Justicia patriarcal: la denunciaron por sustracción y desobediencia

La historia de Michelle Youayou: vino a la Argentina con sus hijos tras haber denunciado por abuso sexual al progenitor y ahora enfrenta un juicio

Tras ser desoída por los tribunales franceses, viajó con los niños a la Argentina para protegerlos, pero la Justicia volvió a culpabilizarla por "mala madre".  
Imagen: Jose Nico

En un espacio muy pequeño del universo, entre cuatro paredes y el agua corriendo en una bañadera por todo sonido, un niño le relata a la madre cómo abusa sexualmente de él su papá. Qué partes de ese pequeño cuerpo lleva recorridas, con qué dedos de sus manos realiza cosas que lo asustan y los rincones de ese mundo familiar donde el lobo tiende la trampa. Mientras M.Q., de entonces 5 años, lanza palabras a borbotones, Michelle Youayou, su madre, siente un vértigo violento que la obliga a manotear el bordo de un sanitario para no caer.

Después de consultas médicas infinitas por una tos inexplicable que le cerraba la garganta, M.Q. comenzó a hablar y Michelle a armar un rompecabezas oscuro que la decidió a denunciar a su marido ante la policía, la asistencia social y la Justicia de Francia, donde residían. Oriunda de Costa de Marfil, diez años menor que su pareja, el ingeniero Didier Tabouillot, mujer afro sin mucho más en los bolsillos que la manutención de Tabouillot, sus reclamos fueron desoídos sistemáticamente y las pericias que comprobarían los abusos de M.Q. y de su hermano menor, M.A., se diluyeron en un laberinto de expedientes judiciales. Soportó que le dijeran mentirosa, psiquiátrica, obstructora, manipuladora, inescrupulosa. Pero los fallos a favor del hombre y un dictamen de tenencia compartida la decidieron a viajar en 2016 a la Argentina con sus hijos. Para protegerlos.

“No escapé, simplemente viajé para empezar una vida nueva en la que nadie los lastimara”, remarca Michelle, que ahora debe afrontar un juicio oral por sustracción de menores, con penas de 5 a 15 años, y de desobediencia a la orden judicial de restitución, que compromete hasta a un año de prisión, por “resistirse” a la persecución patriarcal y misógina de la Justicia de dos países.

A sus hijos se los terminó arrancando de las manos un pool de fuerzas de seguridad e Interpol en mayo de 2019, cuando paseaban por Parque Lezama, meses después de no prestarse a conceder una restitución internacional que según lxs profesionales que la asesoran, es el corolario de la interminable lista de irregularidades y vulneraciones de los derechos humanos más básicos. Mientras veían con espanto cómo esposaban a su madre, los chicos fueron llevados contra su voluntad a un Instituto de Menores, "la previa" a la restitución que se le otorgó al progenitor. Michelle terminó cerca de un mes presa en Ezeiza, de donde le concedieron una salida hasta que se realice el juicio oral, y acto seguido retuvieron su pasaporte.

Hoy, su estado es desesperante: perdió todo contacto con sus hijos y sobrevive en una pieza alquilada con la ayuda de un grupo de organizaciones que la sostienen en sus necesidades inmediatas, sin trabajo ni posibilidades de sustento, porque nadie quiere tomar a una migrante pobre con antecedentes y una fotocopia gastada del pasaporte como prueba de identidad.

“Decidimos acompañar a Michelle porque vivió una terrible vulneración de derechos. Darle voz desde la política y los movimientos sociales, ampliando la red feminista. Es un caso que debe tomar el movimiento de mujeres”, advierte Florencia Dupont junto a su compañera Mercedes Noriega, ambas del Frente de Mujeres del Movimiento Evita de Tres de Febrero. “Lejos de cumplir con los derechos humanos, los derechos de la niñez y las leyes y protocolos que la amparan, los organismos y la Justicia argentina le dieron la espalda, la encarcelaron y entregaron los niños a un pedófilo”, apunta Mercedes. “Hoy Michelle se encuentra en el país con una causa abierta y sin ningún tipo de amparo por la situación que está viviendo, siendo discriminada por su condición de mujer negra, migrante y humilde.”

Sara Barni, presidenta de Red Viva, asociación que asiste a víctimas de violencia y abuso sexual, se convirtió en una extensión vital de Michelle. La acompaña a realizar actividades cotidianas, la orienta, le provee vestimenta, alimentos y medicación, y se presenta junto a ella todos los meses en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N° 50. “Para avisar que no se escapa”, dice indignada quien entre la perfo revictimizadora de la presentación mensual en el Juzgado, las horas frustrantes de elaboración de escritos para recuperar el pasaporte y las discusiones con jueces subrogantes de escasa consideración y nula perspectiva de género, logró acceder al expediente completo de la causa, algo poco menos que tabú en estos años. “Es revelador”, celebra Sara, “porque por fin encontramos elementos que podrían acreditar lo que ella denuncia y nadie quiso investigar debidamente”.

Uno de los documentos a los que se refiere es un escrito del Departamento de Restitución Internacional del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires, dirigido a la actual titular del Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 87, Celia Giordanino, a cargo de la causa caratulada como “Tabouillot, Didier Pierre y Otros c/Youayou, Michelle Laure, s/Restitución Internacional de Niños”. Allí se considera que, “a partir de la entrevista personal” que el Juzgado mantuvo con los niños en mayo de 2017, debería tenerse en cuenta su voluntad “de no retornar a Francia” y ponderarse la prueba de manera conjunta. Que también a partir de ese relato y “sobre todo” de las pericias psicológicas agregadas en la apelación de Michelle, “se estima que proceder a la restitución de los niños a Francia importa colocarlos en una situación de grave riesgo para su salud física, psíquica y emocional, al exponérselos a posibles situaciones de revictimización que podrían generarles nuevos traumas psíquicos y, a la vez, la vulneración de sus derechos a la salud e integridad”. El documento concluye aconsejando una terapia para Michelle y los niños, “con el objeto de brindarles contención y orientación en este complejo proceso”.

El 10 de julio de 2017 la jueza anterior, Ana Paula Garona Dupuis, hizo lugar al pedido de restitución de M.Q. y M.A. a Francia. Según el documento del CDNNyA, de la reseña de esa sentencia surge que en la entrevista personal, pese a que los niños manifestaron a la jueza su voluntad de no retornar a ese país, ésta dedujo sin mayor argumentación que los dichos se vinculaban con la “retención ilícita” practicada por la madre. Del acta de audiencia del 9 de mayo no sólo aparece que, preguntados los niños sobre si volverían a Francia, responden con énfasis “no”, sino que las descripciones que hace M.Q. de los abusos sufridos no fueron ponderadas debidamente "y pondrían en jaque la sentencia".

La jueza no sólo desestimó lo que le fueron revelando las criaturas, sostiene Barni. También habría ignorado la Convención de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, la Convención de La Haya y las indicaciones de la Corte Suprema de Justicia sobre el interés superior del niñx como paradigma central que orienta y condiciona la decisión de los poderes del Estado. Garona Dupuis hizo una prolija tarea de descarte de la entrevista filmada y traducida de M.Q., de la presentación efectuada por la madre de una compañera del colegio al que asistieron durante algún tiempo en Buenos Aires, en la que da cuenta de que el niño le contó a su hija la misma situación que relatara a la policía francesa, y de la traducción de dos informes del Servicio Médico Psicológico dependiente de la Fiscalía de Evry, de entrevistas realizadas a los hermanos en 2009. Simplemente consideró que toda la batería de pruebas no estuvieron acreditadas en su momento.

Marcela Arenas, la abogada que asesora a Michelle desde fines de 2019, desanda el punteo de las injusticias: “Costó mucho dar con ese expediente. En el Juzgado Civil N° 87 primero me lo negaron y después me dijeron de mala gana que estaba en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N° 50, elevándose a juicio oral. Lo poco que sé del expediente es gracias al defensor público oficial en lo penal, Nicolás D´Onofrio. En ese juzgado percibí una gran discriminación, pero ya en Francia no se incorporaron pruebas importantes, cuando los chicos atravesaron pericias psicológicas y psiquiátricas contundentes. La Convención de Niños, Niñas y Adolescentes establece que si se sospecha de la integridad física o psicológica de un menor o de la familia, se los tiene que proteger. Desde el punto de vista jurídico pienso qué le pasó a la jueza para decir que la prueba aportada por Michelle no era eficaz. Y mantuvo una entrevista a solas con los niños, sin asistente social ni asesoría de menores, cuando se tiene que apoyar en otras disciplinas para evaluar la situación desde diferentes perspectivas. Su mirada fue corta, interpretó mal las convenciones internacionales.”

Barni insiste con amargura, “es contra nosotras, las mujeres”, cada vez que se invisibiliza el contexto de violencia y los varones dominan y castigan a través de lxs hijxs. “Es discriminación porque es mujer, porque es madre y porque las madres están doblemente victimizadas. Resulta que siempre se mira si es la loca, la puta, pero es la que mantiene, la que vive todos los procesos sola. Sólo las madres tienen impedimento de contacto. A Michelle le hicieron lo mismo y peor, porque no sólo le han sacado a sus hijos arbitrariamente. A ella la dejaron en un vacío. No es nadie.”

Para Arenas, la sustracción del ámbito natural equiparada a secuestro es una construcción errónea y maliciosa de la abogada que representa al progenitor, Fabiana Quaini, y de la Justicia que acompañó en la misma línea. “Michelle no salió ilegalmente de Francia ni tampoco entró en forma ilegal a la Argentina. Además, tenían tenencia compartida con su ex marido. Los niños son menores de edad, tienen la representación de la madre y ella está contando una parte de la historia que no hay por qué ponerla en duda. Creo que a la jueza no le gustó una mujer negra, madre y migrante, que tomó la determinación de viajar a este país con sus hijos para resguardarlos del individuo que los dañó.”

Hasta que llegue la fecha de elevación a juicio son muchas las preguntas que deberán responderse, asegura la abogada, como la desatención del Consulado francés en la Argentina a una ciudadana en emergencia, las persecuciones de las fuerzas de seguridad, la intervención de su teléfono, la separación violenta de los niños y la prohibición de poder comunicarse con ellos. “A todas las personas con las que se relacionó, la policía iba a preguntarles dónde estaba. Fue una búsqueda criminal. Y ahora los chicos, que tenían miedo de volver a Francia, están sometidos a un estado de silencio y desamparo.”

Potencia feminista: Sara Barni, Mercedes Noriega y Florencia Dupont, parte de la red que acompaña a Michelle.

Ojos bien abiertos

Cada lágrima de Michelle, cada silencio, cortan el aire del lugar donde transcurre la reunión. Las manos de las mujeres que acompañan se van turnando para apretar fuerte la suya o para acariciarle las mejillas. Un círculo de sororidad que completan Alejandra Arce, de Mujeres de Artes Tomar, Paule de Crop, de Amumra, Diana Zilberman, del Parlamento de Mujeres de la Ciudad, el psiquiatra Enrique Stola y la psicóloga Daniela Lezcano, que colaboran con Red Viva. “Es que es mucho tiempo de sufrimiento”, dice Michelle. “Llegué a Francia a los diez años para encontrarme con mi padre y su mujer; no fui feliz con ellos. Trabajé desde muy joven, me hice sola desde niña, siempre adaptándome a los demás para que me aceptaran. Los hombres me hicieron mucho daño, abusaron de mí en esa búsqueda de ser querida. Recién ahora, a los 40 años y con estas personas, estoy conociendo la amistad real y los vínculos.”

Cuenta que inició su relación con Tabouillot en 2008, y al poco tiempo quedó embarazada de su primer hijo, que nació el 24 de septiembre de 2009. El segundo llegó el 4 de noviembre de 2012. “Didier viajaba permanentemente. Es un hombre blanco, ingeniero civil, trabaja en Bélgica y tiene una buena posición económica. Muchas de las cosas que viví junto a él y que llegué a pensar que eran obra de mi imaginación, ahora son signos muy evidentes. Antes no podía creer lo que estaba sucediendo.”

¿Cuándo fue la primera vez que notaste algo extraño en su comportamiento?

-En un cumpleaños de M.Q. Se lo había llevado a la habitación y tardaban en bajar. Sus amiguitos fueron a buscarlo para que volviera a la fiesta, y este hombre los echó. Una amiga que me estaba acompañando preguntó ´¿por qué no está tu hijo con nosotros, por qué está arriba tanto tiempo, qué están haciendo?´. Y hubo otras señales. A veces se quedaban solos en la casa o se iban a pasar fines de semana a casas de amigos. Mi hijo regresaba de otra manera. Tuvo ataques de tos durante mucho tiempo y fuimos a ver a diferentes especialistas. Todos dijeron que no tenía nada. Se comía las uñas, me besaba de una forma que no me gustaba. Con el tiempo entendí que no podía expresar lo que le estaba pasando. Hasta el día que habló mientras lo bañaba. Fue como una trompada. La espontaneidad con que describió cada situación, lo que le hacían. Nadie podría haberle contado algo así para que lo repitiera. Me sentí impotente y estúpida. Siempre le decía, a solas o con su padre adelante, que nadie tenía derecho a tocar su cuerpo.

¿Cómo era tu vida familiar hasta entonces?

-Era una locura porque yo venía sufriendo violencia física y psicológica, y otras formas de abuso de parte de él, pero me obligaba a mí misma a resistir por mis hijos. El violento me decía que no era buena, que tenía carácter, que era una ignorante, que él era el único que me aceptaba y que me había salvado la vida, y me mandaba a hacer terapia porque yo era la culpable de todo. Me sentía totalmente descalificada y aun así tenía que estar agradecida de haberlo conocido.

¿Qué pensaste cuando tu hijo te relató lo que le sucedía?

-Cómo íbamos a hacer para salir de esa casa. Me di cuenta de que estaba con alguien que tenía una patología muy grave. Comencé a informarme sobre ese tipo de personalidades y descubrí términos como perversión, manipulación, narcisismo. Todo lo que iba leyendo lo describía. Lloré y grité mucho tiempo en soledad. Hice denuncias, hubo un juicio en el que aporté informes psicológicos y psiquiátricos de mis hijos donde se confirmaban los comportamientos abusivos sexuales. No fueron incorporados al expediente porque el tribunal consideró que ninguno de los elementos que le presentamos fueron probados y yo no tenía dinero para sostener el proceso judicial.

La salida de Francia fue un acto de supervivencia.

-Me fui para protegerlos. No hice nada de malo, no maté a nadie. Mi abogada de entonces me recomendó que viajara a Canadá o a la Argentina. Si tomamos algunas decisiones tan extremas fue porque del otro lado había algo realmente terrible. Y mi tarea como madre era cuidarlos de cualquier manera. Montones de chicos y madres de este mundo merecen justicia. No tuve otra opción, por eso decidí viajar a la Argentina. No mentí, no manipulé, sólo los protegí, y mis hijos no mintieron ni actuaron influenciados.

-Pronto vas a enfrentar un juicio oral que de por sí te condena por haberte rebelado a un disciplinamiento patriarcal sobre vos y tus hijos.

-¿Para la Justicia soy culpable? Bueno, había que protegerlos. Y si hubiera que hacer de nuevo todo lo que hice, lo haría. Quiero una justicia para dos criaturas inocentes. Quiero salvar a mis hijos, sus vidas están en grave riesgo. Nadie los escucha ahora, nadie se preocupa por saber qué es lo que viven con ese hombre, el verdadero secuestrador. Ahora están con él contra su propia voluntad, sin poder hablar ni defenderse. Hay que hacer algo ya. En este momento alguien los está destruyendo física y psicológicamente, y están lejos de la única persona que los ama más que a nada en el mundo. Pero ya no voy a callar, ésta es la primera vez que la gente se toma el tiempo para escucharme. 

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