Prisioneros del delirio

Hay una frase popular que dice que la esperanza es lo último que se pierde, en mi caso la cosa no funciona así: la esperanza es lo primero que pierdo. Y apenas me levante y salí para ir al supermercado chino a comprar café y galletas de arroz, fue que saludé a tres de los tantos muchachos que dedican su jornada a trabajar, cartonear, changar de varias cosas y que su punto de encuentro es el cantero del plátano que está en la puerta de mi casa. Ahí se toman todas las cervezas que pueden durante el día: el chino me queda exactamente al lado. Son buenos pibes, algunos no tan pibes y supongo que algunos no tan buenos, iguales a cualquiera, más vale, al menos iguales a mí. Jamás le faltan el respeto a mi novia ni a ninguna de las chicas que vienen al taller, jamás se abusan cuando me piden “para la birra”, y se limitan a hacerlo una vez por semana. En fin, no tengo nada malo que decir de ellos, por el contrario, que estén en la puerta de casa hasta tarde, me da cierta seguridad. Pero este martes se me ocurrió decir, luego del buen día al que ellos siempre responden “buenas noches, Pela” porque yo me levanto generalmente a la una: “Vamo arriba que hoy es el tetazo”.

–Sí, viste, lo único que falta es que se pongan en bolas en las plazas– me dijo uno al que yo nunca vi desnudo en una plaza pero al que una vez le tuve que decir que dejara de mear en la pared de mi casa o que al menos lo hiciera en el árbol ya que la tierra tiene más capacidad de absorción que las baldosas precarias que repone Edesur cada vez que me rompen la vereda.

No respondí, a veces no tiene sentido, dije que mejor me apuraba porque me había quedado sin café y me metí en el chino. Antes de entrar llegué a escuchar el comentario de otro de los muchachos cerveceros, algo así como que a las minas ya no las va a frenar nadie, que ni siquiera les podés decir alguna cosa cuando pasan porque se dan vuelta y te contestan. Qué raro, pensé: los más marginados, tan moralistas. Y me tragué, sin darme cuenta, la primera espina. Si a estos tipos les dieran un uniforme y una 45… ¡Madre Santa de Dios!

Desayuné, escribí, contesté mails, hice números y los rehíce tratando de organizar mis financias. Desistí de todo, me tiré en el sillón y me quedé dormido. 

A la tarde me levanté y salí otra vez a la calle. La calle para mí se limita generalmente al chino José, Roberto el carnicero y el más lejano lugar que es el café de los Patriotas que me queda a menos de 400 metros. De los Patriotas volvía cuando me crucé con otro José ¿Qué José?..., sí, ese: el que votó a Macri. Es el herrero del barrio, es un tipo sensible, bueno, un vecino importante y es escritor. Alguna que otra vez visita mis talleres, pero votó a Macri. Habíamos hablado antes de las elecciones y yo le dije que se equivocaba. Me acuerdo que eso fue cuando una vez  le pedí que me presupuestara un trabajo y me dijo que hasta marzo tenía la agenda ocupada. Era plena época de Cristina, se lo había preguntado en octubre y él me dijo que tenía cinco meses por delante de agenda completa de trabajo.

–¿Te está yendo bien?, que bueno que haya trabajo –le dije

–Esto es una ficción, un tipo de guita que está haciendo una obra grande. Este gobierno es una mierda, lo voy a votar a Macri. 

–Que un tipo de guita esté haciendo una obra grande José, quiere decir que le conviene al plazo fijo o al dólar. Por eso es un tipo de guita.

Pero José no me escuchó, votó y se fue. Y me lo encuentro, como dije, luego de un año del Pro viniendo de los Patriotas y se lo digo sin más 

–¿Y? –le digo–, ¿cómo te va con este gobierno? 

–Nos está rompiendo el culo –dice–, la estoy pasando mal.

Fue tan sincero y tan angustiante su comentario que me ahorré el “te lo dije” porque es un tipo bueno y yo le tengo mucho cariño. Pero fue él quien insistió y ante mi silencio dijo una frase de una locura desmesurada: 

–Las fiestas hay que pagarlas –eso fue lo que me dijo y ya no lo aguanté.

–José, no seas boludo, la fiesta anterior, y que pagábamos sin problemas, era la nuestra –y la que me ayudó, otra vez, fue mi gran maestra: Liliana Heker, la escritora iluminada que deberían dar como lectura hasta en las clases de catecismo:

–Lo que estamos pagando ahora es la “fiesta ajena”, José. La de ellos, la de los tipos que como Mauricio nacieron de fiesta, vivieron de fiesta y la única fiesta que le dan al pueblo es cuando se cogen, entre más de uno, a las pibas nuestras que tienen que prostituirse.

José me miró. Yo lo miré.

–Vos sos siempre el mismo loco –me dijo–, yo a este gobierno lo voto a muerte

“A muerte”, claro, pensé. Tiene razón: lo votan a muerte, lo votaron a muerte. Porque discriminación es muerte, represión es muerte, ajuste es muerte, desempleo es muerte, desconocimiento de las instituciones, manipulación de la ley, indiferencia, desidia, ignorancia y mezquindad son muerte. Me metí en mi casa y me puse a pegarle a la bolsa: no a la que venden en la Carbonilla, sino a la de boxear. Es que a veces siento que no doy más, queridos lectores. Que nada tiene sentido. Que este país, que este pueblo está loco o está perdido. 

“Odiar es como tomar veneno y sentarse a esperar que el otro se muera” es una frase de San Agustín. Seguramente habrá conocido a algún  argentino.

 La semana pasó así: con noticias, comprando este diario como siempre compro, a veces más para colaborar que para leerlo porque es un tiempo en el que me cuesta leer. Y esta semana no quise leer nada, hablé con mi novia, cociné para mis hijos, etc. “Cuando no das más, no das más, Pablo”, me dije. Tenés que parar la moto. Pero debe ser que mi moto es japonesa, que sé yo. Y luego de hacer mil cosas llegó el sábado y mi cuñado, el Piri, me propuso un plan: ir al corso del Viaducto. Mi amigo Osky me prestó el auto y con el amor de copiloto me fui para Avellaneda, para Sarandí. A respirar el oxígeno de una ciudad que resiste, a sentir el amparo de uno de los llaneros solitarios que tienen el pecho que hay que tener y que sigue haciendo milagros o colaborando al menos para que existan los milagros. Y el milagro, otra vez, fue un hecho artístico. Prisioneros del Delirio se hacen llamar estos murgueros de mi barrio, más de cincuenta apóstoles danzarines que le dieron al barrio un espectáculo memorable. Porque son prisioneros de otro delirio, no del delirio que es prisionero José, ni del delirio del que son prisioneros los muchachos que toman cerveza en la puerta de casa. La murga de mi barrio es prisionera de un delirio mucho mejor: el delirio de la pasión, de la amistad, de a alegría.

Antes de la función entré a saludarlos a los vestuarios. No me dejé decepcionar por dos pibitos nuevos que repetían “no se puede entrar” inconscientes de que estábamos en un lugar donde justamente entrar es lo que todos pueden. 

La murga de mi barrio es alucinante, y lo digo yo que mucho no me gusta la murga. Son afinados, componen las letras y las melodías, tienen tambores, trompetas, trombones, bajo y una guitarra. Escriben sus guiones y montan no una comparsa sino un musical con todas las letras. Y me hicieron reír y me hicieron pensar. Con casi nada volví a sentirme bien. Comí pizza en los Tres Ases, comí choripán en el corsódromo y, mucho antes de volver a la Paternal, la esperanza ya había vuelto a mí.

Los amarillos serán muchos fue lo que entendí, pero nosotros también y además tenemos una ventaja: seguimos amando lo que es digno de amar y somos dueños de la calle.

(Prisioneros del Delirio tocará en La Trastienda en 11 de marzo, traten de ir.)

* Poeta, músico y narrador. Premio Fondo Nacional de las Artes y Casa de las Américas.