Javier Vaca, rosarino hijo de un represor de la dictadura
Romper el silencio para no ser cómplice
Integra el colectivo "Historias Desobedientes" desde 2018. Su padre Omar Vaca operaba con el nombre Antonio Venecia. 
Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe. Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe. Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe. Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe. Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe. 
Javier Vaca considera que es su obligación contar lo que sabe.  

Fines de la década del 80. Un joven está frente a la televisión en su casa de Rosario. Sentado en el living junto a su padre, miran el noticiero y escuchan con atención lo que cuenta el presentador: en Funes, una localidad cercana, a unos kilómetros de la ciudad, se encontró un lugar en el que se cree habría funcionado como un centro clandestino de detención y tortura durante la última dictadura militar. El periodista detalla la ubicación de la casa-quinta, como las tantas de fin de semana que hay desde hace décadas en ese pequeño pueblo, y agrega que se llevará a cabo una investigación para estar seguros y saber qué fue lo que pasó.

 

"Guardé silencio por muchos años. No es algo que se pueda procesar fácilmente, lleva tiempo. Yo viví con un genocida". 

 

“No van a encontrar nada ahí, porque quemamos todo”. Solo eso dice el padre, sin desviar la mirada de la pantalla, cuando la noticia termina.

—Ahí fue cuando me cayó una primera ficha, mirando el noticiero sobre la Quinta de Funes. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta del rol que había tenido mi viejo en Rosario durante la dictadura. Pasaron años después. Inconscientemente guardé silencio por muchos años. No es algo que se pueda procesar fácilmente, lleva tiempo. Yo viví con un genocida -cuenta Javier Vaca.

Todos lo conocen por Javier, aunque su primer nombre es Omar. Javier es hijo de Omar Jesús Vaca, suboficial del Ejército, integrante del Destacamento de Inteligencia del ex Batallón 121 en Rosario, entre los años 1970 y 1978, a las órdenes del ex Teniente Coronel Pascual Oscar Guerrieri. Guerrieri fue condenado en el año 2010 a prisión perpetua, por haber cometido crímenes de lesa humanidad durante la última dictadura cívico-militar, en la causa conocida como Guerrieri I. Dicha condena alcanzó también al ex Mayor Jorge Fariña, al ex Teniente Juan Daniel Amelong y al personal civil contratado Walter Pagano y Eduardo “Tucu” Constanzo. A esa primera condena le siguieron otras dos perpetuas en las causas Guerrieri II y Guerrieri III, todas por crímenes de lesa humanidad cometidos, entre otros centros clandestinos de detención, en la Quinta de Funes.

—Cuando los vi en el juicio los recordé, de cuerpo presente, por haberlos visto en mi casa. Guerrieri, Amelong, Fariña, el “Tucu” Constanzo, de todos me acuerdo. Mi papá me llevaba al destacamento, a jugar al fútbol con sus jefes -dice Javier-. Sin embargo, mi viejo murió impune. Su nombre no figura en ninguna de las causas. Él hacía inteligencia. Y es verdad que en los juicios los condenados fueron los jefes y los civiles que formaban parte; pero de la gama intermedia, casi nadie. Eran más de setenta personas laburando ahí. Hoy pocos quedan vivos.

Todos los juzgados y condenados por delitos de lesa humanidad fueron reconocidos por sobrevivientes. Las investigaciones se iniciaron siempre a partir de esas denuncias. En el año 1984, gran parte del material que había reunido la CONADEP delegación Santa Fe, para presentar ante el presidente Raúl Alfonsín, desapareció en un famoso robo que tuvo lugar en los Tribunales Provinciales de Rosario, donde se conservaban los papeles. Eso, tal vez, explique también la ausencia del nombre de Omar Vaca de cualquier registro que lo relacione con el accionar clandestino de aquellos años. Además, quienes integraban esos grupos, solían utilizar nombres falsos, seudónimos, nombres “de guerra”: el de Omar Vaca era Antonio Venecia.

El padre

—Mi viejo era cordobés y mi vieja de un pueblo de Santa Fe. En 1955 mi papá estaba haciendo la colimba en el Chaco y se conocieron, porque ella se había mudado allá con la familia. Todas las hermanas de mi mamá se casaron con efectivos de las fuerzas de seguridad, militares y policías. Pero él era diferente, era como un encantador de víboras: le gustaba la música, era cantante, recitador, hasta boxeador. Cantaba en la radio, tenía un grupo de música latina junto a otros colimbas, y ahí lo conoció mi mamá. Él terminó el servicio militar y se “enganchó”, como decíamos en la familia, para ser suboficial. En 1966, yo ya había nacido, nos mudamos a Buenos Aires para que él estudiara en la Escuela de Inteligencia de Suboficiales, y en 1968 nos fuimos para Rosario.

Históricamente, los militares siempre han sido trasladados a diferentes puntos del país donde hubiera destacamentos o ejércitos, y para sus esposas e hijos era algo común mudarse cada tanto de un lugar a otro. Javier, que había nacido en Chaco, creció en Rosario, fue a la primaria, a la secundaria y, finalmente, a la universidad allí. En 1993, no bien se recibió, aceptó un puesto de profesor en la UNPA, la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, en Puerto San Julián, un pequeño pueblo costero de Santa Cruz, a más de 2 mil kilómetros de Rosario. Tal vez, piensa Javier, que actualmente sigue viviendo en Santa Cruz, la distancia física buscaba también poner distancia simbólica con un padre con el que ya no tenía una buena relación.

—El vínculo empezó a complejizarse cuando yo arranqué Ciencias Políticas. Él hubiera preferido un médico, un abogado, algo que no tuviera que ver con la política. Mi vieja, que siempre intercedía en los conflictos familiares, me dio una mano en ese sentido. Los primeros encontronazos los tuvimos cuando yo empecé a militar en el socialismo, en la facultad. Un día, durante un almuerzo, me dijo: “me pasé toda mi vida persiguiendo a comunistas y socialistas y ahora tengo un hijo socialista”. Yo le respondí: “ese es tu castigo”, y ahí dejamos de hablarnos por seis meses. Cada ve que discutíamos por cuestiones políticas, él repetía que tenía treinta años de doctrina de seguridad nacional en la cabeza y que yo no lo iba a convencer de otra cosa. “No me arrepiento de nada”, decía siempre. Y es verdad, para él todo lo que pasó había estado bien. Cuando mostraba su veta militar era terrible, ahí sí era terrible.

El Destacamento de Inteligencia 121 de Rosario fue el centro de operaciones de cientos de desapariciones, torturas, asesinatos y hasta robos de bebés en la región durante la dictadura. A pesar de que los juzgados y condenados en las mega-causas son una minoría de quienes trabajaban allí en ese momento, Javier señala que todos fueron necesarios para el funcionamiento de semejante máquina del terror y, por lo tanto, cualquiera de esas acciones es considerada un crimen de lesa humanidad: desde aquel que detenía o secuestraba a alguien, hasta el que le abría la puerta del calabozo. Y, por supuesto, quienes hacían la inteligencia para saber a quién llevarse, como su padre.

"Un día me dijo: 'me pasé toda mi vida persiguiendo a comunistas y socialistas y ahora tengo un hijo socialista”. 

—Mi viejo cada tanto renegaba de algunos generalotes, de Videla, de Massera, los que estaban en Buenos Aires. Pero también se ufanaba de conocerlo a Galtieri, de haber comido asados con él. Le gustaba esa crema. Y le parecía que todos los demás eran una mierda: los judíos, los negros, los pobres, los comunistas...

 

La familia

Lo que Javier llama “la familia castrense” es, en su descripción, una familia de lo más tradicional que pueda imaginarse: la figura de un 'pater familias', fuerte, autoritario, con poder de decisión absoluto, una esposa absolutamente subordinada y unos hijos que son tratados de manera muy diferente, según sean hombres o mujeres. “Tus hermanas son dos idiotas” solía escuchar de chico. Siempre fue muy claro, incluso cuando creció, que él era el preferido, tanto del padre como de la madre, el destinado a convertirse en el hombre de la casa, rol que nunca quiso aceptar.

—Los malos tratos se los llevaban mis hermanas, siempre. Yo me lo tomaba a broma, pero ahora me pregunto cuál era mi responsabilidad, ahora veo qué cosa tan terrible crecer así. Mi vieja, por otro lado: yo también le echo la culpa, ella es partícipe necesaria, responsable de haber guardado el secreto de lo que mi papá hacía. Era todo común en mi casa, ese tipo de cosas, como que ella llevara en la cartera un 38, yo lo sabía y lo veía. Mi vieja me quería, y creo que en sus últimos años se arrepintió y empezó a contar algunas cositas, pero nunca voluntariamente, siempre con tirabuzón.

“Los hijos no son nunca responsables por las acciones de los padres”, es una frase que se suele repetir a menudo, en las circunstancias más diversas. En el caso de los hijos e hijas de genocidas que decidieron renegar públicamente del accionar delictivo de sus padres, el significado cobra una nueva dimensión: rebelarse contra los mandatos parentales nunca es fácil, pero hacerlo en un gesto que implique, además, un posicionamiento ante una sociedad que no deja de necesitar y reclamar memoria, verdad y justicia, es sin duda mucho más notorio, mucho más significativo y, desde ya, mucho más duro.

—Qué suerte tan desgraciada me tocó de tener un padre genocida- se lamenta Javier-. Mi viejo no era malo conmigo, por eso es espantoso llegar a pensar, llegar a darte cuenta de que el tipo que te crió con amor podía tal vez secuestrar una criatura, torturar, y después decir “te quiero, hijo” y llevarme a jugar al fútbol. Nosotros, los hijos de genocidas que luchamos por memoria, verdad y justicia, no sé si estamos todos locos o somos lo más cuerdo.

La decisión de hablar

En el año 2017, un recurso de la Corte Suprema de Justicia, conocido como 2x1, habilitó la reducción de la pena de muchos condenados por crímenes de lesa humanidad. Ese fue el momento en el que empezó a gestarse el colectivo “Historias Desobedientes”, conformado por hijos e hijas de represores que reniegan del accionar de sus padres y apoyan la causa de DDHH y la lucha por memoria, verdad y justicia.

—En muchos casos, los que iban a quedar libres con el 2x1 (medida con la que, finalmente, gracias al reclamo popular, la Corte dio marcha atrás) eran nuestros padres, padres de quienes integran el colectivo -cuenta Javier-. Yo me acerqué al grupo en 2018. Hacía ya tiempo que yo venía pensando en esto, preocupado. Después de la muerte de mi viejo yo sentía que tenía algo para contar, y no sabía a dónde recurrir. Esto no es algo que te hace ruido una vez y ya está: pasa bastante tiempo. Es un proceso difícil comprender que tu papá o tu abuelo participaron en la dictadura, secuestrando o torturando gente. Los crímenes que mi viejo cometió no son crímenes cualquiera.

Luego de haberse enterado de la existencia de Historias Desobedientes por medio de un programa de televisión, Javier buscó su página web y mandó un mail. Después de algunos intercambios, se reunió finalmente con Analía Kalinek, una de las referentes del colectivo, en diciembre de 2018. La reunión fue en Aeroparque, en una charla de un par de horas mientras Javier esperaba el avión para regresar a Santa Cruz. La fecha del encuentro, recuerda, es imborrable y significativa. Al día siguiente de esa primera charla en la que compartió con alguien su historia, lo que tenía para contar, su mamá murió.

—Historias Desobedientes es para mí un espacio que me abre la puerta para contar mi verdad. Tenemos una responsabilidad social, yo sé que no soy el único en Rosario: hay que hablar, hay que reconstruir la memoria. Es una necesidad y un deber: nuestros viejos le hicieron daño a mucha gente. Tal vez hay alguien que tiene esto clavado en la garganta y no sabe qué existe este colectivo. Y, además, no queremos ser cómplices de ese silencio: hay que hablar, para poder ayudar a tantas familias que quedaron esperando a sus seres queridos, que quedaron esperando una respuesta. Eso es hacer justicia y ser responsable.

El colectivo Historias Desobedientes es un grupo que no tiene antecedentes a nivel mundial, si bien luego de su aparición se replicó en otros lugares, como Chile. Los recuerdos que puedan llegar a tener de cosas que escucharon de chicos, en sus casas, se consideran fundamentales para acceder a información sobre la que los responsables aún siguen guardando secreto.

 

 

 

 

 “Matar al padre” era la figura metafórica que Freud usaba para significar el momento en que maduramos y dejamos de idealizar a nuestros progenitores. En el caso de Javier, las reverberaciones de la frase no terminan de hacer eco, ni terminarán hasta que la verdad aparezca: “no queremos guardar silencio, necesitamos hablar, necesitamos juntarnos. Los crímenes que se cometieron fueron terribles. Esto no se termina, ni siquiera con nuestros padres muertos”.

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