Bajo las matas en los pajonales, sobre los puentes, los canales, hay cadáveres, afirma la voz ausente con la que el poeta Néstor Perlongher enuncia lo subrepticio de la lógica represiva. Aquello que se sabe pero que no se ve. Aquello que se omite o se justifica. Por eso, quizás, es que la historia y la memoria están en el centro de las preocupaciones de los estudios de historia reciente.

Los lazos simbólicos que unen pasado y presente están unidos por una dinámica propia que es transformadora. Así como el presente le da un sentido al pasado, ese mismo pasado les brinda a los actores un vasto repertorio de recuerdos y experiencias con las que construir su propia memoria histórica. Esas huellas quedan inscriptas en el cuerpo de los actores o de sus familias. Se inscriben en la memoria colectiva de una sociedad, se traducen en el habla o en la escritura; y más temprano que tarde, afloran en el imaginario público con una fuerza incontrolable que el trabajo de la historia reciente debe canalizar.

Una de las máximas referentes en el estudio de historia reciente es Marina Franco, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Université Paris 7 Denis Diderot. En la actualidad, dirige la Maestría en Historia del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), dependiente de la Universidad Nacional de San Martín. Entre sus últimos libros se destacan “Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y ‘subversión’, 1973-1976” y “El final del silencio. Dictadura, sociedad y derechos humanos en la transición (Argentina 1979-1983)”. El Suplemento Universidad habló con ella para conocer los detalles de la apertura democrática; poner en tensión ideas instaladas sobre el último periodo represivo de la dictadura e indagar sobre el estado actual de los estudios sobre historia reciente.

- ¿Es pertinente hablar de dictadura cívico militar en el campo de las ciencias sociales?

- El mundo de los derechos humanos ha abrazado la categoría de dictadura cívico militar, que es una categoría que emana de la lucha política. Esta categoría se termina de instalar en el 2008 con el conflicto entre el Gobierno nacional, Clarín y el campo. En esa coyuntura reactivar la idea de la presencia cívica o civil en la dictadura permitía desde el pasado inculpar a los actores del presente. A partir de ese momento la categoría se instala.

Este es un buen ejemplo para mostrar la tensión entre investigación y rigurosidad académica. Yo no estoy de acuerdo con esa categoría. No porque crea que en la última dictadura no hubo participación civil: los civiles fueron estructurales a la dictadura como lo fueron en cualquier dictadura en Argentina. Lo fueron en los términos económicos, lo fueron en los consensos de construcción de sus bases de poder, etcétera. Ahora bien, la categoría no me cierra porque creo que, a pesar de toda esa presencia civil, la dictadura fue básicamente militar en la manera en la que fue conducido y detentado el poder y, al mismo tiempo, en uno de sus rasgos fundamentales que es la represión. La represión fue estructuralmente militar. Sumado a eso, el curso del proceso histórico estuvo dirigido y estructurado por las alternativas del poder militar, de las juntas militares y no de los civiles en el poder. Si uno compara con otras dictaduras en Argentina, todas son civiles y militares; sin embargo, de todas las dictaduras la más militar fue la de 1976. Cuando uno usa una categoría tiene que encontrar el dato fundamental de ese fenómeno para definirlo, el dato fundamental en este caso es que es militar.

- ¿El gobierno de Cambiemos impulsó otra agenda de memoria o simplemente le quitó visibilidad a los reclamos histórico de los organismos?

- Cambiemos es muchas cosas; está compuesto por una multiplicidad de sectores distintos. Si uno piensa en el corazón de lo que es Cambiemos, en el sentido de una derecha moderna, básicamente el tema de los derechos humanos no les interesa y no estaba en la agenda. También es cierto que, como coalición de intereses diversos, intentaron en algún momento retroceder en materia derechos humanos, pero no tuvieron apoyo. Me parece que es ahí donde decidieron congelar cualquier agenda de revisión. El 2x1 es el caso icónico. Hay otro caso interesante: al día siguiente de que Cambiemos ganara las elecciones, La Nación saca un editorial diciendo que había que frenar los juicios de lesa humanidad y sale (Mauricio) Macri mismo a decir que las causas no se iban a frenar. Esto muestra el tironeo interno de Cambiemos, donde los intereses son dispares.

Ahora bien, la otra gran discusión es derechos humanos en relación con el presente. Ahí sí Cambiemos tuvo una agenda clarísima en el sentido de privilegiar las políticas de seguridad, privilegiar el empoderamiento de las fuerzas de seguridad y de las Fuerzas Armadas. Tuvo toda una política de seguridad que no es una política de derechos humanos. Como historiadora del presente me preocupa más esto último que su política con el pasado.

- ¿Cómo una sociedad construye su relación con la violencia extrema del Estado?

- Esa relación es algo muy complejo que está en el centro de mis investigaciones. A mí no me interpela tanto cómo el Estado reprime, ejerce violencia sobre la sociedad, sino cómo la sociedad acompaña, genera y procesa eso. Pensemos por ejemplo el caso Santiago Maldonado. ¿Por qué la sociedad reacciona ante el caso? Porque tiene una inscripción histórica de cuarenta años de luchas por los derechos humanos. Todas esas preguntas que tienen que ver con las maneras en las que la sociedad se relaciona con el Estado y con la violencia ejercida por el Estado son centrales.

Durante mucho tiempo trabajé sobre la represión en dictadura, antes de la dictadura y después; en décadas previas a la dictadura, como pueden ser las décadas del cincuenta o de los sesenta. Lo que vi a lo largo de esas décadas es un proceso marcadamente creciente de persecución de un enemigo interno asociado al peronismo, al comunismo, a la izquierda, al marxismo… el subversivo, para decirlo globalmente. Lo que se nota muy claramente en los setenta, antes de 1976, es que la idea de que haya un enemigo interno de tipo subversivo está muy instalada socialmente y que además eso se utiliza para perseguir a quien sea. Es un elemento de persecución, de censura y de autoritarismo interno. Incluso, instalado dentro de la sociedad, más allá de los agentes del Estado.

- ¿Cuándo comenzó a ser dominante en el discurso público los derechos humanos y el reclamo por los desaparecidos?

- La agenda del momento, durante la transición democrática, no estaba centrada en la represión o en su denuncia, estaba centrada en otras cuestiones como asegurar la transición y la salida de los militares del poder, asegurar un proceso de democratización, resolver la crisis económica... En ese contexto la cuestión de la represión emerge, por un lado, empujada por los organismos de derechos humanos; por otro lado, por la dimensión de la denuncia internacional que presiona a la dictadura. Eso irrumpe como una manera de presionar al gobierno militar con otro factor de debilidad, es decir, no solo fracasaron políticamente, económicamente sino que además hay un montón de desaparecidos que no están diciendo dónde están.

La represión es utilizada por los actores del poder como un elemento para debilitar a la cúpula militar. Lo hacen los partidos políticos, lo hace la prensa, lo hace la Iglesia. Entonces, la represión aparece como parte de una discusión política en la cual la represión stricto sensu no es la preocupación sino parte de un abanico de preocupaciones tendientes a que el poder militar termine. La represión emerge cuando la dictadura se está cayendo y por eso mismo se visibiliza más fuertemente después de la Guerra de Malvinas, que es el acto final del derrumbe del poder militar.

Cuando todo el régimen militar ya es debacle, la denuncia de la represión encuentra eco porque la sociedad está dispuesta a escuchar que la dictadura había fracasado. Eso permite amplificar una denuncia que los organismos de derechos humanos impulsaron desde, por lo menos, el año 1977. Los partidos políticos empiezan a escuchar estos temas porque rápidamente se dan cuenta de que son los temas que van a heredar en democracia.

- ¿Se resquebrajó el consenso "antisubversivo" o se reformuló en otra clave?

- Ese consenso "antisubversivo" se va a ir resquebrajando lentamente con el tiempo y es el resultado de muchas décadas de políticas públicas y movilizaciones sociales que no implican que haya desaparecido del todo. Alguna transformación social se produjo en términos globales. Aquellos que todavía piensan en los términos represivos de los setenta, tienen reducido su espacio de intervención pública, mientras que hay una aceptación social de los discursos pro democracia y derechos humanos en el espacio público.

Eso no significa que no haya otros discursos que podrían conectar con aquellos alegatos antisubversivos de los setenta. El caso más claro es el de Santiago Maldonado. La manera en la que se construyó al pueblo mapuche como parte de ese enemigo interno muestra que existen mecanismos de construcción de enemigos internos que recurren al mismo reservorio ideológico del imaginario de las derechas. La construcción de figuras que amenazan al orden interno está siempre presente y puede ser reactivada con cierta facilidad.

Lo que aún queda activo es el potencial para construir amenazas, porque es el que permite al Estado actuar sobre ese al que se considera una amenaza. Por eso las políticas de seguridad de Cambiemos me parecían tan preocupantes.

- ¿Por qué en Argentina se investigaron estos casos a diferencia de lo ocurrido en la región?

- Un elemento fundamental es que en Argentina hubo políticas de Estado para revertir el legado dictatorial. Mientras que en Chile, Brasil o Uruguay la salida de la dictadura se da de una manera negociada, lo cual implica que las nuevas democracias tuvieron que aceptar ciertas formas de impunidad y amnistía; con diversas fórmulas dependiendo el caso, en Argentina la salida se da por una vía no negociada que es la asunción de (Raúl) Alfonsín, la investigación y el juicio. Eso fue posible por el coraje de Alfonsín para llevarlo adelante, pero fundamentalmente por otro elemento que es anterior y es que los militares en Argentina se derrumban y fracasan estrepitosamente. En Argentina la democracia no fue el resultado de la lucha social, la democracia fue el resultado del derrumbe de la dictadura y del desastre económico, político y represivo.

En definitiva, ese derrumbe le permite a los partidos políticos llegar con menos necesidad de negociar una salida con impunidad. Eso nos separa de los países vecinos de la región.

- ¿Cómo se hace para congeniar participación pública e investigación académica?

- Es una de las cosas que más me desvela y que más discuto en clase con mis estudiantes. En particular en el campo de la historia reciente, en el campo de los derechos humanos y en las discusiones sobre el terrorismo de Estado, esa tensión está todo el tiempo a la orden del día. Yo creo que se congenian manteniendo, ante todo, una postura crítica. Que participe de las causas ciudadanas por los derechos humanos no significa que todo me parezca aceptable de la misma manera o que tenga ciertos compromisos políticos-ideológicos para pensar ciertas cosas.

- ¿Cómo puede contribuir la producción académica al debate público?

- El IDAES es una institución que tiene una muy saludable obsesión por participar del debate público. En este sentido, quienes integramos el área de Historia, por diversas razones, hemos participado en tomas de posición pública. En mi caso concreto, como investigadora de historia reciente, no puedo pensar mi tarea profesional por afuera de sus relaciones con nuestro presente cotidiano.

 

Una no puede entender las movilizaciones que concitó el 2x1 en 2017, o la reacción que suscitó la muerte de Santiago Maldonado si no tiene un conocimiento fino y profundo de la historia que precede a ese fermento social que explica la explosión en las calles de amplias movilizaciones en ambos casos. La toma de la palabra en el espacio público y la investigación están permanentemente alimentándose