Cómo pega la pegatina

Los stickers de WhatsApp, un modo de comunicarse

Un discurrir sobre los pros y contras del popularísimo sticker que, de un tiempo a la fecha, ha invadido los mensajes de texto, inyectando aún más de lenguaje no verbal a los modos de comunicar.  


Al pobre emoticón le tocó ligar flor de escarnio: de lingüistas, semiólogos, escritores que, ante su avance imparable, profetizaban el inminente RIP del lenguaje. Al final, ni tocó el tercer ángel su trompeta ni cayó una estrella sobre los mares, y el vapuleado símbolo se instaló con todas las pompas: ganó varios “concursos” a palabra del año, tiene su día mundial, el MoMA adquirió las primeras plantillas de emojis para incluirlas a su colección permanente, y hasta han habido almitas (demasiado) entusiastas que decidieron “traducir” Moby Dick a emoticón. Inclusive hay estudiosos que le dan palmaditas en la espalda, anunciando -por caso- que cuanto más se usan en mensajes, mayores son las chances de follar (ay, el romance; ya hablarán los boleros del mañana de los símbolos lengua, berenjena y gotas de sudor, los mejor rankeados por el mentado test romántico en este contexto de pura visualidad). Cuestión que el emoticón acabó ganando la pulseada, pero ni bien estuvo cómodo en su trono, llegó un primo hermano a compartir la corona de la comunicación no verbal: el célebre sticker, cruza entre emoji psicotrópico y meme ocurrente, un boom que desde hace ya un tiempo no para de explotar.

Solo hay que mandar un sucinto “hola” a terrícolas para que caigan pegatinas a borbotones: perros alterados tomando juguito de clonazepán; gatos cuqui que chocan las patas; un palomo mustio prendiéndose un pucho. Están Frida y Evita haciendo -con sus manitas manipuladas- símbolo acorazonado. Y la alunada Britney de 2007, legendaria, rapada. Está Ricky Fort con sus icónicos “¡Basta chicos!” y “¡Miiiiaaami!”; está Leo Mattioli con flor en mano siendo el último romántico; está Jesucristo sueltito de pilcha, en pose non sancta. Si alguien se manda una macana, es posible que reciba la imagen de un Moyano admonitorio con epígrafe contundente: “Te ganaste un paro”. Y así, más y más. Lo verdaderamente no ortodoxo es esa brujería de usar el teléfono para… llamar ¡La boca se le haga a un lado a quien siquiera ose sugerir hablar por celular!

En tiempos de crisis (¿del lenguaje?), ahorro de palabritas, de caracteres. A cambio, stickers para tutto, y cada clan tiene su batería de opciones. Contando, además, con el beneficio del DIY: alcanza con bajarse una app satélite para crear los propios y seguir engordando el pack. Nótese que hasta hay palabrita china, Biaoqing, para quienes andan bien nutridos de pegatinas y tienen colección tan variopinta que les sirve de respuesta a cualquier situación, así de celebrado es el gesto de coleccionar y coleccionar la herramienta. Que de ningún modo es nueva, vamos, Occidente no inventó la pólvora (otra creación china del siglo 9, por cierto). En Oriente, los stickers están vivitos y coleando desde 2013 aprox gracias a aplicaciones como WeChat (en China), Line (en Japón), KakaoTalk (Corea del Sur). Por nuestras huestes criollas, aunque Telegram ya daba la opción, acabó por dar el batacazo definitivo a fines de 2018, al ser incorporada por el titán de la mensajería instantánea, WhatsApp, usado por el 85 por ciento de la población argenta. Y por 1.5 billones de personas en general, en 180 países del globo, siendo especialmente popular en India, Brasil, Países Bajos, España, Italia, México, etcétera, donde las pegatinas (por definición, cualquier ilustración gráfica que transmita frases, oraciones) también son sensación.

En fin, parece que el tiempo efectivamente es circular, vuelven a primar ideogramas y pictogramas como lo hiciesen en el Antiguo Egipto. Con ciertas salvedades: los jeroglíficos eran una gramática perfecta, no carente de poesía, que los egipcios entendían como escritura mágica, capaz de corporeizarse en el mundo de la noche. Si la deidad creó a través de la palabra, y la palabra era el pensamiento hecho sonido, y la escritura era ese pensamiento puesto sobre un soporte físico, entonces la escritura era tan creadora como la palabra. “Y en los orígenes fue el verbo”, miles y miles de años antes de Cristo… ¿Será entonces que peca de modernete el equipo de curaduría del Museo de Israel, en Jerusalén, que por estos días exhibe una muestra donde explican jeroglíficos a través de stickers y emojis? De aplicar la fórmula, tan carente de misticismo, ¿cuál sería la piedra de Rosetta de nuestra era? ¿La cultura pop?

Tampoco es cuestión de desmerecer, que tiene virtudes comprobadas: el sticker hace que sea más sencillo romper el hielo, salir de situaciones incómodas con un puntito de gracia, allana el camino para personas tímidas (también para holgazanas, todo hay que decirlo), aporta agilidad y concisión al texto digital puro y duro (emocionalmente árido, a decir de alguna gente), permite añadir matices gestuales y de intención; y es campo fértil para la ocurrencia, la irreverencia. Pero, como se inquietan estudiosos de Estados Unidos, a veces la pretendida ligereza de ciertas “humoradas” esconde intolerancia, violencia. Un cáustico lobito con piel de cordero, digamos… También subsisten las voces precavidas que temen que semejante fiebre esté limitando la riqueza expresiva que sí brinda el lenguaje, que simplifique por demás la forma de comunicar. Tendrán cuiqui de que se confirmen los peores presentimientos del filósofo George Steiner, que en 1969, en el ensayo El lenguaje animal, citaba cierta línea de Beckett: “Hasta las palabras te abandonan, tan mal están las cosas”; anotaba también que “si el lenguaje perdiera una parte de su energía, el hombre se volvería menos humano”.

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