente les puso a estas bandas durante todo este tiempo, y que yo, este ‘pinche cabrón’ que ven acá, sea el maestro de ceremonias y reúna a todos estos músicos impresionantes para festejar mis 40 años con la música... espero cumplir 50, porque la música es tan eterna que es como la edad astronómica en relación con la edad de los hombres. Digo: todas las edades son buenas, pero hoy me siento firme para hacerlo y, por ahí, dentro de diez años ¿quién lo sabe?”, dijo, con la remera de Conduciendo a Conciencia y una versión acústica de “8 de octubre” para refrendar su compromiso con la organización nacida de la tragedia del Colegio Ecos. En vista de la historia posterior, mejor ni internarse en el peso de las palabras que Luis dijo ese día.

La cuestión es que el concierto de las Bandas Eternas no era un delirio de corrillo en el Parque Rivadavia. Finalmente no iba a ser River sino Vélez: los vecinos del Monumental ya venían presionando para que no hubiera más shows en la cancha, y en la misma fecha anunciada AC/DC se encargaría de atronar el barrio con Black Ice y darles el argumento definitivo.

4 de diciembre de 2009. La patria spinetteana circuló la fecha en el calendario y empezó a contar los días.

Luis Alberto y Charly, dos gigantes se saludan. Imagen: Gonzalo Martínez)

Todos los testimonios coinciden: lo que sucedió en esos meses en Saldías, un gran complejo a metros del río -cerca del mismo espacio frente a Canal 7 donde el Flaco dio algún show memorable- fue pura magia. Los músicos hicieron click y la historia de Spinetta se hizo presente, aunque hubiera que rebuscar en la memoria para volver sobre ciertos pasos: Pomo y Machi declararían después lo difícil que resultó al principio reconocer los “moños” de Invisible, y la prodigiosa memoria de Guillermo Vadalá para los acordes reafirmó el apodo de “Salvatore” que le había impuesto el Flaco. La usina se volvió incontrolable. Todos querían participar. Luis Alberto no quería ser el único centro, también quería homenajear a Litto Nebbia, a Pappo, a Charly García, a Miguel Abuelo, a Tanguito, Gustavo Cerati, Fito Páez: la lista de canciones crecía y crecía, el desfile de músicos era un desafío a la logística.

El 12 de noviembre hubo un aperitivo que llevó la expectativa al borde de lo intolerable. En el Café Molière, la prensa dio asistencia perfecta para una nueva presentación que incluyó shows de Invisible (“Amor de primavera”), Pescado Rabioso (“Mañana o pasado” y “Me gusta ese tajo”), un tema solista (“Retoño”) y un final apoteósico haciendo “Rezo por vos” junto a Charly. Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García estaban en el lugar, pero el retorno de Almendra iba a tener que esperar. No importaba. En esa esquina de San Telmo la gente se pellizcaba.

Diez años después, lo sucedido el 4 de diciembre de 2009 entra en el terreno de la ensoñación. Contra algún pronóstico malintencionado, Las Bandas Eternas agotó las 37 mil localidades del estadio de Liniers; la producción llegó a plantearle a Luis Alberto la franca posibilidad de una segunda fecha, pero él se negó de plano. Una breve declaración de intenciones y “Mi elemento”, de Un mañana, fueron el puntapié inicial para una noche paradójica: a medida que un inesperado clima invernal congelaba los pies, el calor del alma lo compensaba todo. En más de cinco horas de concierto, Spinetta repasó 52 canciones. Mientras a su alrededor los músicos iban y venían, se mantuvo firme frente al micrófono, presa él mismo de un vaivén emocional y a pesar de ello entero, cantando hasta el final y –siguiendo con las paradojas- sin gestos de flaqueza.

(Imagen: Gonzalo Martínez)

Inenarrable, fue la primera y última palabra de la reseña que publicó Página/12 el domingo 6. El corazón spinetteano latió con una potencia indescriptible, y fue atesorando momentos que un año después, con la edición del box set de tres CD y tres DVD, habilitó una recreación que emociona pero –como aquel relato de show- tampoco consigue configurar la intensidad del momento. Cuando Luis Alberto y Diego Rapoport pusieron en escena a Kamikaze con “Ella también” y a Los niños que escriben en el cielo con “Umbral”, el silencio que ganó al estadio dio la sensación de que el universo entero se había parado a escuchar. Y era solo el comienzo del desfile de músicos y canciones que miles de personas habían deseado toda su vida. Algunos por volverlas a ver en vivo. Otros porque nunca habían podido ser testigos. Todos, por la sencilla e indiscutible razón de estar presenciando el recuento de obra de un artista único, imprescindible, ya no de ese mutante llamado “rock argentino” sino de la cultura toda.

Cada quien tiene su momento –o momentos, más bien- preferido. Pero, entonces y ahora, existe el consenso de que una cumbre de la noche de Vélez fue Invisible. Porque “Durazno sangrando” fue casi un número puesto, pero ver en vivo “Jugo de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo” y “Niño condenado” hizo rebotar las mandíbulas contra el piso. 33 años después de la separación, Invisible volvió a ser ese muro insondable, esa combinación de potencia, sutileza y lirismo que puso una cuña a mediados de los ‘70. Solo después se sabría que el trío había ensayado también “Encadenado al ánima”, pero en la selección final quedó afuera. Quizá hubiera sido demasiado.

Pero resulta ocioso señalar que lo del trío fue una de tantas deudas saldadas con la historia emocional de cada quien. Porque el set de Pescado –el más largo de todos- fue otro vendaval que habilitó a momentos de pura psicodelia como “Serpiente (Viaja por la sal)”. Porque el cruce con Cerati en “Té para tres” y “Bajan” sigue poniendo hoy la carne de gallina, y no solo por el dolor de que ya no estén. Porque los encuentros con Fito y Charly fueron puro amor, y también propiciaron el gesto histórico del Flaco cantando “Filosofía barata y zapatos de goma”. Porque “No ves que ya no somos chiquitos?” con el Mono Fontana, “Alma de diamante” junto a Juan Del Barrio y “Vida siempre” con Leo Sujatovich hicieron lagrimear hasta al más curtido. Porque “Fina ropa blanca” fue de una delicadeza infinita. Porque “Cementerio Club” con Gustavo Spinetta fue otro aluvión emocional, y los Socios del Desierto con Javier Malosetti honrando al Tuerto Wirzt pusieron su cuota de energía arrolladora. Porque en “8 de octubre” Luis y Ricardo Mollo volvieron a firmar su pacto de admiración mutua.

Y porque en ese tramo final previo a los bises se disolvieron cuatro décadas de vida, y los amigos de Bajo Belgrano subieron a recordar cómo comenzó todo. Almendra cerró su set volteando toda barrera con “Muchacha” (y esta vez nadie necesitó gritar el clásico pedido), pero también sacudió con “A estos hombres tristes” y “Fermín”, y sorprendió con “Color humano” y con “Hermano perro”, cuya ausencia del DVD final se sigue lamentando. Para cuando “Seguir viviendo sin tu amor”, “Yo quiero ver un tren” y “No te alejes tanto de mí” liquidaron la velada, a nadie le importaba el frío, ni llevaba cuenta del tiempo ni quería analizar racionalmente nada. Apenas un par de años después todo sería pura tristeza y dolor, y el interrogante eterno de qué fue lo que iluminó al Flaco para dejar en los corazones semejante gema antes de su partida. Pero ese 4 de diciembre sigue siendo un faro para guiarse en las oscuridades de la historia.

Como sea: gracias, Luis Alberto.


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