Un día Peiró volvió de visita a Buenos Aires. Era viernes 13. Llegó temprano a Retiro y se instaló en el departamento de la familia armenia Gedikian, en el barrio de Palermo. Allí, un living con las dimensiones de una sala de baile ofrecía, además de espejos en las paredes y grandes ventanales sobre Avenida Libertador, un piano de estudio y una barra bar. El dibujante cordobés –bautizado por sus padres en 1942 como Manuel Peirotti– abandonó sobre la tapa del instrumento el libro Córdoba Blues (reciente recopilación de sus historietas aparecidas entre 1983 y 1993 en las revistas Superhumor, Humor, Raf y Fierro), se frotó las manos y atacó con valentía el alegre "Pineapple Rag" de Scott Joplin para neutralizar, al menos durante la charla de este caluroso diciembre, cualquier posible tufo mefistofélico.

“En casa había un piano porque mi padre tocaba de oído algunos tangos, y yo de chico miraba el ir y venir de sus manos sobre las teclas y me decía: 'ah, la cosa es con las dos', y así empecé también con el dibujo, haciendo rayitas con ambas manos. Nunca estudié música, nunca estudié dibujo. Después empecé a pedir que me compraran óleos, y como no tenía conocimientos los diluía con querosene, ¡no sabés el olor que tenían los paisajitos que hacía!, en ese entonces vivía en Villa Belgrano en Córdoba, era campo. Yo creo que el enigma de mi estilo viene de ahí, a mí me salió solo, yo nunca busqué un estilo, nunca seguí, ni imité a nadie, no aprendí de nadie para después desprenderme”.

Es cierto. La obra de Peiró está hecha a dos manos: una humorística que lo llevó a ser parte de la revista “Hortensia” desde 1973, y a trabajar a partir de 1985 en el diario “La Voz del Interior”, donde comenzó (siempre en blanco y negro) haciendo viñetas de humor e ilustraciones en suplementos (muchas de las cuales recoge como separadores Córdoba Blues) hasta que en 1990 creó la tira diaria (a color) de tono costumbrista Primer Mundo. Con esa mano levantó en diciembre de 2018 la distinción de Ciudadano Ilustre de la ciudad de Córdoba. La otra, la del plumín cucharita y el tinterito, fue la responsable de las 22 historietas que incluye el libro editado conjuntamente por los sellos Historieteca y Hotel de las Ideas, un trabajo de recopilación que tiene como antecedente a Tinta Mortal publicado por este diario en 2014 en la Colección Continuará de Fierro. Esa mano, la clásica, la detallista, la de la técnica abrumadora (enfoque, cuadros, anatomía) fue la que construyó –bajos luces y sombras del cine, westerns y films noir– relatos de un realismo brutal, cruel, asfixiante, donde lo que se desnuda siempre es el destino de los marginados: gángsters de poca monta, estafadores sin suerte, mujeres prisioneras de esperanzas, inmigrantes timados, boxeadores melancólicos, exploradores ingenuos y hasta militantes perseguidos por milicos de civil. Nadie tiene escapatoria en las páginas de Peiró. Sus rostros y cuerpos gimen, por balas o golpes; sus “cafeteras” rugen o explotan en calles empobrecidas; sus armas –sea Thompson o Mauser– escupen fuego y dejan olor a pólvora. Lo curioso del estilo de Peiró es que a veces esas dos manos se entrecruzan, y lo que parece ser un retrato hiperrealista de la crueldad humana, de pronto se ve interrumpido por risas encubiertas y los acordes del grotesco: narices, tetas, culos y bocas, delatan que el dibujante/pianista nunca siguió el camino previsible.

“Mi padre era médico, no sólo fue mi primer admirador, fue el primero que me criticó: 'no, ese brazo no está en posición, el tríceps no puede estar accionando otro musculo', él no sabía dibujar, pero me enseñó. Fueron los años de mirar y admirar el El príncipe valiente de Harold Foster y Terry y los piratas de Milton Caniff. Hasta que un día descubrí a Frank Robbins y viendo sus páginas me dije: ‘ah, la historieta no es cuestión de cuadritos, es cuestión de página, la historieta es una composición de páginas’, y eso me quedó en el mate durante décadas hasta que publiqué historieta. Yo de chico iba mucho al cine y de él aprendí casi todo, sentado en la butaca miraba y en casa, con tinta china y papel, me hacía mi película. Aprendí de cuadros, del expresionismo alemán, del juego de luces y sombras, de los negros y blancos y de las siluetas… El cine de entretenimiento yankee me dio un montón de material para mi trabajo. Pero eso vino más adelante, porque yo empecé con el humor, claro”.

Algo suena dentro de una carpeta con dibujitos

Peiró se acomoda en el taburete. Es un hombre apasionado y humilde. Le gusta la buena conversación. Abre una carpeta de la cual extrae algunos originales de sus historietas traídas desde Córdoba para donarlos al Archivo de Historieta y Hurmor Gráfico de la Biblioteca Nacional. Acepta los elogios sobre la composición y el detalle (de lápiz y tinta) de sus páginas. Lo agradece ejecutando otro tema. Es el sensual y pegadizo “Makin' Whoopee”. Si el diablo hubiese estado en el departamento, seguramente habría comentado al pasar que la versión de ese tema por Ben Webster merece un destacado entre la clásica de Eddie Cantor y la inmortal de Ella Fitzgerald.

“Si me tengo que definir te digo que soy humorista a la fuerza, porque trabajé en eso mucho tiempo. Yo empecé dibujando humor por necesidad y porque Crist me indicó el camino. A él lo conocí en el Tiro Federal. De chico siempre me gustaron las armas, las de lata, las de madera, y después ya de grande, las otras; nunca maté ni asalté a nadie, me gustaban sobre todo por el ambiente que las rodea. A mí los rayos atómicos que aniquilan enemigos nunca me interesaron, me gustan las armas esas que se cargan por la boca y hacen una bola de humo, y a Crist también, él incluso tiene armas de juguete, esas que parece que tiran pero son inofensivas, bueno, nos conocimos ahí entre mosquetes y humo. Un día le mostré los dibujos, le pregunté dónde podía publicar, y me dijo: “hacé humor para ‘Hortensia’”. Entonces me fui a casa y me obligué a trabajar. A los pocos días llevé muestras a la editorial, me dio tanta vergüenza que las dejé y salí corriendo. No me publicaron nada. Volví algunos meses después con dibujos nuevos y di con Roberto Di Palma (responsable gráfico de la revista junto con Alberto Cognigni) y me dice: ‘ah vos eras el que dejó los dibujos sin firma, no dejaste nada para ubicarte y no te pudimos publicar’. ¡Mirá vos si seré pavo! Aparecí en la revista en el 73, y allí conocí a Cognigni, Fontanarrosa, Ortiz, Jan y Cuel, Ian, Amengual, Brócoli y Caloi. Pero a mí me gustaba la historieta. Entonces, cada tanto me iba a Buenos Aires a probar suerte. En el 75 o 76, no me acuerdo, voy a Columba con mis dibujitos, ninguna historieta, sólo dibujos de muestra. Me presento en la editorial y pregunto a quién le podía mostrar mis trabajos. Me dicen: ‘andá ahí que en esa oficina está el señor Oesterheld, él te va indicar’. Me recibió de manera muy amable, muy calma, hasta pachorriento te diría. Ojeó la carpeta y me dijo: ´bueno, yo veo que a usted le gusta dibujar, lo voy a poner en contacto con el jefe editorial´. Nos dimos la mano, y el jefe editorial me llevó a un amplio salón lleno de pupitres que me hacía acordar a las películas de cárcel donde comían los presos. Había mucha gente muy joven con un tablero de dibujo apoyado sobre la mesa, dibujando y mirando algo hacia el costado. Pensé que era el guión. Mientras me saludaba con los muchachos vi de reojo que no tenía un guión, era una revista, uno estaba mirando los dibujos del Chingolo Casalla. Entonces el jefe editorial me dice: ‘acá el trabajo consiste en dibujar como tal, y como tal ¿a usted le interesa?’. Le di las gracias. Yo nunca me obligué a hacer nada que no quisiera hacer, copiar no era lo mío. En otro viaje fui a Skorpio. Me atendió Scutti y se puso a mirar mis dibujos, y el tipo miraba y miraba, y yo me daba cuenta que no estaba conforme. Le pregunté qué le parecían, y me contestó: ‘No son lo suficientemente lindos’. ¡Claro, el tipo quería que yo le hiciera a Clark Kent, y yo no dibujo así! Me fui. Hasta que conocí a Cascioli y empecé a publicar historieta gracias a él. Que me pagaran por hacer lo que me gustaba, por dibujar, fue algo increíble”.

Jorge Larrosa

Los standars de la vida

De pronto suena “Summertime” Peiró sonríe, cómplice. Le gusta el jazz, algo del rock, pero sobre todo el jazz. “¿Ganarse la vida dibujando? Bueno, siempre se necesita una ayudita extra. Yo durante cuarenta años fui intérprete simultáneo de inglés en congresos. Empecé como traductor por primera vez en el 69, en el Cordobazo. Trabajé en Córdoba, en Buenos Aires y en Estados Unidos, fue una actividad muy redituable, muy agotadora también. A veces tenía que traducir conferencias en vivo sobre temas como el hormigón o la comida canina, temas de agronomía, arqueología y muchos congresos médicos. No te imaginás las cosas raras que tuve que traducir, incluso hasta peleas entre conferenciantes. ¿Algo curioso? Sí, una vez fue a Córdoba el FBI. Era una conferencia para la policía provincial. Los que hablaban eran dos, uno un típico gringo, vos lo mirabas y decía sin dudar, ´éste es cana´. En cambio el otro no, parecía un cantor mexicano de boleros, y resulta que ése era el que se infiltraba en los carteles narcos. La conferencia era sobre cómo infiltrarse, y las experiencias. Yo traducía, y miraba. Conocí mucha gente de lo más pintoresca en ese trabajo, pero lo mejor era cuando, ya habiendo publicado en Satiricón, Chaupinela, Mengano, Humor y Superhumor algunas historietas, pasaba por la editorial Urraca a cobrar. Llegaba de Córdoba y antes de volverme el mismo día, preguntaba por los muchachos: ´están allá en el boliche de la esquina´, y ahí comíamos y tomábamos unos vinos con Tabaré, Alfredo Grondona White, y Carlos Nine. Nine me reveló un secreto sobre el color. Ya en esa época, Nine me mostró las acuarelas líquidas Wilson & Newton, el frasquito parecía de gotas para la nariz, eran preciosas y costaban muy baratas en ese entonces, no cubrían, eran tranparentes el color era purísimo, hermoso y se podía licuar y mezclar. Con esas aprendí mucho de color, no es la acuarela convencional que vos mojás, es otra cosa, yo primero hacía el lápiz, coloreaba, y después, cuando se secaba dibujaba la tinta, para que no se corriera, y luego terminaba con lápiz de color. Esas las usé cuando en el diario me dijeron que querían una tira unitaria, de actualidad y a color, y salió Primer Mundo. Pero un día desaparecieron del mercado. En uno de esos tantos ciclos que vivimos en este país de falta de plata y de mercadería, había desabastecimiento y me costaba conseguir colores. Me acuerdo de la historieta a color que hice fue para ese hermoso libro de los vascos Abrir puertas donde están Nine, los Breccia, El Tomi, Mandrafina, todos con guiones de mi amigo Juan. Esa historia la terminé con colorantes para tortas”.

Acordes finales para debut y nuevos proyectos

Entre 1983 y 1984 Peiró comenzó a publicar historietas en Superhumor y Humor gracias al tano Cascioli. De esta época son las historias “La gran carrera”, “Reunión cultural”, “Ópera” y “Carnaval”, presentes en Córdoba Blues. En ellas se ve a un Peiró más paródico, jugando con lo simbólico de las máscaras, y las vestimentas, enfocado más en la extrañeza de los rostros perturbadores y las sombras amenazantes. Todo clima. En uno de sus viajes para cobrar, le acerca a Cascioli un nuevo trabajo titulado “Hermandad”, cuatro poderosas páginas donde lo grotesco parece haber sido aplacado. Cascioli se dio cuenta: “El Tano la miró y me dijo: ‘ésta me la guardo para un proyecto que tenemos’”. Así fue que en septiembre de 1984 Peiró formó parte del primer número de la llamada vieja Fierro. ¿Qué lector no recuerda la página de apertura de esa historieta donde se ve a un viejo timonear una empobrecida lancha en las aguas del Paraná y con fondo de selva? ¿Qué lector no recuerda a los tres de civil que quieren cruzar la frontera por “quinientos verdes”? ¿Quién no recuerda la hermandad del silencio que se gesta entre los asesinos de la dictadura y el barquero con pasado nazi? “En esa época aparece toda esa alusión a la asfixia que uno ha vivido siempre en la Argentina, esa especie de asfixia ideológica, todo está asignado por eso, todo se reduce a una especie de compromiso plástico y verbal con la ideología que vos profesás. En otros países, por ejemplo, Noruega, vos podés vivir tu vida sin tener la mínima idea de quién es tu presidente, acá todo es en carne viva, quizás sea lo que te da el motivo para crear ¿no?, yo no sé de la existencia de historietistas noruegos. A mí hacer una página me llevaba un día y medio. Me imaginaba el guión, lo escribía y después lo dibujaba, y mientras lo dibujaba lo iba cambiando porque cuando avanzás la historia se va para donde quiere. Como te dije, yo construyo la página, no puedo dibujar cuadritos y después armarlos, en parte por la dificultad, antes no había computadora y no era cuestión de ponerme a hacer pegatinas como en un collage. A mí me gusta dibujar, y otra cosa, no me gusta dibujar guiones de otros, no es de soberbio, simplemente el dibujo no me nace de adentro”. De las 22 historias que recopila Córdoba Blues sólo “Mate Cosido” fue escrita por el guionista Sergio Almendro. “Te voy a confesar una cosa que debería ser inconfesable. Una vez Carlos Trillo me dio un guión. Dibujé una página y le dije: ‘Disculpame, pero no lo siento’, y me miró así como estupefacto, bueno no importa, no hay problema´, dijo y nunca más me ofreció otro. Los amigos me decían: ‘sos animal vos, estás loco’, puede ser, qué se yo, pero no lo sentí”. Y como si quisiera borrar la anécdota, Peiró vuelve a subir las manos al piano. Durante unos tres o cuatro minutos el fantasma de "Fats" Waller (porque también los fantasmas se presentan los viernes 13) se paseó por el departamento tarareando “Ain't Misbehavin” la última pieza que el dibujante ejecutó durante la charla.

“Una vez en Internet encontré a uno que decía: 'Peiró, un historietista que era humorista y después un buen día desapareció y no se supo más de él´. Se ve que yo desaparecí para esa gente, ¿qué raro, no?, debe ser porque estoy en Córdoba. Lamento desilusionarlos, tengo setenta y siete años, estoy jubilado, sigo haciendo humor, y mando una tira de color por semana al diario. Ah, ¿sabías que también toco el acordeón?”. Y cerró la tapa del piano.

PEIRÓ VA AL CINE

En torno a la obra historietística de Peiró hay dos proyectos en marcha. Uno es El cine pobre, documental que llevarán adelante Miguel Peirotti y Germán Scelso sobre el vínculo estético entre el cine clásico de Hollywood y las historietas de Peiró. El segundo se titula Dos Leyendas, proyecto de ficción ganador del Concurso de Desarrollo de Proyectos del INCAA que tiene dirección de Miguel Peirotti junto a la productora Pensa y Rocca. Allí se adaptarán las historietas "El Cueros" y "El silbador" (la primera historieta creada por Peiró en la década de 1960 y no publicada hasta ahora). El ilustrador Oscar Chichoni está trabajando en el concept design, junto al escultor Martín Canale y al propio Peiró.