Entrevista a Valeria Salech, de Mamá Cultiva, por la campaña de Socialización de Cuidados

Por una salud feminista

Siguiendo el debate sobre la importancia de los cuidados, Valeria Salech cuenta sobre la Campaña que ya está en marcha y que encontró en las políticas del actual gobierno la oportunidad real de bajar a la sociedad y transformarse en un futuro no muy lejano, en ley. 
Imagen: Sebastián Freire

Mamá Cultiva terminó el 2019 con una Campaña que habilita el debate sobre el cuidado como algo político, social y comunitario. El 9 de noviembre pasado se reunieron para ver cómo transmitir y articular esta marca tan fundamental de la agenda feminista: cómo hacer que los cuidados sean un asunto de todes. “La batalla del cannabis la doy por ganada, igual hay que sostener la bandera porque eso no se suelta pero la doy por ganada porque la gente entendió de qué hablamos con cannabis medicinal. Es la construcción de un sentido común distinto en donde podamos salir de la cultura individualista y empezar a pensarnos como comunidad, no va a salir fácil porque es la antítesis de lo que vemos en la televisión todo el tiempo pero va a pasar”

--Una de las cosas que deberían pasar para que este modelo cambie es la revisión de las prácticas médicas. ¿Cómo se articula el diálogo con la salud hegemónica?

--Es dramático porque el guardapolvo blanco se extiende a un montón de lugares. El feminismo nos vino a mostrar esa jerarquización de todo, todo el tiempo y nosotras acá en Mamá Cultiva hablando con las cuidadoras surge permanentemente ese tema de cómo hacer para resistir la hegemonización de la medicina que se extiende a las escuelas, a los vecinos, a la comunidad entera. Como no estamos educados en la inclusión pareciera que si vos no hacés lo que te dicen que tenés que hacer te juzgan también otras jerarquías: tus jefes por ejemplo. En una empresa si vos decidís tratar una enfermedad con un tratamiento alternativo serás juzgada. No se conoce el derecho de autodeterminación de los pacientes, que es un derecho y lo estudian en la facultad cuando se reciben de médicos.

--Ustedes reciben muchas agresiones en las redes sociales justamente por plantearse ese camino de autodeterminación.

--Sí, en Facebook más que nada: “¡o los matan o los drogan a los chicos!” nos dicen en relación al aborto. Cuando empezamos a postear en lenguaje inclusivo perdimos como 5 mil seguidores. “Hablen bien, no las sigo más” noes escribían. Nosotras nos reíamos, “Chau Raúl, besito” (risas). Es un lugar muy incómodo, y yo comprendo la reacción, pero mientras nosotras perdíamos seguidores fuimos ganando seguidoras más afines. Y eso nos permitió empezar a tejer redes en el feminismo y decir “este es un posicionamiento que nos va a traer algunas bajas pero nos va a sumar por otro lado”. Y nos hizo pensar en una agenda feminista en común y qué tenemos nosotras para aportarle al feminismo. Mamá Cultiva recibe personas que no encuentran respuesta en la medicina tradicional alopática, vienen buscando otra cosa, saben que la marihuana es una herramienta terapéutica eficaz, lo saben porque ya lo hablaron con alguien, porque ya tienen la información, no saben cómo acceder porque no hay manera legal, y vienen a ver qué onda. Esas personas en más de un 60 por ciento son mujeres que cuidan. A sus hijos, a sus esposos, a la hermana, al padre, a la madre. Y eso resultó clave en la transformación de una ONG que iba por un marco legal para el cannabis y terminó siendo una organización feminista que va por feminizar la salud.

--¿Es posible soñar con un sistema de salud feminista?

--Nosotras vamos por una salud feminista, en términos de que la ciudadana pueda ejercer sus derechos. No estamos preguntándonos si tenemos derecho o no para cultivar marihuana para mejorarnos la salud, ya sabemos que lo tenemos y lo estamos haciendo. No nos interesa, nosotras estamos accediendo a nuestro derecho de tener una mejor calidad de vida, y en ese sentido en el acto de ejercer ese derecho nos encontramos con que quienes lo estamos ejerciendo somos mujeres que cuidamos, y no es un detalle menor. Porque la transformación es de blanco a negro, no es de lila a violeta. Es muy radical el cambio: porque la mujer viene acá atemorizada, sumisa, excluida, pobre, en una situación de vulnerabilidad total, es invisible a los ojos de la sociedad, las autoridades, su propia familia, todo lo que hace no es reconocido ni económica ni social ni culturalmente por nadie, llega a Mamá Cultiva y se encuentra con un aplauso. “Te felicito por el trabajo que estás haciendo”. Y cuando una mujer pasa de un estado de sumisión a sentirse poderosa, pasan varias cosas: ese cambio es irreversible y esa mujer ya no va a soltar esa herramienta, es más, empieza a tomar más herramientas.

--¿Y sus personas cuidadas empiezan a mejorar?

--Sí, pero no solo por la herramienta terapéutica que ganaron sino porque quien las cuida está contenta. No es lo mismo que te cuide una persona que resopla, no puede más, se siente fea, se siente ninguneada, se siente bastardeada, se siente excluida, contra una persona que te cuida y te termina de cambiar el pañal, te da un beso en la frente y se va a luchar por sus derechos. Esa persona está orgullosa de quien la cuida, aun sin entender, como es el caso de mi hijo que con su autismo no puede hacer todo este trabajo intelectual pero lo vive y lo siente en mi manera de estar. Yo bailo, canto, puteo, me ve laburando, él va y viene conmigo y lo disfruta, lo siente un cambio positivo. Ese cambio te permite pararte de distinta manera frente al médico, frente a los docentes, frente a las obras sociales, a los trámites burocráticos que tenés que hacer. De pronto todo empieza a salir bien y no sabés qué paso: es eso, es tu propio empoderamiento. Nosotras hacemos que cambie simplemente siendo amorosas con las personas que vienen. Es tan sencillo como abrazar al que llega y decirle tranqui está todo bien, te vamos a acompañar, si se te muere la plata te voy a dar otra, y otra y otra hasta que te salga. Primero es la catarsis, y se potencia y se cuentan sus cosas y ese compartir la angustia ya es bastante sanador. Y después viene la construcción a partir de la planta de la germinación, el plantín, etc.

--¿Cuánto dura todo ese proceso?

--Tres meses, son doce encuentros semanales. Acá hay actividad todos los días, a la mañana, a la tarde y a la noche. Aprendemos a cultivar en grupo y en ese aprender a cultivar también hablamos de las cosas que nos pasan. Y eso nos permite cuestionarnos: ¿Qué es la salud? ¿Qué entiendo yo por salud? ¿Qué entiende mi familia por salud? ¿Cuál es el rol que ocupo yo en la relación con el sistema médico? ¿Qué es normal y qué es anormal? ¿A que llamamos diversidad sexual, discapacidad, neurodiversidad? Y solamente hablar de estas cosas produce una empatía automática y nos pone a todes en el mismo lugar, de darnos cuenta de la importancia de los cuidados. No solamente estamos trabajando la autonomía de nuestros cuerpos, porque siendo seres sociales la autonomía tiene que ser en relación con el otro. Yo quiero que a mí me cuide alguien que quiere cuidarme, y que esté capacitado para hacerlo y que se sienta realizado en la tarea de cuidar. El día que podamos elegir quién nos cuida y si queremos cuidar o no, ahí vamos a estar viviendo en real autonomía pero además entendiendo que somos seres interdependientes, que nos necesitamos para nuestra propia autonomía.

--A las mujeres nos enseñan desde muy chiquitas a cuidar pero no a ser cuidadas…

--Si, por eso tenemos que hablar del autocuidado. Es fundamental para poder entender el cuidado: si no existe esa transformación de la persona abatida, está respondiendo a un mandato cultural y si no lo cumple es una desamorada. Hay una mirada juzgadora sobre nosotras que no existe sobre los varones: ellos siempre eligen si cuidar o no. Una cosa que nos llamó a nosotras la atención desde el principio es que la gran mayoría de las mujeres estaba separada, y las que no estaban en una relación medio tóxica en función de una situación económica que no podían manejar, y eso es terrible, no sabíamos qué hacer con eso. Por eso Mama Cultiva se transforma en una organización feminista porque las personas que llegan acá necesitan ser contenidas y es el feminismo el que las puede abrazar. Estamos en una situación de sometimiento continuo, estamos siendo habladas permanentemente, entonces si no arrancamos poniendo un límite y hablando por nosotras mismas, es muy difícil. La ilegalidad de la planta en este punto nos juega a favor.

--¿Por qué?

--Porque es desobedecer un poquito más. La planta te abre la puerta a más desobediencia: empezás a desobedecer al médico, y también al docente, y también al vecino… Y eso de alguna forma te genera una seguridad en vos misma que tiene sus frutos en el cuidado, es un impacto inmediato. A veces yo digo ¿será la planta o será lo que cambió esta mujer? Yo me asombro, incluso la postura corporal cambia del primero al último día. Una mujer que llegó con dos hijos autistas, mayores de 20 años, que la duplican en tamaño, muy agresivos entre ellos y con ella, sola. Yo no confiaba en ver este cambio porque es una señora más grande, que ha sufrido muchísimo, pero de a poco fue ocurriendo. Hace poco vino llena de flores para donar, tenía lindo el pelo, estaba maquillada, muerta de risa... Lo que ella dona a nosotras nos sirve para acompañar a alguien que recién empieza, los casos más críticos. Y eso es trabajar en comunidad: ella ahora cultiva demás y si tiene excedente de producción lo trae acá.

--¿Qué casos acompañan de este modo?

--Los más desgarradores. Ahora te lo digo así pero cada reunión de mesa chica es horas de estar llorando. Porque hay que hacer las cosas con mucha responsabilidad y a conciencia: hay que acompañar durante tantos meses hasta que esa persona tenga su propia producción. Armar esto fue muy difícil pero muy placentero porque estamos transmitiendo cómo hacer salud comunitaria. La vida en comunidad no tiene los problemas que nos trajo el individualismo.

--Nosotras nos vimos hace dos años: hablamos de Mamá Cultiva, pero ahora trascendió completamente la pequeña comunidad que quería saber cómo cultivar, ese paso enorme se dio en muy poco tiempo.

--Nosotras estábamos pidiendo políticas públicas para regular el cannabis y lo que veíamos acá adentro es que lo privado también es político, y a partir de ahí empezamos a hablar del cuidado como un tema político, un tema que nosotras tenemos que tomarlo y politizarlo, cuestionarlo. Es lo que hacemos acá todos los días. Y ahí es donde empezamos a convocar a otras organizaciones, algunas que trabajan temas de cuidados. Carlos Tomada presentó un proyecto para la ciudad de Buenos Aires muy hermoso, es leerlo y ser feliz porque él involucra a todos los actores, subdivido en niñez, discapacidades y adultos mayores. Todos necesitamos y necesitaremos cuidados, y que esos cuidados no caigan en las mujeres, sobre todo en aquellas que no tienen los recursos económicos para encargarle esos cuidados a otras personas. Y mete también a las empresas, a los sindicatos, al Estado… Entonces fuimos a hablar con su asesora para que nos cuente un poco de ese armado. El proyecto se presentó y no se debatió pero si hay un distrito que puede arrancar con esto es CABA. También hablamos con las asesoras de Gabriela Cerruti, lanzamos la campaña en noviembre, y tenemos que pensar cómo salimos de esa lógica patriarcal que manda que el rol de la mujer es sagrado y es adentro de la casa. Es politizar el ámbito privado. Es difícil porque nos dicen esto “a mi mamá le gustaba cuidarme”, y es cierto, pero también es cierto que a todas nos gustaría elegir, y que cuidar no implique renunciar a otros derechos. Cuando no hay deseo de cuidado no es pleno, y es donde salta que lo privado es político. Va a ser difícil pero no imposible, porque todos y todas en algún momento tendremos que ser cuidados.

--Y además porque lo que se entendía como familia está siendo modificado…

--Exacto. Y eso implica dejar de pensar en tener una pareja para que te cuide cuando seas grande. Porque es lo más triste del mundo estar en pareja porque pensás que en algún momento te va a tener que cuidar y también hijos. Tengamos hijos para que sean felices y libres. A mí me duele en el alma pensar en que mi hija tiene la responsabilidad del cuidado sobre mi hijo, que ella teniendo 5 años ya hubiera sentido sobre los hombros el peso de cuidar a su hermano. Es injusto, no se merecía esa niñez y yo voy a luchar para que no tenga que ser ella con toda la capacidad que tiene, quien tenga que delegar o aplazar sus sueños en función de cuidar al hermano. Y por supuesto que lo ama, eso no está en discusión. No es justo que demos por hecho que alguien va a renunciar a su vida en función de otra persona. La socialización tiene que ver con entender que hay gente que se siente realizada cuidando y tiene que hacerlo y otras no. El que es cuidado no se merece que lo trates mal, hay que empezar a pensar en el cuidado en términos de humanización de la sociedad. Y pensar en cuidados también nos hace cuidarnos.

--¿Y todo esto cómo se transmite?

--Es muy difícil explicar el derecho al ocio. Vivimos en una sociedad tan conservadora y tan individualista que es un desafío enorme, porque cuidarnos es un acto revolucionario en este contexto. Desear cuidar es una revolución. Tener la libertad de elección de qué tratamiento quiero hacer, de cómo me quiero cuidar, ese es el quid de la cuestión: el deseo de cuidar.

--Una de las cosas en debate es si los lazos no biológicos generan responsabilidad de cuidado. ¿Qué pensás?

--Que va a pasar. Yo veo que las chicas jóvenes ya prefieren mil veces vivir juntas antes de tener una pareja. Y es revolucionario porque va en contra de toda la lógica capitalista. Si viviéramos juntas todas las Mamá Cultiva no tendríamos que ir a la verdulería de todo lo que cultivamos. Ya soltemos este modelo que es tan estresante, que hay que cumplir todo el tiempo, y cuando te liberás de ese mandato, bueno… los varones están incómodos por fin. Pero es necesario que estén incómodos. 

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