En El ascenso de Skywalker hay una heroína con emociones peligrosas

Una mujer protagoniza la última trilogía de Star Wars

Con El ascenso de Skywalker termina la última trilogía de Star Wars, con una heroína tan contenida en sus pasiones que resulta algo robótica. 

Terminó Star Wars y con El ascenso de Skywalker ya se puede decir que la única apuesta de esta última trilogía fue poner como protagonista a una mujer: desde El ascenso de la fuerza (2015) hasta esta última película, también dirigida por J. J. Abrams, todo fue una sucesión de repeticiones, homenajes y réplicas de situaciones ya vistas hace cuarenta años que adaptaron tímidamente, eso sí, la saga a la sensibilidad contemporánea. En lugar de Luke Skywalker fue Rey (Daisy Ridley) la portadora de la Fuerza, el malcriado irresistible de Han Solo fue duplicado en Poe Dameron y Finn, uno más irrelevante que el otro, una princesa Leia ya madura no fue la chica de bikini dorada que alimentó las fantasías de una generación sino una generala solemne y maternal y, quizás lo más importante, no hubo un villano irredimible como Darth Vader, esa figura casi terrorífica de pura maldad, ese padre implacable, sino uno conflictuado como Kylo Ren (Adam Driver), desgarrado entre el Lado Oscuro y una afectividad más luminosa que intentó aplacar acada instante.


¿Tendremos la Star Wars que nos merecemos? En las primeras películas de la saga, que muchxs de nosotrxs vimos cuando todavía estábamos en la primaria, Luke se sentía confusamente atraído por Leia antes de saber que era su hermana, Leia y Han solo descargaban la tensión acumulada en un beso que era de calentura además de romance, Darth Vader era la representación perfecta de los padres que nos tocaron, una figura distante que era pura autoridad y que moría en el momento en que se despojaba de su máscara. Incluso los operísticos Episodios I, II y III tuvieron un protagonista sexuado e inmanejable al que veíamos derrapar con cierto horror hacia el Lado Oscuro. Lo único que queda de aquellas ambiguedades es Kylo Ren, y hay que agradecerle a la mirada intensa de Adam Driver por ponerle algo de carne y pasión, algo de deseo, a todo este episodio final comandado por una heroína unidimensional, inhumana, impoluta.


Es cierto que George Lucas le vendió la franquicia Star Wars a Disney en el 2012, pero hasta Disney supo inventar heroínas mil veces más interesantes en Elsa de Frozen o en Moana; desde El ascenso de la fuerza hasta acá, da la sensación de que guionistas y directores, todos varones, no supieron qué hacer con el hecho de que Rey fuera una chica y entonces fueron a lo más seguro: no hicieron nada. Aquí reaparece el emperador Palpatine y Rey, junto con sus amigos de la resistencia, debe atravesar el universo para buscarlo y si es posible destruirlo; hay una serie de obstáculos en el camino que tienen la sofisticación de la película de Dora la Exploradora —pero en todo caso no es importante—, algunas peleas con Kylo Ren en escenarios grandiosos y batallas interestelares tan irrelevantes que parecen una plantilla predeterminada pegada en ciertos momentos de la película. Lo único que tiene El ascenso de Skywalker, francamente, es la tensión entre Rey y Kylo Ren, ese puente cada vez más estrecho que se arma entre los dos y la forma en que se comunican sin verse porque son, ya, las dos partes de un todo. Pero incluso en esto, la película es tremendamente cuidadosa, sobre todo de no erotizar a Rey.


El torturado Kylo Ren, con el pelo revuelto y el cuerpo volcado hacia adelante como si llevara un peso insoportable sobre los hombros, es un torbellino de deseo y parece que podría comerse a Rey con la mirada. Ella, en cambio, es una figura de cartón, casi siempre en posición de combate, y apenas parece acusar recibo de que está participando en esa contradiccion formidable que es estar enamorada del enemigo. La película se maneja con la misma falta de pasión en todas las subtramas: Finn conoce a una chica parecida a él que también fue Storm Trooper (negra, además, como si la relación interracial que se venía prometiendo fuera demasiado arriesgada) pero esahistoria ni siquiera se cuenta; Poe Dameron coquetea con Zorii, una chica que lleva un casco todoel tiempo y a la que nunca le vemos la cara. Alguna vez le pide un beso, pero ella, desde atrás dela máscara, le hace que no con la cabeza. Así de aséptica es la versión del amor, la sexualidad ylas pasiones humanas que esta nueva Star Wars propone.

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