Niño bien, que llevás dos apellidos...

De la manteca de Alzaga Unzué al cordero de Federico Alvarez Castillo

De tirar manteca al techo a tirar un cordero desde un helicóptero, una mirada socio-antropológica a las diversiones de los poseedores de grandes fortunas.

El episodio del cordero a la pileta ya es una marca del verano. Se inscribe tras la línea de fortines que los guitudos de este país instalan cada verano en Punta del Este. “Ese palacio de cristal con sus propias reglas --explica el sociólogo Matías Bruera-- y desde el cual ante una primera acción de gobierno que es el Plan contra el Hambre, eligen tirar comida, un gesto de clases dirigentes que hacen evidente su excedente para marcar distinción”.

Pero algo parecido a la ironía asoma al observar el efecto que tuvo el episodio: "la jodita", explican los expertos, se les vuelve en contra al entrar en la dimensión social que las repercusiones mediáticas, que no imaginaban, amplificaron.

El gesto a simple vista parece propio de la tilingueria del niño bien, pretencioso y engrupido. Pero se aleja de la tradición oligárquica de “tirar manteca al techo”. Alvarez Castillo no es “Macoco” Alzaga Unzue, célebre playboy argentino y fierrero, que una noche en el Maxim’s de París, por aburrido, inició un juego: tirar manteca usando el tenedor como catapulta, al escote de las mujeres pintadas en el techo del local. ¡A embocarla!

Esta gente no pertenece a la aristocracia --explica Pablo Perazzi, doctor en antropología social-- no portan apellido ni estandarte, no tiene escudo, ni linaje. Anchorena mantiene su apellido aun perdiendo todas sus propiedades. Estos ricachones solo tienen dinero, pero hoy lo tienen, mañana no. Los Fassi Lavalle tenían dinero en los ‘90 y quedaron en la lona”. A falta de abolengo, impostan su pertenencia a las elites con gestos bestiales, que a juzgar por el rechazo que produjo, la sociedad argentina no está dispuesta a consentir. Tal fue el impacto generado por la caída del cordero a la pileta, que al conocerse el episodio abandonaron la casa. Pero el acting estaba registrado. En el video y en el imaginario de una sociedad que no ríe con esa mujer, ante el splash del cuerpo al agua.

Percibido como un acto de jactancia sobre la pobreza reinante, el episodio muestra arrogancia y “un ejercicio de crueldad --detalla Alejandro Kaufman--, usan un helicóptero y tiran el cuerpo de un animal al agua. Esto desencadena significaciones dramáticas en una sociedad estigmatizada por el terrorismo del Estado y devastada por el macrismo. ¡Ante tanta crueldad, se activo el rechazo! Y además, carga contra una tendencia global que es el cuidado del otro, el de los 'seres sintientes', donde los animales están incluidos. Eso fue determinante", explica el ensayista.

La reacción, también para Bruera, se evidenció en la calle “cuando comenzaron a decir: me hizo acordar a cuando tiraban personas al río. Se dio una reminiscencia al pasado, una especie de contorsión en la memoria, no se tomó como una nota de color. La cosmovisión del animal cayendo, se suma al hecho de que se los ve en acción: cae en la pileta de un millonario y produce la risa de quien lo filma. Además argumentan al principio que es vandalismo”.

El gesto se lee “incluso como un acto mafioso, en la línea de ‘la cabeza de caballo en la película El Padrino --puntualiza Christian Doddaro, licenciado en Comunicación--. Cuando lo que se discute es el hambre en la Argentina, tirar un animal desde cien metros a una pileta es una afrenta y define impunidad”.

“El gesto --para Perazzi--, es una bestialidad en estado puro, el dinero les da impunidad, no su clase. Entre tirar un chancho o un cordero y una persona, no establecen diferencia. Y psicológicamente no tiene super yo, el mecanismo regulador e inhibitorio de la acción humana, no lo tienen, hacen lo que les place porque son impunes y lo pueden pagar”.

Las clases oligárquicas en nuestro país “todavía huelen a bosta de vaca”, decía Jauretche para explicar que los ricos de la Argentina no vienen de la aristocracia nobiliaria. No tienen usos y costumbres acuñados en cientos de años de poder, o doscientos años, al menos. “Estos no son aristocráticos, son nuevos ricos --insiste Perazzi--. Tienen doble apellido porque uno es el del padre y otro de la madre. No son Alzaga Unzué. El ex presidente moriría por ser Blanco Villegas y no Macri”.

Según Doddaro “cuando los sectores privilegiados se divierten con el escarnio del otro, hay una mirada del mundo que dice puedo hacerlo, porque estoy por encima de los demás. Se cuelan en las colas, ejercen los privilegios, pueden estar por arriba de la norma y lo demuestran”. Para Perazzi, “sobreactúan su condición de clase, lo inverso de lo que hace (Federico) Peralta Ramos, un artista que ridiculizaba los aspectos característicos de las clases altas, de su propia clase”.

“Hay que pensar en los orígenes de esas clases y de esas conductas --reflexiona la escritora María Pía López--, ver el modo en que trataron a las poblaciones indígenas, a las clases obreras y a las mujeres en este país. Ahí surge con fuerza el plebeyismo peronista, y eso resulta para esta gente inasimilable, intolerable, porque el plebeyismo es un modo de igualar aquello que aparece como pura distinción, es el modo en que se plantea que toda la población, todes, tenemos derechos frente a otras concepciones que entienden el derecho solo asociado a la gran propiedad”.

Donde solo valen los que poseen y los que mandan, el otro no existe. “La psicología de esa clase que se enuncia todo el tiempo desde la tapa de Caras --agrega Bruera--, dice ‘este es mi mundo privado’. La dimensión social ahí, es inexistente”. “Y se hacen una broma entre ellos con ese nivel de violencia --refuerza Doddaro-- porque así operan en su relación con los demás, con los trabajadores, o con quien merece salud pública o que se garantice su derecho a la educación. Así piensan al mundo. No lo entienden con los limites que concebimos nosotros”.

“El componente social está, la brecha social existe: es un rico y tiene un helicóptero --explica Kaufman--. Cuando en un happening de los ‘60 se usó un helicóptero, también fue cuestionado como arte elitista”, a tono con la referencia de Jorge Alemán que en una entrevista de TV, esta semana, recordó la performance de Oscar Masotta en el Di Tella y las diversiones con interés artístico. “Eso discrepa respecto a los ricos que se divierten con bromas pesadas. Aquí tenemos, por caso, gente adinerada con matriz plebeya --dice Kaufman--, que no liga a las vanguardia que más de una vez toman sentido populista, si pensamos en Minujin, o en los actos de masas”.

“Minujin es patricia --agrega Perazzi--. En el Di Tella se permitían algunas licencias. El Partenón de libros es del alfonsinismo y toma un elemento popular: el libro. Esto no es arte, ellos no pueden autopercibir que podría haber sido un hecho artístico, para eso tendrían que ser artistas como Peralta Ramos, que compra el toro premiado en la Rural y lo decreta una obra de arte. O cuando en el ‘78 gana la beca Guggenheim pero la dilapida en una gran comilona, que dijo, era su obra de arte”.

El episodio pasó a ser más que una jodita pesada, porque la dimensión social entró a escena. Rompió las paredes del palacio de cristal y el truco quedó expuesto. “El dispositivo de la burla se configura en una asimetría, el poderoso y el débil --explica Julián Faba, profesor de filosofía--, y tiene una finalidad que suele ser la humillación, y el escarnio público. Por eso fue pensado para la exhibición. Lo hacen para mostrarlo. Las burlas ejercidas desde el poder son un ejercicio de la violencia. Una reafirmación de quienes mandan y toman al otro como objeto”. Doddaro es explícito: “Las personas tienen que estar a disposición, son servidumbre, por eso tienen talleres clandestinos y hacen trata de personas para explotación laboral. Tienen para el otro un total desprecio, hasta que el límite llega, o llega el peronismo, el populismo, los espacios de organización popular que modifican la relación de fuerzas y les dice: ustedes no pueden hacer lo que se les antoja, esto es así”.

Juventud, divino tesoro

“La comida y la lengua –el habla- identifican y crean diferencias de clases –detalla Matias Bruera, sociólogo especialista en alimentación-. En general los sabores determinan el trato con el otro. Decir que alguien es un cerdo, es decir que es algo despreciable. A la mujer, el machirulismo la asimila a un animal. En general esta gente piensa la vida así: Un despreciable es un grasa. Un bueno es un pan de dios. Un aburrido es un amargo. Juega la idea de posesión y sometimiento: un bruto es un caballo, sos una vaca. Se divierten con cosas de nene rico, pero en un gesto diferenciado de las viajas aristocracias, este es un snobismo berreta. Se sienten dueños del mundo. Pero el mundo cambia. Por eso reacciona cierta juventud que pone a discutir la hegemonía de la carne, como parte de las transformaciones culturales que también estaban ocluidas en Argentina”.

Especismo y feminismo

“Este gesto de diversión establece una distinción y una relación entre la pretensión oligárquica y el ejercicio de políticas de derechas. Pero la distinción se ejerce tratando el cuerpo de las, los y les otres como cosas de la cual son dueños. Afirma la propiedad sobre un territorio: el campo, los animales y las personas. Que esto haya ocurrido con un cordero no significa que no ocurra con personas. Se podrá decir que la industria y la investigación científica disponen un trato cruento para las especies animales, tiene que ver con la producción de valor en el capitalismo. Los feminismos anti-especistas tienen mucho que decir contra el régimen de la crueldad. Cuando la crueldad se coloca en la diversión está en juego el goce del ejercicio de la crueldad. Los feminismos frente a eso han demostrado en Argentina en los últimos años, es que es posible contraponer; y es necesario hacerlo; feminismos a crueldad. Es contra la crueldad que los feminismos se volvieron masivos y podemos decir que todos los cuerpos valen y todas las vidas cuentan. En este punto son quizá la alternativa política mas explicita y desplegable contra la crueldad. Feminismos masivos y populares, para confrontar toda diferencia jerarquizante entre las especies”. 

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