Mendocino de origen y con tan sólo 36 años, Marco Antonio Caponi transita su camino como actor ligado a la versatilidad. No quiere que su búsqueda esté atada al éxito comercial y por eso indaga en todos los formatos. Parte de esa exploración fue la que le permitió interpretar papeles tan diversos como el de Eva Perón, en la versión teatral de Copi, o Fabito (hijo del sindicalista que compone Julio Chávez) en la serie El tigre Verón, que acaba de cobrará nuevamente vida en las grabaciones de la segunda temporada del programa.

Pero, siempre con el compromiso de que no le gane el sistema, este verano se reencuentra con una de sus grandes pasiones: la obra de teatro El romance del Baco y la vaca. La pieza, que se estrenó en Timbre 4 el año pasado, ahora transita su segunda temporada en el Teatro Metropolitan como parte del ciclo “Verano Off en el Met” (jueves a las 21).

Al filo de la ternura y el desborde, Caponi protagoniza un unipersonal en verso gauchesco escrito por Gonzalo Demaría y dirigido por Daniel Casablanca. Baco es un gaucho que, criado por una vaca, se hará hombre con otra. Blanquita será su primer amor, su compañera de ruta y su cómplice.

Este Baco, como el dios del vino con guiño al masculino de vaca, por momentos tierno y por momentos repulsivo, invita al espectador a viajar por kilómetros y kilómetros de campo. En ese camino, “ser libre como el viento y ser feliz como el pavo” será más difícil de lo que el Baco creía. Y su historia de zoofilia, se convertirá en la más desopilante historia de amor entre el Baco y su Blanquita.

-¿Cómo te llegó la propuesta de protagonizar El romance del Baco y la vaca?

-Esta es la cuarta obra que hacemos con Gonzalo. Siempre nos había quedado latente el deseo de hacer una reversión del Martín Fierro. No por revertirlo sino por tomar la estructura de la gauchesca para hacer algo original, divertido y contemporáneo. Y antes de que naciera mi hijo me dijo ”te regalo este texto para que hagas lo que quieras, es tuyo”. Es maravilloso porque es un traje hecho a medida. Lo nuestro es una comunión que se constituye por conocimiento, amistad, respeto al trabajo y por saber con quién vamos a contar. No cualquiera puede escribir una obra como esta. Es una genialidad absoluta. Y es un acto de amor y confianza decir “tomá, hacela”. Entonces, no fue un proyecto que me llegó sino que fue un proyecto que nació.

-¿La idea original fue estrenarla en Timbre 4?

-Siempre la soñé en Timbre 4 porque es una sala que tiene el público que necesita la obra. Timbre 4 nos pareció un excelente arranque. Fuimos contra todo pronóstico. Estrenamos en plena época de elecciones y la gente no estaba pasando un buen momento, pero logramos tener la sala al 100%. Y ahí fue a ver la obra el director del Teatro Metropolitan, Jon Goransky, que nos comentó del ciclo “Teatro Off en el Met” y nos acercó la propuesta.

-¿Fue un desafío adaptar la obra a la sala del Metropolitan?

-El desafío más grande para mí es hacer esta obra. A nivel actoral implica otro tipo de despliegue porque hay que imprimir otra expresión. Me da vértigo la distancia que hay entre el público y el escenario. Me parece que hay cosas de los primeros planos que se pierden, pero se gana en otras cosas como, por ejemplo, el sonido y la música, que crecen.

-¿Fue un difícil aprender un texto tan complejo y en verso?

-Había nacido mi hijo y mientras lo dormía a la noche iba estudiando. Lo acunaba y leía. Es un texto que, si bien es muy complejo, una vez que lo adquirís no te lo olvidás más, porque tiene una estructura, un ritmo y una poesía que son muy exactos. Prefiero hacer esto mil veces más a tener que venir y hacer algo más simple. Son muchos problemas a resolver y eso a mí me divierte. En mi grado de neurosis la paso bien. Estoy contento porque estoy haciendo algo que va con la locura que tengo en mi cabeza. Estoy siendo fiel a lo que me pasa. Sé que en el teatro quiero ir por este camino. No me interesa ir por un teatro coloquial y naturalista. Me gusta la teatralidad.

-¿Preferís trabajar en teatro? ¿O no te interesa el formato a la hora de embarcarte en algún proyecto?

-El teatro me encanta. Digo siempre lo mismo: “A un rodaje llego con suerte tarde y al teatro llego tres horas antes”. Me encanta armarme en la pata del escenario mis cositas, estar ahí sentado y registrar lo que me va sucediendo. En el cine o ante una cámara tenés una toma, una retoma, planos, y hay algo de esa ansiedad y de esa energía que genera el hecho de tener que exponerse que se canaliza muy rápidamente. En teatro no. Es un tránsito de una hora de vértigo y adrenalina que si no lo hago me vuelvo loco. De hecho, estuve como loco hasta que estrené. Ahora que estrené, ya sé que todos los jueves tengo esta ametralladora de energía y puedo irme a dormir tranquilo.

-¿Cómo fueron tus otras experiencias en el off?

-Siempre fueron maravillosas. Todas las obras del off fueron procesos artesanales. A mí me encanta hacer teatro. Se arma algo con los compañeros y con todo lo que te va pasando que siempre es transformador. Para mí son las experiencias que lo enriquecen a uno como artista. Y es ahí donde más quiero apostar. De hecho, me encantaría seguir produciendo obras y sé que hacia ahí quiero ir.

-Al haber explorado tanto el mundo independiente como el comercial, ¿cómo ves ahora la situación del teatro independiente en general?

-Nuestro trabajo como actores es mes a mes. Vivo así hace diez años. Incluso trabajando en la tele, cada vez está más lejos la estabilidad. El costo de vida es enorme y los sueldos están devaluadísimos. Los que realmente se pueden plantar y hacer valer su trabajo son muy pocos, el resto está remándola. El gobierno pasado claramente reventó todo. Y especialmente destrozó todo lo cultural. Los teatros pasaron a pagar boletas de luz de 50, 60 lucas. Entonces, si no hay una apuesta hacia la cultura, vamos a quedar marginados. Como actores, hay que estar comprometidos con tratar de preservar el teatro y los espacios culturales. Yo tengo la posibilidad de tener prensa, entonces quiero capitalizarlo para darle visibilidad a esos lugares. Algo tiene que hacer Alberto. Tengo fe, por eso lo voté y lo elegí.

-¿Siempre supiste que ese tipo de teatro era lo tuyo?

-Claramente vine de Mendoza por otra cosa: veía tele y decía "quiero trabajar en la tele". Y en Buenos Aires me encontré con todo este universo del teatro independiente, empecé a conocer actores y directores, y dije “guau, esto es otro mundo”. Pero tuve que empezar a hacer tele porque tenía que vivir. Yo estoy solo, mi respaldo es levantarme y hacer. No tengo más opciones. Y no voy a dejar nunca de hacer esto: el teatro me fascina, por eso no quiero transar con algo que para mí es el eje de mi vocación. En el momento en que estoy haciendo la doble función del sábado sin ganas, me quiero matar. No quiero que la guía sea el dinero o el éxito solamente. Es otra búsqueda. Y para mi esa búsqueda pasa por lo que sucede con esta obra arriba del escenario. Esta es una obra que está diseñada para no perder nunca. No tiene una estructura que pueda correr riesgo. No necesito nada. Incluso si me fuera mal, puedo dejar a todos, ponerme en una esquina y hacerla.