La obra de Josefina Gorostiza y una invitación al baile colectivo en la calle Corrientes

Coreomanía (No puedo parar): ocho jinetes para una pista

Cada vez más desnudos y sudados, los cuerpos del septeto de bailarines convidan frenesí y goce, manijeados por un DJ en vivo.
Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa.Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa.Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa.Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa.Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa.
Coreomanía (No puedo parar) va hasta fines de febrero en la calle Corrientes, algo inusual para la danza alternativa. 
Imagen: Cecilia Salas

Cuando el DJ tira pistas, lo que sigue es bailar. No hay mucho que pensar, el ritmo manda y el cuerpo obedece. Y ése era el fin primario de Coreomanía (No puedo parar): contagiar el deseo de danzar en los espectadores. A partir de la propuesta que la directora y dramaturga Maruja Bustamante le hizo para llevar al Centro Cultural Ricardo Rojas en 2017, la coreógrafa y docente Josefina Gorostiza creó esta obra que cruza lo ancestral del baile con la noción de tribu y el movimiento como eje central. Electrizante y shockeante, vibrante y altamente rítmica, Coreomanía está hasta el 26 de febrero en el Metropolitan Sura de la calle Corrientes, luego de pasar por varios espacios del país y de Chile.

“Acepté la propuesta del Rojas en 2017, y la primera instancia fue pensar en cierto contagio en relación conmigo: qué era lo que me interesaba y lo que me generaba mucho deseo de bailar o me contagiaba. Hay algo en relación a la energía, al ritmo o al tono muy alto, que dicho así parecería una pavada; pero bueno, empecé a imaginar un grupo de personas, siete u ocho bailarines, bailarinas, intérpretes que pudieran sostener durante 45 minutos un tono muy alto y un recorrido bastante aeróbico de obra”, cuenta Josefina.

Y es lo que se ve: siete personas en constante movimiento con una maestría aeróbica envidiable. Montada con los recursos que tuvieron a mano para sumar a la producción, la obra resulta íntima y ese minimalismo se enfoca en los físicos, cada vez más transpirados y desnudos marcando el pulso del DJ, también en escena. “Empecé a transitar ciertos aspectos de la vitalidad, de la fisicalidad relacionada con la resistencia, del deseo, del goce de cada bailarín, de la singularidad de cada uno y de esa singularidad puesta en un grupo”, dice Josefina, que desde hace quince años no puede parar como trabajadora de la danza.

 

Gorostiza creó obras en forma independiente y también participó en creaciones de alumnos y colegas. Es nieta del dramaturgo Carlos Gorostiza, uno de los referentes del movimiento de resistencia Teatro Abierto contra la última dictadura militar. Ella se presenta como inquieta, desde niña. El hecho concreto de “no poder parar” empezó a presentarse en el desarrollo de Coreomanía como cierto síntoma suyo, como una forma de vivir el día a día. “Y empecé a profundizar un poco ahí, a encontrarme con algo íntimo, y me pareció interesante jugar con eso en el mismo trabajo y romper ciertas convenciones, como por ejemplo lo que es un final.”

Coreomanía, una invitación al espectador

Sin ánimos de spoilear, se puede decir que el equipo de Coreomanía invita al público a montar un final a través de los cuerpos en movimiento y la música. “Me parecía interesante invitar al espectador a completar el trabajo, a tomar una decisión respecto de cómo cerrar la obra; que cada espectador tomara una decisión de cuándo termina la obra para ellos”, dice Josefina. Desde el estreno, siempre ha sido variable la duración de la obra y cada función es distinta. El boca en boca hizo lo suyo, y en varias funciones los espectadores bailaban y se subían al escenario y la obra se convertía en una cosa distinta a la textura inicial.

Ahora, y después de pasar por el Festival Internacional de Buenos Aires, el Festival de Danza de la Ciudad, de viajar a Chile, de presentarse en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en La Bienal, en El Recoleta o en Espacio Callejón, entre otros, les llegó el momento de bailar en el llamado circuito comercial de la calle Corrientes. “Para nosotros, trabajadores de la danza, era una posibilidad bastante bizarra porque la danza nunca está en esos espacios, salvo algunas obras del circuito alternativo que de golpe hacen una temporada en el teatro comercial. Todas estas clasificaciones las digo entre comillas“, aclara Gorostiza.

“Para la danza es lograr cierta visibilidad que está buena, sino parece que la danza no existiera más que en formato de compañías. Que está buenísimo que exista, pero también hay un montón de gente laburando y no hay tanta visibilidad en relación a eso”, cierra la coreógrafa. Y ahí se dirige el equipo de Coreomanía, inquieto por la calle que no duerme, para contagiar al público con la danza y el goce que el baile regala.

* Coreomanía (No puede parar) tiene funciones hasta al 26 de febrero en el Metropolitan Sura, Av. Corrientes 1343.

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