Las dos caras de Vargas Llosa

Ejercicio práctico para poner a prueba la capacidad de asombro: leer al mismo tiempo Tiempos recios, la última novela de Mario Vargas Llosa, y las declaraciones del escritor sobre la actual situación en Bolivia. En su nuevo libro, el Premio Nobel de Literatura da cuenta de los intereses económicos, geopolíticos y culturales que provocaron el golpe de Estado de 1954 en Guatemala y terminaron con el gobierno progresista de Jacobo Arbenz. Como narrador, Vargas Llosa toma partido abiertamente por su “héroe” y denuncia la intromisión de los Estados Unidos en los asuntos latinoamericanos, el papel central de la United Fruit en el Golpe, la alianza entre militares, sectores de la Iglesia y grandes terratenientes para despojar a los indígenas de los derechos que habían conquistado, la utilización del marketing mediático para instalar la idea de que Arbenz era un monstruo comunista manejado por la Unión Soviética, etc. Como contrapartida, el mismo Vargas Llosa pero en su condición de “ensayista”, publicó recientemente un artículo que celebra “la valentía del pueblo boliviano que ha arrojado del poder a un dictador”.

En su novela escribe, aludiendo a los desafíos que tenía Arbenz cuando tomó el poder: “Había que cambiar la estructura feudal que reinaba en el campo, donde la inmensa mayoría de guatemaltecos, los campesinos, carecían de tierras y trabajaban para los hacendados ladinos y blancos, por sueldos miserables, en tanto que los grandes finqueros vivían como los encomenderos en la colonia, gozando de todos los beneficios de la modernidad”. El Vargas Llosa novelista se queja de lo que ocurrió cuando derrocaron al presidente elegido democráticamente: “Todo rastro del régimen de Jacobo Arbenz parecía desaparecido y, en su reemplazo, había surgido un país en estado frenético en el que la caza a los comunistas reales o supuestos era la obsesión nacional”. 

En su ensayo difundido aquí por el diario La Nación, Vargas Llosa escribe: “Bolivia parecía perdida para la democracia y la legalidad. Mucho se apresuraron Cuba, Venezuela y Nicaragua a creer que tenían en sus garras al pueblo boliviano. No sabían de lo que este pueblo valiente es capaz en defensa de su soberanía y libertad”.

El cimbronazo de la doble lectura, que es fuerte, invita a establecer algunas hipótesis: 1) Vargas Llosa dejó de escribir ficción hace treinta años y ante los requerimientos editoriales va sacando del cajón viejas novelas --El sueño del celta, publicada en 2010, también podría caber en esta especulación-- escritas cuando tenía ideas progresistas. 2) Tiene un ghost writer que entiende al revés las consignas que le dicta el Premio Nobel de Literatura. 3) El escritor peruano/español sabe que sus ideas reaccionarias tienen buena acogida en el establishment mediático pero intuye que la mayoría de los que todavía leen libros son de izquierda o algo parecido. Fuera de estas alternativas ya entraríamos en alarmas de bipolaridad intelectual que excederían las atribuciones de esta simple comparación de textos.

Quizás para atajarse, el propio Vargas Llosa ensaya, sobre el final de su novela, una suerte de “moraleja” que intenta compatibilizar su defensa de un gobierno de centro izquierda (de hace 65 años) y sus ideas liberales (de hoy). Escribe: “La intervención norteamericana en Guatemala retrasó durante decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos, pues contribuyó a popularizar el mito de la revolución armada y el socialismo en toda América Latina”.

Esa idea, de que el fascismo alentado por los Estados Unidos en nombre de “la lucha contra el comunismo” no hizo más que radicalizar a los jóvenes idealistas de la época (da el ejemplo de Fidel Castro) es discutible e interesante. Pero es perfectamente aplicable a la situación actual en Bolivia, donde la perspectiva de un gobierno represivo de extrema derecha apoyado por los Estados Unidos y las multinacionales también podría engendrar, tarde o temprano, una reacción más virulenta por parte de la izquierda.

No se trata aquí de cuestionar las ideas políticas de Vargas Llosa. Tampoco se pone en duda su talento como escritor. Lo que provoca perplejidad es su incapacidad para procesar coherentemente, en su condición de intelectual todoterreno, elementos del presente y del pasado; la miopía que le impide trazar analogías entre el poder de fuego de la United Fruit de ayer y las multinacionales extractivistas de hoy; su ingenuidad (¿?) para ver en la actualidad un espontáneo levantamiento popular donde antes –en un cuadro de situación muy similar-- veía una operación golpista gestada por la CIA y la embajada de los Estados Unidos; su disposición a entregarse a los cantos de sirenas de la “prensa libre” (léase hegemónica) después de haber descripto en su novela de manera brillante cómo se instrumentó la campaña mediática (a instancias del publicista Edward L. Bernays, un Durán Barba de mediados del siglo XX) que fue minando paulatinamente el gobierno de Arbenz; su falta de perspicacia para advertir que el populismo del que hoy abomina es equivalente –en términos de demonización—al comunismo de los tiempos de la Guerra Fría. En definitiva, es llamativa la doble vara que utiliza Vargas Llosa para medir, en uno y otro caso, las verdaderas relaciones de poder. En esa disociación, donde antes veía víctimas hoy ve victimarios. Y viceversa.

En defensa de nuestra propia ingenuidad como lectores, cabe agregar a la lista de hipótesis una cuarta alternativa: el Vargas Llosa institucional, ese que repite consignas básicas que parecen copiadas de una conferencia de prensa de Marcos Peña, es un impostor; el verdadero Vargas Llosa vive recluido y aislado, a la manera de Salinger, pero sigue escribiendo, para refutar a su impostor, estas historias (El sueño del celta, Tiempos recios) que, a la manera de aquellas (Conversación en la Catedral, La Guerra del Fin del mundo) reflejan la realidad con mucha más precisión que un puñado de discursos bien pagos.  

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