Los poemas escondidos de Inés Araóz 

El tesoro de la lengua

Se publica la obra reunida de la poeta tucumana Inés Aráoz, premiada en 2019 por la Academia Argentina de Letras y uno de los “secretos” de la literatura argentina.

"En esta misma casa/ Estática/ Que construí con la pasión/ De quien va a montar su primera obra/ El techo de los pobres/ El techo de los ricos/ El de quien al fin agacha la cabeza/ Y entra al mundo", escribe Inés Aráoz en uno de los poemas de Echazón (2008). Desde esa casa en San Miguel de Tucumán, su ciudad natal, Aráoz fue construyendo con la misma pasión un hábitat verbal tan exuberante como elevado. En la Casa-Barco. Obra reunida (el “libro gordo”, como ella lo llama), que publicó la Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán, contiene su obra poética hasta 2016. Escritora secreta, aún poco reconocida en el mundo literario si se tiene en cuenta la magnitud de su obra, Aráoz ha impuesto su nombre, sin proponérselo, a fuerza de talento y perseverancia. Y gracias a las gestiones de escritores y creadores más jóvenes, empieza atrascender fronteras.

En 2018, el escritor y cineasta Fabián Soberón estrenó el documental "Luna en llamas", donde presenta la figura huidiza de Aráoz, que casi no concede entrevistas ni participa de actos literarios. En 2019, la Academia Argentina de Letras premió su libro Al final del muelle (2016), que cierra la obra reunida, junto con otro del chubutense residente en Salta Juan Carlos Moisés, en el rubro poesía del trienio 2016-2018. Así, su nombre se integra a una lista que incluye a Olga Orozco, Amelia Biagioni y Paulina Vinderman, entre otrxs autorxs. Y este año, llegó el turno de la esperada obra reunida: un volumen de más de setecientas páginas, donde conviven poemas, relatos, notas, traducciones, imágenes y “textos intersticiales”, una forma verbal inédita que sugiere que el mejor refugio para la poesía se ubica entre un lugar y otro. Al fin y al cabo, como enuncia un dístico, el poema no es otra cosa que cosa una de “las varas para medir el mundo”.

--¿Cómo surgió el proyecto de reunir tu obra literaria?


-En 2016, si mal no recuerdo, dos jóvenes poetas muy emprendedores que solían llegarse a la Casa-Barco, Sofía de la Vega y Ezequiel Nacusse, me manifestaron su deseo de publicar mi obra completa si contaban con mi aprobación. La idea era respetar al máximo las ediciones originales. Fueron ellos, entusiastas, quienes finalmente se contactaron con la Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán (Edunt) en la persona de Rossana Nofal, su directora. Y la universidad, generosamente, se embarcó en la aventura, con la colaboración de un magnífico equipo y el aporte incansable y permanente de Sofía y Ezequiel que, además, escribieron el prólogo. Naturalmente, la tarea era un poco más complicada de lo imaginado en relación con la composición del material y hubo que hacer algunos cambios menores. Que Edunt haya publicado

En la Casa-Barco

es un orgullo para mí que durante tantos años frecuenté sus ámbitos y recibí de ella nutrientes, fuera en la Facultad de Filosofía y Letras o en su Escuela de Música o en la Escuela de Luthería. Y por último, cómo no agradecer el entrañable epílogo de Osvaldo Aguirre y las ceñidas palabras de Eugenia Straccali. Muchas veces lo he pensado: haga lo que haga, me lo paso encontrando tesoros.


--No recordaba que habías estudiado luthería...

--Fue solo un año, pero hice una guitarra ¡y me saqué un diez! ¡Tanto en el teórico como en el práctico!

--¿Qué es la Casa-Barco?

--Es la casa en donde vivo y que, a propósito para navegar a mis anchas, empecé a construir en el año 1975, mientras aún vivía en la casa de mis padres. Cuando la terminé, en 1978, se la dediqué a Paul Klee, a Bela Bartok y a Henri Michaux. Un mástil portentoso la alumbra en las tormentas, una más que centenaria araucaria alrededor de la cual fue construido el barco. Al principio era más bien una jungla, ahora navega más liviana, pero abundan en ella los pájaros y no ha perdido su dejo selvático. A partir de 1983 nos tocó, a Hugo Foguet y a mí, navegar juntos hasta su último naufragio. “Cuando el barco trepida”, decíamos, “una echazón es necesaria”. No había lugar para las medias tintas ni para las medias frases. Foguet me llevaba veintiún años pero, y sin embargo, cuando él entró en la Casa-Barco, reconoció todas sus partes como si hubieran sido diseñadas para él. Nos encontramos en el centro del poema.

--¿Cuál es tu método de escritura y qué diferencias hay entre los textos narrativos y los poemas?

--Por lo general manuscribo de noche en cuadernos de hojas lisas. Si el texto resiste mi lectura uno o dos meses (cuando era joven el tiempo de maceración era más prolongado), queda asimilado al nuevo libro que se va estampando en la computadora. No puedo hablar de correcciones sino de ajustes en la medida en que una cambia. No busco los textos. Ellos me buscan sin previo aviso, y mis antenas están siempre atentas y dispuestas a sus llamados. Cuando llegan, sí, y en base a una atención rigurosa sobre cada palabra o idea, redondeo el texto que naturalmente encuentra su forma y su ritmo. No me parece que haya diferencias sustantivas entre un texto en verso o uno en prosa. Las hay, en tono, en aquellos textos que llamo “Notas” y quizás en algunas narraciones.

--¿El canon de la poesía argentina es machista? ¿Qué lugar tiene la poesía en el mapa de la literatura argentina?

--No estoy demasiado atenta al tema del canon, salvo en música. Me animaría a decir que no está presente ni en mis lecturas ni en mis predilecciones. Sí creo en la bondad de los procesos, mucho más que en los hechos aislados, y soy muy optimista con los tiempos actuales en tanto avances científicos, tecnológicos y sobre todo en la ampliación de la conciencia. Cuanta más gente escriba, mejor. Escribir es asimismo un modo de conocer, de sumar vida. Toda palabra tiene su rescate. Y es lo que está sucediendo, aunque por ahí alguien diga que no se lee poesía. A lo mejor se compren menos libros de poesía que de narrativa, no lo sé, pero me consta que hay muchísimos jóvenes que se interesan y bregan por la poesía.

--Muchos lectores y escritores no conocen tu obra en Buenos Aires. ¿Es poco federal la difusión de la literatura?

--En relación con lo federal, no puedo dejar de recordar con una sonrisa las palabras de un viejo amigo, hombre de teatro y periodista. Me refiero a Julio Ardiles Gray. Fue él quien me presentó a Daniel Divinsky para la publicación de mi primer libro, La ecuación y la gracia. Me dijo: “Buenos Aires no existe. Lo inventaron los provincianos”. Bella ciudad, Buenos Aires.

--¿Qué novedades encontraste en la poesía de estos últimos años y qué efecto tiene en tu obra la escritura de los otros?

--Son muchos los escritores o artistas, y no siempre poetas, que me han mostrado o generado nuevas sendas. Y en cada ocasión, empiezan por dejarme atónita. Luego me siento tremendamente agradecida y confiada. Me da cierto pudor mencionar nombres porque varios se dan maña para quedar rezagados tras los pliegues de la memoria y no es posible enmendarlo. Pero son muchos los que me sorprenden, los caídos del cielo, tanto hombres como mujeres, viejos y jóvenes, amigos.

--¿Cómo recibiste el premio que te concedió en 2019 la Academia Argentina de Letras?

--El último libro que incluye En la Casa-Barco es Al final del muelle, de 2016. Luego salió Todo estaba diseñado para que el caballo rozase apenas la montaña (Paradiso, 2018), y le siguió Otras lenguas (Palabrara, 2019), con fotografías de Mercedes Roffé y textos míos. Y poco a poco se va conformando Paisaje con figura, que estoy escribiendo ahora. Pero es justamente Al final del muelle el que dio pie al premio de la Academia Argentina de Letras, compartido con Juan Carlos Moisés, por el trienio 2016/2018. Me llenó de alegría por lo inesperado. No dudo, cuando me lo entreguen, que me sentiré condecorada y quedaré muda. Se podría decir, como un trazo festivo, que es mérito de los muchos años vividos. Pero, sin embargo, no he cesado de ser aprendiz. No de la poesía, por cierto, que es una gracia, sino de lo que a ella nos conduce, esto es, de mi propio tiempo que en la atención me asiste para lo conquista de lo real: asumir espiritualmente nuestra mundanidad, aunar lo celeste con lo terrestre. Pequeños aprendizajes que ahondan estos privilegiados tiempos y ensanchan nuestras conciencias. Y en tales menesteres el lenguaje es, a la vez, lenguaje y partitura que todos ejecutamos. Pareciera, en fin, que una cosa sola nos plantea la vida y es aprender a estar vivos.

--¿Qué les dirías a los que quieren empezar a leer y a escribir poesía, a descubrirla?

--Es difícil aconsejar a nadie sobre el hecho de escribir, más allá del aliento. Todos sabemos caminar. En mi caso, es casi un acoso que me plantea la lucha cuerpo a cuerpo con el lenguaje, medio por el cual saldré airosa o no, en base al rigor extremado de la atención. Y en la contienda hay también un otro que desde adentro busca entender, y exige y exige. Sé que la totalidad está en mí y, sin embargo, hasta el momento, la poesía no me ha dejado expresarlo. Antes me había pasado con la danza y más que nada con la música, mi gran amor junto a Hugo Foguet. Tal como se retrae el lenguaje ante el amor. O ante un tesoro. Como te decía, he buscado y encontrado tesoros toda la vida y siempre quedé muda, gozosa y atribulada. Solo el silencio acompaña. A veces pienso en la poesía como la madre que nos da y otras veces nos devuelve nuestra confianza en el mundo; el mundo, como el lenguaje, son nuestros mejores modos de aprendizaje.

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