Desde Londres

Nada emerge más claro del culebrón de la renuncia a la realeza del duque Enrique de Sussex y su duquesa Meghan, que el hecho de que a pesar del escándalo y el desconcierto público, la Corona sigue firme y sólida en la cabeza de la veterana reina Isabel II. En los periódicos y tabloides que se exhiben en supermercados y negocios de barrio seguimos viendo a la sonriente pareja rebelde o a la Reina con cara de pocos amigos. Después de la tapa hay páginas y páginas sobre lo que los consejeros reales de los palacios de Buckingham, Windsor, Kensington y Clarence House (las residencias reales más importantes) están concienzudamente tratando de acordar con los representantes de la pareja rebelde y cómo será la esperada respuesta “oficial“ de la monarca que, en medio del revuelo, todavía no dijo nada públicamente.

Uno de los seis pre-candidatos a sustituir a Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista, Clive Lewis, señaló que el Reino Unido debería considerar un referendo sobre el futuro de la monarquía. Este sueño de muchos republicanos peca de optimismo. Según la primera encuesta que apareció, los y las súbditas de a pie ni quieren escuchar hablar de referéndum (¿no alcanzó con el Brexit?) y mantienen un fuerte apetito por todo lo que sea monarquía. Ni hablar de los cientos de revistas que se dedican a seguir paso a paso los faux-pas o los aciertos de los personajes, leídas con avidez por la Inglaterra profunda. También se hace evidente que la monarquía aprendió que no se puede dar el lujo de mostrarse indiferente a la opinión pública. El abierto rechazo a la frialdad mostrada por la reina ante la muerte de Lady Diana en 1997, fue una dura enseñanza. 

En este caso, Enrique, el hijo menor de Lady Diana, es popular por su espontaneidad con la gente, por haber sido l’enfant terrible que heredó el lado fresco y rebelde de su madre, sobre todo durante sus desmanes juveniles, entre los que figura el escándalo en Argentina en 2005, revelado al mundo por el colega Raúl Kollmann en Página 12. Tampoco podemos olvidar lo que debe haber sufrido este niño atrapado por el protocolo, imposibilitado de mostrar su dolor por la muerte de su madre, y la animosidad que habrá desarrollado hacia la constante persecución mediática que llevó a Lady Diana indirectamente a la muerte. Ni hablar de cómo le podría haber afectado la prensa amarillista sugiriendo que en realidad era un hijo bastardo de Diana con su entrenador de equitación, dado a que ambos son pelirrojos. 

La frase inglesa sobre el deber de una pareja real de procurar “the heir and the spare” (el heredero y el repuesto) le debe haber resultado una letanía mortificante de segundón, mientras educaban a su hermano primogénito para ser un futuro monarca. Los más cínicos tratan con desdén esta obsesión popular con la monarquía, pero es un error no comprender que este glorificado culebrón tiene tal vez la función de brindar el nivel ilusorio de seguridad de una telenovela donde el elenco es estable, vigilado por una poderosa matrona, que necesita de tiempo en tiempo glamorosos ingredientes que maticen esta historia de nacimientos, bodas y funerales. 

Un tema central a resolver serán las finanzas. El súbdito y la súbdita de a pie, que mantienen con sus impuestos a una monarquía opulenta y costosa, expresan en las encuestas esta preocupación. Quieren que, en efecto, los reales que decidan alejarse de sus deberes no continúen recibiendo ningún dinero del erario público. No es ningún secreto tampoco que Carlos, su padre, comentó muchas veces la necesidad de “racionalizar” la institución monárquica a un grupo más restringido y más directamente allegado a la Corona. Naturalmente esto no hubiera afectado a Enrique, pero tal vez sí a su pequeño hijo Archie, ya que el heredero Guillermo  tiene una prole considerable y está distanciado de su hermano desde la aparición de Meghan en la familia. 

Según parece, el cónclave de consejeros reales que está tratando de proponer un acuerdo no encuentra tan problemática su decisión de dejar de recibir apoyo económico de la Corona. Pero no está tan claro el deseo de la pareja de que se les continúe financiando el sistema de seguridad. No olvidemos que Enrique, que formó parte de las fuerzas británicas en Afganistán, sigue siendo un objetivo de alto perfil para un atentado terrorista. El costo de esta seguridad sería problemático de justificar si renunciaron a su papel real, y representaría un gran dolor de cabeza para la cancillería británica llegar a un acuerdo con Canadá para compartir esos gastos. Todas estas cuestiones financieras afectarán al gobierno conservador, que desde 2010 lleva adelante un duro ajuste fiscal, ya que el tema tributario es tomado muy seriamente y el clima político no es el ideal para justificar gastos extraordinarios. Se debate también cuál sería la suerte de los doce empleados al servicio de la pareja, pagados por la Reina y por el príncipe Carlos. Curiosamente la pareja que quiere ser plebeya esperaría seguir recibiendo parte de la renta que Carlos recibe por su ducado de Cornualles. 

Ya es vox populi que la resolución tomada por Meghan y Enrique no fue precipitada. Un sector insiste en el oportunismo de Meghan que, como buena norteamericana, tendría espíritu empresarial. Según sus críticos, ya exprimió los privilegios de su matrimonio con Enrique y no se resigna a un papel de segundona en la serie. Las bromas en las redes sociales abundan: ¿la van a contratar en Netflix para actuar su propio personaje en la serie La Corona? Lo cierto es que en marzo 2019, como cuenta Rebeca English en el tabloide Daily Mail, “ellos estuvieron haciendo un complot con sus conexiones y amistades canadienses y lanzaron en secreto su sitio de internet- sussexroyal.com- utilizando el mismo servidor que Meghan usaba para su blog, y que tuvo que cerrar después de su boda.”  Cuentan que tienen contratos ya firmados con empresas, y que han patentado ropas y postales bajo la marca “Sussex Royal”. También sabemos que ella firmó un contrato con Disney como narradora en un programa a cambio de una donación para una sociedad protectora de animales. Las entidades caritativas que ellos apadrinan también se preguntan sobre su destino, porque la pareja planea lanzar su propia organización caritativa. 

Mientras tanto tenemos una Kate furiosa porque su cumpleaños ayer pasó apenas mencionado por la prensa, una reina en la que prima el deber a su Reino y oculta muy británicamente su enojo hacia el nieto irrespetuoso, decenas de consejeros reales y asesores del gobierno maldiciendo la hora en que tienen que resolver un problemita familiar con considerables repercusiones políticas, sociales y tradicionales, y un pueblo capturado por la intriga de cómo se resuelve este nuevo capítulo de la saga real. Y Meghan y Harry, una vez lanzada la bomba, siguen con el mantra que suena tanto a libro de autoayuda enunciado por ella: “No es suficiente sobrevivir, no es cierto? Ese no es el sentido de la vida. Una tiene que prosperar, una tiene que sentir que es feliz!”