En "Las diez puertas", Elvio Gandolfo regresa con todo al cuento breve

Una variedad notable de géneros y temas recorre la obra multifacética de Elvio E. Gandolfo. Ahora, en Las diez puertas, que acaba de publicar Blatt & Rios, el cuento breve es la forma privilegiada, pero como entrada múltiple a una variedad gozosa de lecturas, sentimientos y juegos mentales e imaginativos. 

No es descabellado decir que la de Elvio Gandolfo es una de las obras más sólidas de la literatura latinoamericana. Aunque la idea de solidez plantea una contradicción, porque Gandolfo ha sabido surfear todo tipo de género y de formatos, que se resisten a cualquier dureza o categorización. Maestro del cuento corto, divulgador de la novela policial y de otros tantos géneros literario como bandera estética, Gandolfo no ha dejado forma literaria sin tocar: desde la novela de ciencia ficción y el ensayo periodístico, hasta el cuento corto, la nouvelle y la columna de opinión.

Durante los últimos años, su carácter de solidez se ha vuelto aún más líquido, siempre al borde de lo híbrido y del escape. Sus nuevos libros se apoyan deliberadamente sobre un estilo ganado a fuerza de peleas y batallas internas. Un ejemplo de este viraje está en su notable novela Mi mundo privado (Tusquets). Allí el narrador construye su relato con el choque de elementos heterogéneos – un documental sobre mantarrayas y un plan de acción sobre una novela que de tan perfecta nunca se logra escribir – para lograr aquella máxima de su viejo amigo Mario Levrero: cualquier cosa que se ponga entre una portada y una contratapa adquiere el valor aurático de un libro.

Pero en el caso de su nuevo libro, lo que hay adentro del libro no es cualquier cosa. Las Diez Puertas (editado nuevamente por Blatt& Ríos, después de su novela Los Lugares) es en cierto modo un regreso al “viejo Gandolfo” de cuentos como “Vivir en la Salina” o la notable novela corta de “La reina de las nieves”, agrupados en un ladrillo de libro a cargo de la editorial cordobesa Caballo de Troya. A diferencia de sus viejos relatos, urbanos y desconcertantes, siempre lúdicos y formalmente conclusivos, estos cuentos están atravesados por preocupaciones que se presuponen actuales, como el paso del tiempo, la decadencia del cuerpo y la vejez. Una de las cosas que más llama la atención de este nuevo libro es justamente la capacidad que tiene Gandolfo de darle una nueva vuelta de tuerca al relato corto. Con más de cinco décadas de actividad, ha escapado al cómodo lugar del pedagogo literario, apegado a recursos propios y remañidos, para pregonar por una escritura totalmente libre y sin tapujos.

Aunque una lección parece destilarse de sus cuentos: la lectura como combustión necesaria para la escritura. Gandolfo, uno de nuestros grandes lectores rioplatenses, ha afinado su estilo hasta convertirlo en un batidora de influencias, desde J. G. Ballard hasta Hebe Uhart, pasando por James Sallis, Bruno Schultz y Silvina Ocampo, en una lista que se asume como inagotable. Gandolfo pertenece a esa extraña casta de lectores felices (casta que parece extinción debido a la fetichización de la figura del escritor), capaz de transfigurar su experiencia como lector en un estilo personalísimo, liviano y directo, preciso en las acciones y al mismo tiempo desbordante en imágenes. Y lo logra sin que las influencias de sus lecturas se lo coman en vida, todo lo contrario.

Al ser tan notoria la experiencia de la lectura (cuyo resultado, nunca está de más volver a señalarlo, es la escritura), y las obsesiones que vienen con los años, muchos de sus cuentos parecen esquirlas de un gran acontecimiento ocurrido a destiempo y fuera de lugar. El espacio de estos cuentos opera como el sedimento onírico de una pérdida: cómo narrar con restos, con obsesiones latentes, con materiales que parecen vencidos. Así, una guerra nuclear asola a Uruguay mientras una médica intenta resucitar a su padre muerto. En una Argentina post-industrial (o post-lo-que-sea, deberíamos decir) un adolescente surfer espera con desgano la llegada de olas en un río Paraná atomizado. Restos de parejas, una felación extendida a lo largo de décadas como un modo de entenderse con otro, la recurrencia y la insistencia en un amor que no se da, o la melancólica carta (en un tono “fontanarrosesco”) a una madre de noventa años, son los materiales que encuentra Gandolfo para escribir, no con la obsesión neurótica de llegar a un final sorpresivo o cerradito, ni tampoco con la consciencia plena y canchera de ocultar un objeto en función de narrar a cuenta gotas con seducción histérica.

Los temas de Las Diez Puertas vuelven a resonar cada vez que se termina la lectura de un cuento para pasar vorazmente al siguiente. El paso del tiempo y la vejez reaparecen, una y otra vez; como si la máquina literaria buscara renovarse con la experiencia de una vida. Pero, como todo humorista (que en el fondo no deja de ser un humanista) Gandolfo lo hace exento de nostalgia para dar paso a su extraño humor. Una forma arquetípica de su narrativa que no descansa en la carcajada corrosiva, en el pastiche o en el chiste bobo. Al paso del tiempo cuya consecuencia inefable no es otra que la muerte, Gandolfo la encara no con un sentimiento atávico sino con una ruleta rusa de recursos emocionales en donde se respira el humor entre líneas, a veces con un atisbo de ironía, otras con un dejo amargo. En “Querida Mamá” su cierre es una emotiva puñalada certera (un homenaje que parece cerrar el cuento con el que homenajea a su padre en Filial). El personaje de Aline (personaje recurrernte en los cuentos) encara el misterio del Universo armada de con objetos new agers.

“Mi vida, como la de todos, es infinita” dice el narrador del cuento “Mirándola Dormir”. En esa sentencia se esconde la trampa feliz de la narrativa de Gandolfo. En esa idea de que algo acabado y cerrado, una línea vital que tiene un principio y un fin, como lo es una vida, pueda albergar, en su núcleo, la certeza de lo infinito. Una certeza que no es un misterio, sino una forma que arrastramos y no deja de aunarnos a todos. Porque más allá de la solidez de la obra Gandolfo, la sensación que queda al terminar su lectura es la de permanencia y de espera porque la clave de Las Diez Puertas está en su tono: un estilo que hoy podríamos llamar sin dudas “gandolfiano”, como una contraseña mafiosa que los lectores de Ley muchas veces se suelen transferir unos a otros mientras se pasan las llaves de puertas secretas que conducen a mundos familiarmente conocidos.   

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