Cuidado al entrar

EL CUENTO POR SU AUTOR

En enero y febrero, suelo hacer algunos encuentros de lectura y escritura de poesía en Tandil, donde vivo. Para prepararlos, leo muchísimo, y luego hago una selección de textos para compartir con los asistentes. En eso andaba, dos veranos atrás, cuando me encontré con un poema del escritor, periodista, crítico y traductor platense Horacio Castillo. Ya su título, “El cinocéfalo”, me atrajo por lo exótico de la palabra y por esa sonoridad contundente de la acentuación esdrújula. También por insistir cinco veces, en una composición tan breve, con un “devoraste” tan intenso a comienzo de verso. A eso se sumó la fascinación que tengo por el mundo animal, o más precisamente por el inquietante y misterioso territorio en que –algunas veces– animales y humanos se encuentran de verdad.

Después, leí una entrevista en donde el propio Castillo explicaba el origen del poema: "Resulta que nosotros fuimos toda la vida a San Clemente, y una tía de mi mujer, la dueña de la casa, tenía un perro de esos callejeros. Entonces, un día la gente se había ido al centro y yo me quedé solo en la cocina. Cerré la puerta. El perro se había quedado en el patio. De pronto se desata una tormenta. Y el perro empezó a rascar la puerta. Y lo dejé entrar. Nos hicimos amigos. Y entonces... no sé cuánto tiempo pasó... objetivé esa idea. Un monstruo que se va comiendo todo y todo nació de ese perro."

Desde ese día, no pude dejar de pensar que tenía que escribir un cuento a partir de ese poema. Durante más de un año, la materia incierta de esta idea fue mutando, cambiando el tono, reformulándose para buscar, por el camino de la narrativa, eso que Castillo había explorado en su poema: el desafío de lograr que la literatura diga, con palabras, lo indecible. Finalmente, luego de varias versiones, salió este cuento al que titulé: “Cuidado al entrar”.

Inédito aún en español, será publicado en breve -junto a otros relatos propios y mi novela Trasfondo- en EE.UU, por Schaffner Press, como “Proceed with caution”, dándole también ese mismo título al libro. 



CUIDADO AL ENTRAR

…devoraste el prestigio de lo real

Horacio Castillo

La primera vez que lo vi fue el verano pasado: hacía mucho calor y había dejado la ventana abierta, corría un airecito que movía apenas las cortinas. Había apagado las luces para que no entraran mosquitos; el televisor encendido llenaba la habitación con una luminosidad azul y parpadeante. Entonces me pareció que algo se deslizaba desde la ventana hacia mi cuarto. Un gato, fue lo primero que pensé, pero el bulto que había percibido era demasiado grande. Me quedé un rato expectante, pero nada sucedió. Así que supuse que lo había imaginado, seguí mirando una vieja película en blanco y negro que daban en el canal estatal y terminé por quedarme dormida. En mitad de la noche, como suele ocurrirme, tuve que levantarme para ir a orinar. El televisor seguía encendido. Entonces, al apoyar mis pies en el piso en busca de las pantuflas, lo vi: era un perro enorme, con la cabeza oscura y un pelo corto y tupido. Me puse los anteojos que tenía sobre la mesa de luz y me incliné un poco para verlo mejor. Estaba dormido, hecho un ovillo. Me quedé quieta, esperando que se despertara o se moviera, pero no hubo reacción alguna. Siempre me gustaron los perros pero, cuando uno no conoce al animal, mejor ser precavido. Así que deseché la idea de ponerme las pantuflas, bajé con sigilo por el lado contrario de la cama y caminé descalza hasta el baño. A mi regreso, el perro estaba sentado sobre sus patas traseras y me miraba. ¿Qué hace este bonito aquí en mi habitación?, le dije, mientras apagaba el televisor. Me sonrió, como sonríen los perros, no con la boca sino con los ojos. Me aproximé, le acaricié un rato la cabeza que llegaba a la altura de mi cintura y me acosté. Escuché que se echaba otra vez sobre el piso y me volví a dormir. Por la mañana ya no estaba. Tuve la sensación de que lo había soñado.

La cara es de perro, pero no se parece en nada a Rocky. A Rocky me lo regaló mi hija cuando murió Ernesto. Tantos años casada con Ernesto… y no es que siguiera enamorada, pero éramos muy compañeros, y era tranquilo vivir con él. Cuando falleció, me sentí huérfana, como amputada. Y Graciela se me apareció con el Rocky en una canastita. Un golden retriever que se la pasaba yendo a buscar cosas; así que yo le tiraba una media, una pantufla, una pelota, cualquier cosa, y él salía corriendo y en seguida me la traía de vuelta. Qué perro más bueno, catorce años lo tuve conmigo.

¿Estuvo de fiesta anoche?, me preguntó Amanda ni bien me vio. ¿O es que ahora se pinta los labios para acostarse a dormir? Tenía los labios paspados, le contesté, y no tengo manteca de cacao. Ah, me respondió con una sonrisa socarrona mientras repasaba la repisa. Porque ella sabe que le estoy mintiendo y yo sé, a su vez, qué es lo que ella piensa y no se atreve a decir: que soy tan coqueta que si la muerte me llega de noche quiero que al otro día me encuentren con los labios pintados. Río para mis adentros. No, definitivamente eso que sé que ella piensa esta vez no se acerca en nada a la verdad. Hizo muy bien, acota, es muy molesto cuando se paspan los labios. Usted me comprende siempre, Amanda, le respondo.

Anoche comimos los bombones que le pedí a Amanda que me fuera a comprar. Venían en una cajita amorosa y combinaban chocolates con diferentes frutas secas y licores. También miramos Tabú, una película portuguesa, en la que, ni bien comenzaba, un expedicionario –deprimido por la pérdida de su joven esposa a la que adoraba–, se internaba en un pantano y se dejaba devorar por un cocodrilo. Él quedó fascinado con esta escena y no quitó los ojos de la pantalla, salvo para zamparse algún que otro bombón. Yo comí dos o tres y él se terminó el resto. Es indudablemente voraz.

Una tarde hubo reunión en el patio de la residencia. El día estaba lindo y habían dado permiso para que viniera esa chica que tira las cartas. Yo no soy afecta a esas cosas, no creo en nada, y la verdad es que me aburren. Pero ese día estaba triste porque en la semana no había venido a visitarme nadie. Yo entiendo que somos pocos: soy viuda, no tengo hermanas, mi prima Agustina vive muy lejos y está peor que yo, mi hija y mi nieta trabajan mucho y están siempre ocupadas. Pero me hace bien que me visiten, conversar con ellas. Y la verdad es que vienen muy poco y casi siempre a las corridas. Igual yo las entiendo, cuando uno es joven el tiempo no alcanza nunca; cuando uno es viejo, en cambio, el tiempo se vuelve lento, se estira como una broma infinita. Bueno, la cuestión es que ese día salí al jardín y me acerqué a la mesa. La chica le estaba tirando las cartas a Dora; yo me quedé mirando, y entonces, de pronto lo descubrí: era él en una de las cartas. Me calcé bien los anteojos y acerqué un poco más mi silla a la mesa. No estaba desnudo, claro, tenía algo así como una pollerita y arriba otra prenda que le cubría el pecho, y una especie de collar de metal, como de reyes o dioses egipcios, y unos brazaletes repujados. Pero lo que más me impresionó es que el cuerpo era igualito: flaco, la espalda un poco ancha pero no tanto, la cabeza como la de un perro negro. Cuando la chica terminó, le pedí permiso para agarrar la carta y mirarla más de cerca. Me dio impresión lo parecido que era. Ella me explicó lo que significaba y también cómo se llamaba: un nombre que en seguida me olvidé, y otro que es como lo llamo ahora, porque -como no habla- nunca me dijo su nombre, y yo de alguna manera le tengo que decir.

Le explico que tiene que tener cuidado con las cámaras de seguridad de la residencia. Se me queda viendo sin siquiera pestañear. Entonces voy hasta la repisa y saco el plano que le pedí al guardia y dejé ahí doblado. Al guardia le dije que me hacía sentir más segura conocer dónde estaban las cámaras. Camino hasta la mesa y aparto una silla. Y que mi hija había pedido ver un plano o algo que tuviera esa información. El guardia me contestó que tenía que consultar con la administración, pero temprano al día siguiente me estaba golpeando la puerta con una copia del plano en la mano. Me siento. Mi hija es la que paga, así que no pudieron resistirse a su supuesto pedido. Le hago a él una seña para que se acerque, viene y se detiene a mi lado, pone el hocico oscuro sobre la mesa, observa con atención el plano. Entonces, de golpe, abre su bocota y, para cuando atino a reaccionar, a tirar el manotazo para rescatar el papel, ya lo ha atrapado con sus dientes, lo mastica a lo bruto y se lo traga. Creo que voy a tener que enseñarte buenos modales, le digo. Agacha las orejas y pone los ojos más compradores del mundo.

A esta edad, levantarse y andar ya no es fácil. El cuerpo duele. Y es ese dolor, sumado a las habilidades que uno va perdiendo -ese volverse más lenta y más torpe-, lo que le da al cuerpo una presencia ineludible, por momentos insoportable. Cuando era joven, me sentía tan bien y tan liviana que era apenas un cuerpo y rara vez pensaba en él. Ahora, en la vejez, soy –por el contrario– siempre un cuerpo, un cuerpo que duele, un cuerpo que no responde, un cuerpo que mi cabeza tiene que andar llevando siempre a cuestas. Un cuerpo que pesa toneladas, aunque soy delgada como un alambre.

Un día –por pura costumbre que me quedó de Rocky– se me ocurrió tirarle una pantufla por el aire, a ver qué hacía. Primero siguió su trayectoria con la vista, sin moverse del lugar. Pero ni bien la pantufla tocó el piso, pegó un salto en dirección a ella, la tomó entre sus dientes, la sacudió un par de veces y de golpe la engulló. Me quedé boquiabierta. Tengo que confesar que no supe si reírme o empezar a temerle. Fue entonces cuando entendí que podía comerse cualquier cosa. Y que siempre que viniera se iba a comer algo, algo que no era lo que un perro, sino un monstruo o un dios caprichoso, podían comer.

El televisor no, le digo, porque si no me aburro. No es que le preste demasiada atención pero lo dejo puesto, como para que me haga compañía. Con las voces, claro, pero también con esa luz titilante y azul que proyecta sobre las paredes. Él me mira, no dice nada, pero sé que me entiende. Alguna otra cosa se va a comer, seguramente, en su reemplazo. Pero no me quejo, ¿qué le puedo decir? La vida es una transacción y los dos lo sabemos.

Cada vez leo menos. Me hace doler la cabeza, me cuesta concentrarme. Quizá ya esté necesitando más aumento en los anteojos, pero me agota el solo hecho de pensar en tener que ir al oftalmólogo, hacerme estudios, luego la receta, la óptica un par de veces, todo dependiendo de alguien que pueda estar disponible para acompañarme, llevarme y traerme, con lo insoportablemente lenta y tambaleante que estoy. Siempre leí, la lectura fue para mí un refugio, pero ahora no sé, abro un libro, empiezo con ganas y pronto me aburro, como no si no encontrara ya nada interesante. Capaz que le digo al cinocéfalo que se vaya comiendo algunos libros; con un par que me deje estará más que bien.

Cada vez que se va tengo que sacudir un poco el acolchado. Se ha agarrado la costumbre de hacerse un ovillo sobre la cama cuando me quedo dormida, y sé bien que duerme allí. No consigo verlo, porque es muy astuto y me hace creer, entre otras cosas, que le gusta arrellanarse en el sillón. Sin embargo, a veces, aunque semidormida, me doy vuelta y siento su calor en las proximidades. Otras, he estirado las piernas y he tocado su lomo o su espalda, que nunca sé cómo referirme a él y a sus partes, si como persona o como perro. La cosa es que, casi siempre, cuando despierto, ya se ha ido. Y queda el hueco en la cama. A fin de cuentas, tan astuto no es, me sonrío mientras agito el acolchado para sacar los pelos que ha dejado sobre él, antes de que llegue Amanda a limpiar.

La primera vez que se paró en dos patas frente a mí me sorprendí tanto que me quedé sin palabras. En esa postura no lucía como un perro sino como una persona. Es que por dentro, o lo que hasta ese momento era por debajo, era casi lampiño como un ser humano. Yo estaba acostumbrada a mi golden, que era tan peludo, por fuera y por dentro, o por arriba y por abajo, según como se lo mirara. Bueno, la cuestión es que el cinocéfalo no, no tenía pelos en el pecho, ni en la ingle, ni en todo lo demás… Así que se veía demasiado desnudo. No podés andar así por la vida, mostrando todo, le dije. Esta vez me di cuenta de que no me entendía. Le señalé entonces sus partes. Tengo que decir que hacía muchísimos años que no veía un miembro tan grande y tan joven. Le expliqué que tenía que vestirse, que usar ropa. Entonces de golpe se ve que algo entendió porque volvió a su posición en cuatro patas; así, con el pelo -aunque ralo- que le cubría la espalda y parte de las extremidades, ya no parecía desnudo. Caminé hasta el placar y saqué una bata. Se la mostré, le indiqué cómo ponérsela, la dejé sobre el sillón. Ni bien le di la espalda para llegar a la cama, saltó hasta el sillón y se la puso; no sé si ya me referí a lo enormemente ágil que era. Cuando terminé de acostarme, él estaba otra vez erguido pero con la bata puesta. Y tengo que admitir que me dio mucha impresión, porque había quedado muy pero muy parecido al de la carta del Tarot que le había visto a la chica en el jardín aquella tarde. También me sorprendió lo hermoso que era.

Hoy le pedí a mi nieta que me trajera una muda de muchacho. Una camisa como la de Gastón, le expliqué, a cuadritos… y mejor si es celeste. No le dije que el celeste le iba a quedar bien al cinocéfalo, pero lo pensé. Y un calzoncillo. Y un vaquero, de esos gastados que se usan ahora. Me miró medio raro, así que le inventé que había visto al jardinero tan mal vestido que me había dado pena. Me ofreció traerme algo de la ropa que su novio ya no usaba; le dije que sí, para que no desconfiara, pero que por favor agregara esa muda nueva que le había pedido. No me gusta dar solo las sobras, eso no es verdadera caridad, le largué así de golpe. Sos relinda, abu, me contestó con una sonrisa.

Esta madrugada, antes de irse y mientras yo dormía, se ha devorado un pedazo de la pared que queda frente a mi cama y ha dejado, ahí, una oscuridad que me da un poco de miedo. Como no me quiero quedar asustada, decido acercarme. Extiendo primero el bastón, no vaya a ser que me caiga hacia adelante por ese agujero. Pero lo oscuro no suena aunque lo golpee un poco con la punta. Entonces me acerco, me inclino hacia abajo y hacia adelante, me preparo para sentir algo desagradable y apoyo la mano. Pero no siento nada, ni agradable ni desagradable, ni áspero ni suave. Y se me ocurre que eso negro frente a mí ha de ser la nada que, con cada dentellada, él va dejando al descubierto. Hoy voy a decirle que me ayude a correr el sillón, para que nadie vea esa cosa amenazante.

La otra noche llegó con la ropa que yo le había regalado un poco manchada y cuando se acercó a mi cama le sentí olor a cerveza. Sin embargo, se comportó como siempre: se sentó a mi lado, puso su mano sobre mi mano, y escuchó las novedades del día. Con él hablo más que con cualquiera. Él me escucha, hace gestos y, según lo que le digo, le cambia la expresión de los ojos, lo que me da la pauta de que, a su manera, me entiende. Al final, se quedó dormido mientras le hablaba y no tuve coraje para echarlo de la cama, así que lo tapé con el acolchado y ahí lo dejé.

Hace poco, se devoró la repisa en donde estaban los portarretratos de la familia: mi foto de casamiento con Abelardo, la de la comunión de Arielito, la del servicio militar, la de Graciela abanderada del secundario, la última que le tomó un compañero a Ariel en Río Gallegos antes de salir para Malvinas, la de Graciela recibiendo el diploma de arquitecta, la de Abelardo de padrino de casamiento del brazo de Graciela con el vestido blanco, la de Abelardo junto a mí con Larisa recién nacida en brazos, la del egreso del secundario de Larisa… Quedó un hueco negro ahí donde estaba la repisa. Por eso, algunos días, hago el esfuerzo por recordar cómo eran sus rostros, sus gestos, su ropa, pero los recuerdos se van borrando y ni siquiera en mi cabeza van quedando rastros de todos ellos.

Le digo que por qué mejor no se come algo de la pared que queda detrás de mi cama, así no me quedo teniendo que ver siempre eso que ya no está. Porque me aburre quedarme así, sobre todo antes de dormirme y cuando apago el televisor, con los ojos apuntando siempre a ese agujero que noche a noche va creciendo. Él no me dice nada, porque nunca dice nada, pero me mira con los ojos entornados, y entonces comprendo que otra vez no va a hacerme caso.

Desde ayer, pongo la almohada a los pies de la cama y me duermo mirando la pared que está tras el respaldo de la cabecera, en la que está el cuadro de la Virgen. Yo no creo ni en dios ni en la virgen ni en los santos ni los ángeles, pero con el tiempo aprendí que, cuando decía que era atea, la gente se ponía incómoda como si estuviera clavándole un cuchillo en las costillas, así que no solo ya no lo digo, sino que a algunas personas, como a Amanda, le dejo creer que soy creyente, porque sé que de esa manera se queda más tranquila. Y ahora, bueno, estoy esperando que venga el cinocéfalo. Sé que el cambio lo va a sorprender y hasta le va a causar gracia. Y estoy queriendo ver qué diablos hace, si va a seguir comiendo de la misma pared o va a cambiar de frente él también. Me pregunto, además, cómo habrá de caerle un cuadro con esa Virgen vestida con telas pesadas y abundantes, y ese niño Jesús tan gordo, y ese ángel con alas de plumas de pájaro gris.

La última vez que estuvo se devoró el sillón, así que ahora se acuesta en lo poco que viene quedando del suelo, al filo de lo negro. Cuando me levanto por la noche, para ir a orinar, tengo que tener cuidado de ponerme los anteojos y apoyar los pies justo donde todavía queda un poco del piso de la habitación. A veces imagino que voy a pisar mal o muy en el borde y me voy a caer en ese vacío que ya prácticamente me tiene rodeada.

En el baño ya no quedan ni el espejo ni la ducha. Así que hoy le pregunté a Dora si me permitía ir a bañarme a su habitación. Le dije que tenía problemas con el agua caliente y no quería pescarme una pulmonía. Me dijo que sí, Dora es muy buena persona. Así que me bañé y me cambié y ahora ya estoy de regreso. Me acerco, con el labial en la mano, al vidrio de la ventana en donde me veo reflejada y me pinto los labios de rosa pálido.

Anoche, mientras me dormía, me quedé viendo lo que queda del cuadro, que es justo la parte del ángel, un ángel con cuerpo y piel de joven, con una cara que ahora se me antoja muy parecida a la del propio Botticelli, tan bello como una muchacha con esos tirabuzones rubios y esos ojos casi transparentes, y después esas alitas de plumas grises de pajarraco que le salen de la espalda. Y no puedo evitar preguntarme por qué a la mayoría de la gente un ángel no le parece monstruoso y le parecería monstruoso un cinocéfalo. Cuando desperté, el ángel y el tramo de pared donde se apoyaba lo que quedaba del cuadro, ya no estaban. Entonces saqué una hoja de papel y una birome de la mesa de luz, y escribí el cartel que luego pegué con cinta adhesiva en la puerta de mi habitación. No quiero que nadie entre descuidado y se caiga en lo oscuro.

Ahora lo estoy viendo, parado junto a la cama, cómo se saca con parsimonia el vaquero, después la camisa, el calzoncillo, la ropa que hace ya tiempo le regalé. No le digo nada y lo dejo hacer. La dobla prolijamente y pone una prenda encima de la otra, a los pies de la cama. Se acerca en cuatro patas, por el desfiladero que, junto a lo negro, me rodea; lo hace por completo desnudo, como vino la primera vez, así como lo conocí. Se sienta sobre los cuartos traseros, pone una pata sobre la cama, se la acaricio. Aproxima su cabeza, posa el hocico junto a mi mano. Y, por alguna razón que no termino de entender, sé que se está despidiendo. Todo a mi alrededor está ahora vacío y oscuro, el televisor ya no se escucha. La cama se ve fosforescente con estas sábanas tan blancas en medio de lo negro. El cinocéfalo cierra los ojos y se dispone a dormir. Yo meto la mano bajo la almohada, saco el labial rosado que había dejado allí escondido y, antes de cerrar los ojos, me pinto los labios para que me encuentren hermosa.


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