El hambre también es una cuestión de género 
Una investigación revela la malnutrición de las madres wichí 
Realizado en 2015, un relevamiento de la nutricionista Melisa Tejerina saca a la luz que muchas mujeres originarias arrastran malnutriciones ocultas.
Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos 
Melisa Tejerina, en el relevamiento de datos  

Primero vinieron por los recursos en el territorio y empezaron a despojarlos y obligarlos a moverse. Al quitarles el monte (sea por desalojos, o por la deforestación), cambiaron sus hábitos alimentarios y con ello su cultura. Los excluyeron a los márgenes más vulnerables de las ciudades también más pobres. A las mujeres no las entienden cuando se enferman, nadie se fijó si estudiaron, si comieron, o si entienden la lengua castellana. Si las curaron, fue a medias. Y finalmente, a hombres y mujeres, padres y madres, los culparon por el mal estado de salud de sus niños, e incluso por sus muertes.

Este podría ser en resumen una explicación alternativa a la malnutrición y sus consecuencias (la más terrible, la muerte de tres niños en menos de una semana) en las comunidades originarias wichí de Salta. Lo refleja una investigación de la nutricionista Melisa Tejerina, quien trabajó durante cinco años en proyectos vinculados a las comunidades wichí del pueblo de General Ballivián, en el norteño departamento San Martín. En jurisdicción de esta localidad vive la familia de uno de los chicos fallecidos.

Autodefinida como feminista, en 2015 Tejerina realizó una investigación publicada en 2017 con el título “La prevalencia de malnutrición y factores asociados en mujeres del pueblo wichí de General Ballivián”. De esta investigación surge que las políticas de salud sobre esa población, entendida como uno de los sectores con prioridad, apuntan a los chicos de hasta 6 años, a las embarazadas, y a las mujeres durante los 40 días posteriores al parto. El período que va desde los 6 años hasta la maternidad de la niña/mujer “queda desamparado”, explicó la investigadora a Salta/12.

A partir de los dos años y tras el destete, los niños que nacieron con bajo peso, empiezan a ganar kilogramos. Pero la alimentación de poca calidad genera que no lleguen a la talla que deberían para su edad. El peso es mucho para la talla. “De esto un poco hablaba el ministro (de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo)”, dijo Tejerina al referirse a las palabras del funcionario nacional, que insistió en la prevalencia en los últimos años de chicos con sobrepeso y baja talla. La tendencia marca la malnutrición a la que se encuentran sometidos los chicos de estos pueblos.

Uno de los tantos factores que influyen es también el precio de los alimentos. Las zonas más pobres son las más alejadas y esto encarece los comestibles. La elección de los alimentos entonces se basa en contar con comidas que sacien el hambre pero que en definitiva no aportan a una buena nutrición.

Malnutriciones ocultas

En un artículo de Tejerina publicado en la Revista Argentina de Salud Pública de 2017 se indica que “según la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, el 1,2% de niños en Argentina tienen desnutrición (DSN) grave y 3,8% DSN crónica. Comparados con estudios similares pero enfocados en niños indígenas, estos datos muestran diferencias claras. Por ejemplo, en una investigación realizada en población wichí de menos de 1 año en los departamentos Rivadavia y Santa Victoria Este (Salta), la prevalencia fue de 62,4% de DSN crónica y 37,5% de DSN grave”. Los niños fallecidos son de esa zona.

La situación de las madres no es menor. De las mujeres que fueron encuestadas en el estudio de Tejerina, el 16% sólo habla su lengua wichí. El 87% tenía escolarización inadecuada para la edad, 18% son analfabetas y apenas una había alcanzado el terciario. La malnutrición por déficit (o bajo peso de las mujeres), o malnutrición por exceso (sobrepeso), arrastra una historia de falta de aportes de proteínas y micronutrientes. Las consecuencias son varias: pérdida de piezas dentarias y despigmentación capilar son los que marcan la deficiencia nutricional tras maternar. Pero la consecuencia constante será la aparición de enfermedades crónicas.

Hay una mayor cantidad de malnutridas (por déficit o exceso), entre las mujeres con baja o nula alfabetización. “Si bien se ha reconocido que los Pueblos Indígenas, requieren una atención diferenciada, el abordaje se centra únicamente en niños y gestantes, lo que deja a un sector poblacional importante sin vigilancia epidemiológica”, afirmó la nutricionista en su investigación.

“La mujer sostiene la lactancia materna con sus cuerpos endebles”, lo cual genera las “malnutriciones ocultas”, o un mayor riesgo de sufrir malnutrción.

A esto hay que sumar un sistema de salud con pocos agentes preocupados por dar una atención mejor sin la mirada discriminatoria o racista. El prejuicio termina juzgando a las mujeres wichí y las culpa de no estar atentas cuando sus hijos se enferman. “Si van por algo cotidiano, las retan por ir por cualquier cosa. Cuando no van, también las retan”, contó Tejerina. No por nada es sobre ellas o sus parejas que recae una culpabilidad insistente. Hubo casos en que llevaron a los padres a la Justicia o llevaron a sus hijos por la fuerza, incluso con operativos policiales. El ex gobernador Juan Manuel Urtubey había hablado en algún momento de un “problema cultural”. El actual gobernador, Gustavo Sáenz dijo en su discurso en el acto por las Tarjetas Alimentar que “los padres de estas comunidades atienden la diarrea tarde”. Teniendo en cuenta la realidad, es pertinente preguntar quien tiene el problema cultural, o quien llega tarde.

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