BALANCE DEL NO 2010-2019 | Durante enero, relevamos lo más destacado de estos diez años

Una década de cuadritos y cambios en la historieta argentina

Con los límites borrosos entre humor gráfico, historieta e ilustración, nuevos exponentes autoeditados tomaron las redes. 
Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope.Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope.Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope.Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope.Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope.
Crowdfunding, ediciones de autor, Instagram: herramientas para autores jóvenes como Juan Vegetal o La Cope. 

Hasta –digamos– 2008 la cosa todavía estaba más o menos clara. Ilustradores e historietistas se formaban con maestros o en la facultad, y los grupos se armaban tanto por afinidad estética como por la coincidencia en talleres. Había dos o tres páginas que oficiaban de referencia crítica y espacios de legitimación más o menos tradicionales. Y luego, las redes sociales. Primero fue DevianArt, que nunca gozó de gran prestigio pero sirvió para que muchos aspirantes a ilustradores empezaran a mostrar sus dibujos al público y, a veces, hasta a hacer algún mango. Luego apareció Facebook para mezclar las aguas y cuando llegó el turno de Instagram, los sistemas de referencia construidos durante décadas volaron por los aires.

En primer lugar, se desdibujaron las fronteras entre las disciplinas. Si hasta hace 10 o 15 años quedaba bien claro quién era ilustrador, quién historietista y quién humorista gráfico, por obra y gracia del algoritmo en las redes ahora aparecen todos más o menos mezclados. No hace mucho, en Facebook un guionista de la guardia del ’97 se preguntaba de dónde salían esos pibes que hacían historieta hoy. La respuesta, claro, era “de las redes”: un montón de dibujantes o ilustradores que de pronto empezaban a entrecruzarse y, siguiendo su curiosidad, se tiraban de cabeza a probar otros lenguajes, incluso aquellos que habitualmente no consumían.

Esto dio lugar a cruces muy interesantes, aunque no siempre exitosos desde lo formal o bien recibidos por el canon. Un periodista especializado, veterano del mundillo comiquero, criticaba de esas antologías de “nueva historieta” que muchos de esos pibes y pibas hacían historieta sin saber cómo se hacía una, sin conocer su lenguaje ni a sus referentes. Como suele suceder en la época de las redes, volaron dagas virtuales durante unos días hasta que la vida siguió su curso.

Pero ese debate fue paradigmático y puso en evidencia un nuevo modo de relacionarse de los autores más jóvenes con los distintos lenguajes gráficos y sus referentes. Hoy, los dibujantes nóveles producen desde un canon más cercano a lo que el algoritmo de las redes sociales les propone que a lo que sus maestros les marcaron como pauta. Porque se sabe: Internet pone a todo el mundo al alcance de la mano pero son muy pocos los que se estiran para tocarlo. La inquietud genuina vale oro –o bitcoins–.

Otro elemento que trajeron las redes sociales es que, ahora, las cuentas de los artistas se autolegitiman. Si el libro impreso sigue teniendo un aura de logro, el crowdfunding pone ese éxito al alcance de cualquiera con suficientes followers dispuestos a poner 300 mangos sin moverse de su casa. Es notorio que en los últimos años muchas editoriales del palo adoptaron la preventa como mecanismo anti-crisis. Pero lo interesante surge cuando se miran los crowdfundings que no lograron su objetivo: se trata, casi siempre, de historietas o álbumes destinados a un público bien por encima de los 40.

La evolución del ecosistema editorial también animó a los cruces de lenguajes. Las redes sociales son increíblemente aptas para el humor gráfico –se puede pensar al meme como un dialecto del humor gráfico, incluso– y les dieron lugar a decenas de autores que difícilmente encontrarían lugar en espacios tradicionales. Pero no siempre la incursión de la web al papel se da con éxito: los autores aún están descubriendo que el soporte afecta –y mucho– al lenguaje, y que ser un gran ilustrador no garantiza ser buen historietista, así como producir muchos chistes no asegura una novela gráfica legible.

En las redes sociales vinculadas a la imagen se vive una saludable efervescencia y mezcolanza estilística. Es pura potencia. Y salir a decir para dónde disparará la cosa en unos años es más un acto de fe que un ejercicio de rigor periodístico o crítico. Por lo pronto, de varios artistas de esta camada se advierte que fueron eligiendo un rumbo artístico acorde a sus inquietudes más profundas. Algunos devinieron músicos experimentales, otros plásticos para galerías. Hay quienes pararon la pelota y se pusieron a estudiar en serio el universo de las viñetas y ya no publican todos los días en Instagram; y hay quienes aún saltan de un mundo a otro con alegría.

En todo caso, si la historia enseña algo es que el estallido de los parámetros formales tradicionales siempre deviene en la aparición de nuevas estéticas y modos de expresarse. Que suelen tomar forma en la década siguiente. Esta que empieza ahora.

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