Llegó para quedarse

La cantante Sofía Viola y sus raíces latinoamericanas: al patriarcado ni cabida

De chica tocaba la trompeta, se crió entre música y militancia y rapea contra el sistema que oprime a la diferencia: Sofía Viola llegó a la escena para quedarse. 
Imagen: Sandra Cartasso

“Andá y conseguite una guitarra”, le dijo su padre a los trece años. La desconcertó un poco pero inmediatamente recordó que la abuela de un amigo conservaba una en un armario y fue a buscarla. Desde ese día, Sofía es Viola.

Su casa de la infancia queda a pocas cuadras de la estación de tren de Remedios de Escalada. Está en una cuadra llena de árboles y pájaros tempraneros. Es como una isla. Sofía camina con pies desnudos y se viste despojada, como si estuviera buscando sus raíces. Gloria, su madre, sentada en la cocina le ofrece fruta fresca a su nieta que está en pijama. Es una mujer de rasgos marcados pero de mirada dulce. En 1976 se exilió de Chile porque su familia era comunista y su tío guardia de seguridad del ex presidente Salvador Allende. Por pura curiosidad, Sofía decidió conectarse con su costado chileno y habló con su abuela para reconstruir su historia. 

En la misma habitación Sofía arma y enciende un cigarro de tabaco. Su hermano Víctor, ferroviario, pasa por la cocina cada tanto y le roba unos mates. Ella fuma con tranquilidad. Está cansada. Acaba de llegar de una gira de un mes por México y Estados Unidos. "La música estuvo todo el tiempo presente en mi casa" dice y recuerda que a los seis años solía despertarse con su padre para practicar trompeta. De pequeña descubrió que podía jugar al karaoke en su casa con la tele. Y al escuchar a Tita Merello entendió que lo que deseaba era cantar. Comenzó cantando tangos a los nueve años. Y como era una niña tan arrabalera Mex Urtizberea (con quien su padre trabajaba en una orquesta televisiva) la incluyó en su magazine “Medios Locos” que iba por Canal 7. Así, entre la improvisación y la ingenuidad, comenzó su carrera.

"Violeta Parra fue como el cordón umbilical con mi relación con Chile" dice Sofía acomodándose los rulos, mientras mira la huerta por la puerta. "Cuando hablo de las plantas recuerdo el Manual de introducción a la ginecología natural, que me dio su autora Pabla Pérez San Martín en un trueque. Yo le di un disco y ella su libro. Ahora somos amigas" cuenta. Eso le permitió conocerse y comprender mucho su cuerpo, cambiar su relación con él. Sus letras son una constante reflexión acerca de lo humano, de la sensibilidad y de lo más sustancial en la vida, la tierra. "Es mi diosa la tierra" explica. En su último y cuarto disco “La huella en el cemento” cuenta cómo simbólicamente esto significó la construcción de una sociedad y un sistema en donde siempre excluidxs. En este álbum, su tío Manolo aparece en la portada. Un hombre que siempre estuvo al margen, un marginal. "Estuvo preso por hurtar. Es la oveja negra de la familia" dice e invita a detenerse en las ovejas negras, en quiénes son y por qué no las miramos o escuchamos. Manolo está rodeado de las rosas de la Virgen de Guadalupe. Una virgen que se la puede resignificar constantemente. "A ella le otorgo los poderes que quiero. Por ejemplo, para mí, la virgen es abortera" afirma. "En cambio, la figura de Dios es paternalista, patriarcal no me cabe ni una" insiste.

Un hermano ferroviario y otro músico; un padre ateo y una madre peronista. De esta manera Sofía construyó su identidad profundamente latinoamericana. Su casa es el mundo y se siente inmigrante al viajar. Siempre que sea con libertad, compartirá su música. El próximo jueves 23 de enero se la puede ver y escuchar en Café Vinilo (Gorriti 3780, CABA). 

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