La década que fue de 2010 a 2019 será recordada por la juventud como la era de la precarización. Para ser más precisos, la década empezó el 20 de octubre de 2010, cerca de las 10 de la mañana, cuando una bala disparada por una patota compuesta por barraravas y sindicalistas entró al cuerpo de Mariano Ferreyra y se llevó de él todo lo que era enjundia y vitalidad. Esa tarde, miles de jóvenes y militantes del Partido Obrero –del que participaba Mariano– pero también de otros partidos de izquierda e incluso de otros espacios, se juntaron en Callao y Corrientes para verse las caras, enjugarse las lágrimas, mostrarse los puños y prometer que la lucha seguiría. Al otro día serían cientos de miles en Plaza de Mayo. Era el inicio de una década de precarización, pero también de conciencia sobre la precarización.

 

El asesinato de Mariano Ferreyra supuso un cimbronazo político y social, desnudó la tríada siniestra de políticos corruptos, empresarios prebendarios y burocracia sindical con intereses empresariales. Así se vio la hilacha de la defensa del sistema de tercerización laboral, por el que se contrataba a empleados en los ferrocarriles, pero con convenios de otras ramas y págandoseles menos por eso. Pero el asesinato fue también el símbolo de una juventud que recuperó el valor de la militancia en los 2000 y que se enfrentó a la crudeza máxima de militar por una causa: el asesinato a manos del poder establecido.

Cuando había pasado ya tiempo del argentinazo de 2001, y de tanto irse todos nadie se había ido, emergió como fresca una renovada masividad en el deseo de militancia. Los jóvenes argentinos, tantos años dispersos, recuperaron centralidad y vocación de poder. El 20 de octubre de 2010 entraron a la década con dos lecciones: su precarización (en la tercerización y con todo tipo de argucias empresariales) era un negocio y pelearse contra los que defendían ese negocio podía costarles la vida. Cuando quedó en evidencia el uso de barrabravas para amedrentar a manifestantes y todo tipo de protestas, y ante una economía que ya no brillaba ni relucía, hubo laxitud oficial para imponer el orden anti piquetes y anti terrores, y el discurso desde el poder gubernamental se cubrió de otros tintes.

Bicicletas, cárceles y cambio climático

En los últimos diez años se acentuó la tercerización y la precarización ganó la parada con nuevos arquetipos: el capitalismo de plataformas, con modelos como el de Uber, Rappi o Glovo, se impuso en poco menos de cinco años y trajo una vieja novedad con sus aires de emprendedorismo ; la de un salario allí donde no lo hay y una supuesta libertad a quien en realidad no la tiene. Las tasas de desempleo ascienden abismalmente entre la juventud –y más aún entre las mujeres jóvenes– y la pobreza abarca al 50% de los jóvenes argentinos.

Entonces, entre la perplejidad que supuso el cambio de gobierno en 2015 y la criminalización constante que sufre su segmento poblacional, los jóvenes volvieron a emerger en cada protesta, en cada acto de resistencia. Para 2017, ya con la precarización de la vida hecha modelo y a punto de someterla a discusión parlamentaria –ya se hablaba de la reforma previsional como inicio a la reforma laboral posterior– desde el poder la respuesta varió: si antes hubo represiones o castigos tercerizados en patotas de barrabravas, apareció la legitimación de la persecución de la protesta por parte de las fuerzas de seguridad y se buscó disciplinar a quienes se mostraron dispuestos a dar pelea.

 

Las cárceles, que siempre fueron el modo de disciplinar y contener a los que salieran afuera de los intereses del sistema, están pobladas de jóvenes mayormente pobres. Sólo uno de cada cuatro presos tiene más de 34 años. Aún suponiendo que fueran culpables de lo que se los acusa –y no se sabe porque hay un 60 por ciento sin condena firme–, el número de jóvenes presos, sumado al desempleo juvenil, la precarización y la falta de perspectivas y horizontes, dejan un universo de preguntas en torno de qué traerá la nueva década para la juventud.

En 2019 brotaron miles de jóvenes dispuestos a dar pelea, pese al amedrentamiento. Jóvenes afectados por la falta de trabajo y organizados contra la carestía y la miseria, en agrupaciones piqueteras, jóvenes que militaron por cambios de gobierno, que se plantaron contra la precarización laboral de las pasantías y residencias hospitalarias porteñas, o que se manifestaron contra la desidia mundial en torno a los problemas ambientales . Una vez más, la pregunta se cierne sobre el futuro: ¿qué consumimos, bajo qué modelo de producción lo consumimos y qué significa para nuestros jóvenes en términos laborales?