La peste literaria, el abuso ambiental y la venganza de la naturaleza

Ya se sabe que la literatura --lo busque o no– es anticipatoria. Y a propósito del asedio viral que vive hoy la humanidad, ahí está la novela "La Peste", publicada en 1947, en la que Albert Camus prefiguró los estragos que produce un virus misterioso que se desploma -–no hay mejor verbo–- sobre una ciudad, un país, en cierto modo una civilización.

Setenta años después, y salvo maravillas tecnológicas que vinieron para quedarse y cambiar usos y costumbres, lo que sucede hoy en el mundo no es muy diferente de lo que esa novela narra. Camus describe así a Orán, la ciudad de Argelia donde la peste se inicia en un caluroso Abril: "Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan principalmente ... de hacer negocios. Naturalmente, también les gustan las expansiones simples: las mujeres, el cine y los baños de mar... Reservan los placeres para el sábado después de mediodía y el domingo, procurando los otros días de la semana hacer mucho dinero. Por las tardes... se reúnen a una hora fija en los cafés, se pasean por un determinado bulevar o se asoman al balcón. Los deseos de la gente joven son violentos y breves, mientras que los vicios de los mayores no exceden" de francachelas, banquetes y jugar "fuerte al azar de las cartas".

No son pocos hoy los médicos, virólogos e investigadores de diversas especialidades que coinciden en que el Coronavirus, aparte de daños pulmonares severos y en alto porcentaje causante de muertes, tiene que ver con la sostenida destrucción del ecosistema de este planeta, hoy sobreexigido y abusado. Vocablo este último preciso y contundente, porque define el feroz resultado de la contaminación ambiental, el calentamiento global, la deforestación ya paroxística y la consecuente degradación de las tierras productivas y del agua que beben 8.000 millones de seres humanos inducidos masivamente a un suicidio del que no son conscientes.

Difícil descartar que un sacudón como el que en poco más de un mes ha instalado en el mundo entero esta primera peste del Siglo 21 –el Coronavirus– no es otra cosa que una fenomenal advertencia, imposible de desatender. Y aunque nadie puede seriamente asegurar que es o será la última pandemia, ciertamente ésta es la peste más sonora, la más universal y la más gravitante de por lo menos el último siglo.

En la novela de Camus "los primeros síntomas de la serie de acontecimientos graves (...) parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario, inverosímiles". Pero el devenir de la masiva mortandad de ratas -­–núcleo narrativo de "La Peste"-- hace que en poco tiempo el mal se extienda irrefrenablemente: "En los días que siguieron, la situación se agravó. El número de roedores recogidos iba creciendo y la recolección era cada mañana más abundante. Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos". Y sigue Camus: "Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad, tan tranquila hasta entonces, y conmocionada en pocos días como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse".

En la literatura como en la vida real, el contagio a los humanos y la veloz alarma mundial sencillamente vetan la indiferencia de cualquier nación o gobierno. "Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico.", escribía Camus hace siete décadas. Y así lo vivimos aquí y ahora, en la Argentina de estos días en que la amenaza nos tiene en serena y cauta vigilia, y "atentos y vigilantes" como mandaba Juan Domingo Perón, gracias a las primeras y acertadas medidas del Presidente Fernández, quien, recuperando la mejor capacidad de acción social del peronismo rinde hoy diario homenaje al enorme Ministro de Salud que fue Ramón Carrillo. Cuando en el mundo entero la política y la economía empiezan a hacer agua por todos los costados y en todas las capitales, y la paranoia avanza lenta pero maciza, en la Argentina estamos cuarentenados y mostrando una disciplina colectiva que no por ser hija del miedo deja de ser asombrosa. Y es paradoja para anotar en nuestro haber, porque el desorden, el individualismo y la indolencia que caracterizan a este pueblo que amamos y padecemos, hoy frente al coronavirus parece mostrar rasgos inhabituales, inesperados. Enhorabuena. Y es que acaso estamos asistiendo a una de las últimas advertencias de la naturaleza y aquí tenemos muchas buenas razones para atenderlas. Especialmente porque nuestro extenso territorio está mostrando su hartazgo ante el pésimo, suicida comportamiento no de toda la humanidad (descartar esa estúpida generalización es imperativo de esta hora), sino concretamente los poderes económicos que someten, condicionan y abusan a todos y todas quienes habitamos el planeta. O sea, es la economía. Más que nunca es la causa irresponsable de esta peste contemporánea que, hoy en día, nadie está en condiciones de pronosticar cuándo y cómo acabará. La ONU misma está en una crisis bestial, como lo prueba su parálisis actual, prima hermana de la incapacidad de todos sus organismos para frenar el abuso ambiental y reordenar el cuidado de bosques, ríos, lagos, montañas, subsuelos, mares y polos. Lo que obliga a deducir -–aunque sea provisoriamente–- que el desenlace de esta crisis global es -–debe ser–- la más importante expectativa de todos los pueblos del mundo. Y acaso, o seguro, mucho más gravitante que el pago de la deuda, que en el caso argentino es cada día más evidente que no se podrá y acaso no se deberá pagar. 

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