New York Mundo Animal, una oda a la libertad

En busca de la libertad anhelada

En la obra de Gilda Bona que estrena este domingo, la actriz Yanina Gruden interpreta a una intuitiva y arrojada joven con hondas ansias de autonomía, determinada a encontrarse y ser fiel a sí misma. Aunque implique desarraigo. Aunque ponga en jaque ciertos vínculos. Aunque la travesía la deposite tras el volante de un taxi en Nueva York.
Imagen: Lucía Morón


“Hay materiales que cuesta que salgan a la superficie, mientras otros simplemente están esperando que les abras la puerta. En este caso, salió a borbotones”, ofrece Gilda Bona, dramaturga y directora de New York Mundo Animal, que estrena este domingo en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636, su nueva sede). En este prometedor unipersonal, de lo más auspicioso de la cartelera porteña, Yanina Gruden -actriz de infrecuente ductilidad, capaz de tocar virtuosamente muchas cuerdas interpretativas- es “la muchacha”: personaje que, siguiendo un genuino deseo de libertad, vuela lejos, a New York, donde la sofocarán otras jaulas, deberá traspasar otras rejas… El origen de esta obra puede rastrearse en 2018, en el ciclo La valija que más pesa del Sportivo Teatral, del que participaron autores como Susana Torres Molina, Susana Gutiérrez Posse, Adriana Tursi, Lucía Laragione, Víctor Winer. El eje rector era la migración, la maleta, el viaje, y Bona presentó entonces un monólogo breve donde una joven decide irse de la casa de sus padres y está dispuesta a todo con tal de dar cauce a su deseo. En New York Mundo Animal, esa escena oficia de prólogo para lo que vendrá: la muchacha en una estación de servicio en Jackson Heights, Queens; allí la espera el taxi que conduce 6 días a la semana, 12 horas diarias…

“En la primera parte de la pieza, mi personaje enfrenta a su familia: se quiere ir de su casa con un hombre 15 años más grande”, describe Yanina Gruden: “Y si bien hay algo de encantamiento, lo que la impulsa no es el amor: es una búsqueda de libertad desesperada. No solo se trata de romper con los padres sino de quebrar con este mundo tan desigual en el que vivimos. Ella le rehúye francamente al lugar de sumisión y nunca se pone en una posición de víctima. Para mí es una heroína que sale a dar pelea, que busca y se busca. Tiene un animal encerrado en el pecho y la imperiosa necesidad de hacerlo salir, a pesar de los obstáculos que se le presentan, que siempre son mayores para las mujeres, más aún siendo jóvenes, más todavía siendo taxistas. En ese sentido, diría que es una obra existencialista; esa motivación -ser libre- es universal, común a todos los seres humanos. Lo lindo de la obra es que, más allá de dar certezas, plantea preguntas. A partir de la relación con su madre, con su padre, con su hermana, con la comida, con el taxi, con el hecho de vivir en un mundillo de hombres…”. En sintonía, señala Bona que si algo tiene “la muchacha” es que es sumamente sincera y cuestiona -a veces de manera cruda, sin atender a lo presuntamente correcto- sus vínculos, a sí misma, lo que siente: “Podés verle el coraje, la duda terrible, el estancamiento, la absoluta certeza, las debilidades en las que cae, los atajos que toma para llenar vacíos. Todo está ahí, las miserias y virtudes; creo que eso la vuelve un personaje querible”.

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“Muchas anécdotas que se cuentan, las viví. Es una pieza bastante autobiográfica”, confiesa Gilda Bona, que efectivamente manejó un taxi en New York. Y a comienzos de los 80s, valga el subrayado: época por cierto espinosa para vivir en la Gran Manzana, ciudad al borde de la bancarrota, devastada por la epidemia del crack, con picos históricos de criminalidad… Bona tenía 22 años y poca experiencia al volante: aprendió en el parking lot de un supermercado a bordo de un viejo escarabajo Volkswagen. Y cuando dio el examen para obtener la licencia de taxi driver, fue la única mujer entre una treintena de hombres inmigrantes, de distintas nacionalidades. “La verdad es que manejaba muy bien”, recuerda con una sonrisa; y vuelve sobre el afán zigzagueante, la necesidad de ir surcando las avenidas: “La cosa se complicaba cuando quedaba atrapada en un crosstown, con embotellamientos importantes, ahí tenía que sosegarme”.

Licencia de taxi driver de Gilda Bona

En las calles neoyorkinas, apenas veía a otras dos mujeres taxistas, a las que saludaba cordialmente pero a la distancia. Para amenizar los viajes, sintonizaba su emisora favorita: WBGO Jazz 88.3. En el ínterin, situaciones de lo más variopintas: desde confesiones de anónimos hasta muecas hostiles. A modo de protección, “llevaba un hierro debajo del asiento, por las dudas”. “Yo era una mujer latina conduciendo un taxi, encima parecía una nena… Claro que sufrí discriminación. La mayoría de mis colegas me miraban con desagrado; los pasajeros desconfiaban de mis habilidades al volante. Todos los hombres a mi alrededor -el que entonces era mi marido y nuestros amigos, que me llevaban bastantes años- se dedicaban al cine pero laburaban de taxistas. Y ganaban mucho, mucho más que yo en otros empleos. Entonces, pensé: ¿Por qué yo no?”.

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Parte de ese anecdotario personal devino inspiración a la dramaturga y directora para New York Mundo Animal, que se hace eco “de aquellas personas que no desvían sus propias urgencias, les prestan atención para entenderse mejor a sí mismas”. Creadora de una serie de obras notables con enfoque de género, dicho sea de paso. Entre ellas, 24 horas viraje, pieza que le valió nominaciones a los premios Trinidad Guevara, Florencio Sánchez, ACE y Teatro del Mundo, donde refería al temible universo de la burocracia médica. En El lobisón de Traslasierra, se animaba a un registro poco abordado en la escena local: el terror fantástico, apropiándose de la leyenda criolla sobre el séptimo hijo varón, que aquí atacaba a una periodista viajera que precisamente le está siguiendo la pista.

Yanina Gruden, por su parte, es una actriz con amplitud de recursos que ha sabido enriquecer su oficio sobre la base de formación y referencias. Entre sus roles más destacables: Izumo, una encantadora e inteligente Julieta nipona secuestrada por un Romeo (de movimiento revolucionario peruano Tupac Amaru) en Lima Japón Bonsai; la entrañable señorita de época que se enamora de otra por intercambio epistolar en Quiero decir te amor, ambas piezas de Mariano Tenconi Blanco. Fue además Bertha, pintora en Camaradería, versión de Analía Fedra García de Los Camaradas de Strindberg: una obra de arrolladora vigencia que expone los juegos de poder en el seno de una pareja, la incapacidad de una paridad real en el amor, la condición manipuladora de algunos varones, la autonomía femenina… Y más cerca en la cronología, fue la hija que visita a una madre con días contados y, en el ínterin, cuestiona su propia maternidad en Tu amor será refugio, bajo la dirección de Cristian Drut, que se repone este año.

Yanina Gruden en New York Mundo Animal. Ph Lucía Morón

Ducha en mudar de piel, de honda capacidad para entrar y salir de las emociones, y también con una capacidad irresistible para la comedia, Gruden se estrena ahora en la modalidad del unipersonal como “la muchacha”, protagonista total de New York Mundo Animal. “Otro riesgo, otra aventura”, en palabras de la intérprete, evidentemente encantada con el material. “Es un texto muy rico y muy complejo, muy lleno de vida, que necesita ser habitado: no podés decirlo desde afuera, no podés dejar que se cristalice. Es el mar y hay que nadarlo, ver cómo enfrentás con las olas. Lo cual hace que tenga una poética de actuación muy particular, algo que como intérprete se reagradece. Hay vorágine, acción, muchos apartes; y yo transito todos los niveles, atravieso todos los estados: la ira, la tristeza, la pasión, el goce, la angustia… Es curioso, me siento muy yo cuando la actúo, pero a la vez estoy componiendo muchísimo. No es una actuación naturalista pero sí creo que muy verdadera”.

“En general me gusta investigar, tomar referencias, en especial cuando el material es más ajeno, me queda más lejos”, se apasiona Yanina Gruden. “Pero con esta obra, que siento tan cercana, opté por apropiarme del personaje de otra manera. Sí, claro, vi películas de Martin Scorsese de los 70s y 80s –Taxi Driver, After Hours, El rey de la comedia-, leí La trilogía de Nueva York de Paul Auster, más que nada para iluminar aspectos de una ciudad que paradójicamente no conozco, para verla, recrearla en mi cabeza. Pero después fui componiendo a partir de lo que descubríamos junto a Gilda con el cuerpo, a partir del texto, de las pruebas que íbamos haciendo. La temperatura del personaje la encontré en los primeros ensayos… Si bien el monólogo está inspirado en la historia de Gilda, escrito con mucha imaginación, belleza y eficacia, ya lo siento muy propio. Te diré que entro ¡casi en estado de posesión! (risas). Que esto suceda está buenísimo, gracias al texto y a la dirección de Gilda”.

Domingos 20 hs en el Teatro del Pueblo, Lavalle 3636, CABA. 

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