Las batallas que no habíamos perdido 

Imagen: Andres Macera

Vengo de una generación signada por décadas de aparentes o reales derrotas más o menos cercanas.

Donde parecía que había certezas inmutables y definitivas. Victoriosas.

Donde la palabra utopía se había convertido en el desprecio de las palabras dominantes.

Donde los “triunfadores” declararon el fin de las ideologías y de la historia y nos clausuraron (o pretendieron) el debate y el destino.

Donde el Estado (y de bienestar) se había transformado en el Mal innecesario vencido por el impiadoso culto mercantil.

Donde el discurso de la competitividad implacable y la flexibilización se volvió virtuoso, a pesar de la impúdica exclusión y disgregación social.

Donde inculcaron que la salud y la educación pública, como cualquier mercancía, era transable y un gasto, que merecía el filoso recorte de los gurúes y burócratas.

Donde la antipolítica y el qualunquismo fueron glorificados por los adalides de la “nueva política”, que de nueva, vimos, no tenía nada. Y de políticas, tampoco.

Y de pronto, frente a la crisis global, cuando el mundo se paraliza, el sistema cruje y se teme por la llegada de una peste invisible y mortal... los “ganadores” se quedaron

sin libreto,

sin recetas,

sin discursos,

sin lenguaje,

sin política.

Es más, se quedaron sin repertorio y apelan al nuestro, al aparente “derrotado”.

Bienvenidos!!!

Invocan la palabra solidaridad… !!!… Apostrofada y excluida del léxico triunfalista.

Piden privilegiar lo colectivo sobre lo individual.

Recurren a la fraternidad para vencer el egoísmo.

Valorizan esa ajena (para ellos) y comunitaria palabra que es el “nosotros” por sobre el excluyente e individualista “yo”.

Postulan “lo social” y “lo público” para combatir la peste: advierten que la salud debe ser integral, no para pocos, ante un virus “democrático” que ataca a todos por igual.

Reclaman al “demoníaco” Estado, no para privatizarlo, sino para que actúe, intervenga, y demandan por fondos que siempre negaron.

Descubren y aplauden el valor del desinterés y la solidaridad de mucha gente, del semejante, del que no tiene un “precio”...

Sigo en casa. Cuidando y cuidándome.

En medio de un panorama sombrío, sonrío.

Quizá no había “ganadores” (o eran de cartón) y las viejas utopías y las grandes batallas e ideas, no se habían perdido.

Estaban allí, tozudamente y ahora las ofrecemos: nuestro repertorio, el lenguaje y las políticas públicas. Parecen que eran las mejores para estos tiempos. Las que salvaran a muchos de la peste.

Y de otras calamidades.

 

Pero esa es una discusión para otro momento.

Doctor en Derecho. Docente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR)

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ