Hace largos meses, cuando en la agenda mundial se agregaba el cambio climático y la inminente megaextinción de especies, el filósofo italiano Franco Berardi dijo una frase que la pandemia trae, como una botella que rueda en la arena saliendo del mar. Dijo: “El capitalismo ha muerto, pero estamos viviendo adentro de su cadáver”.

Los lectores de las épocas que les tocan suelen tener esos aciertos que de tan afilados permanecen de base para otras generaciones, porque captan no una característica, sino una dinámica. Como Jauretche y tantos otros. No ven la foto en una revista: miran el movimiento de la vida y las emociones que la envuelven. Y cada vez hacen más falta esas linternas, porque lo que ha pasado con la información es un apagón, y hemos vuelto a una caverna. El mundo ya era difícil de comprender cuando sobrevino este desastre cuyo origen sigue en estudio. Aumentaron las fuentes que abren la posibilidad de que finalmente no haya sigo el murciélago, sino que se haya originado más al sur, en zonas de agricultura industrial intensificada.

Se habla de fandemia: es la información que hace del mundo una caverna, porque circulan noticias falsas en todos los niveles y como todo es posible ahora, son todavía más poderosas las noticias falsas. Informativamente, vivimos hace muchas décadas en cuarentena. Tenemos que cuidarnos de los otros, de nosotros mismos y de lo que escuchamos. El otro día circuló un afiche cuyo texto no sé de quién es pero aplica: “No creas todo lo que piensas”. Hubo cacerolas también en España, y circuló ese video en el que un pibe con una remera cristinista daba un discurso impecable desde su balcón. Esa gente caceroleaba en España porque el gobierno, tarde, ha tomado medidas que hace entrar a España en el modo racional y recomendado por la comunidad científica frente a la pandemia. Pero además se habían tomado medidas económicas de salvataje, esta vez no de los bancos, como en 2009, sino de los inquilinos y de los trabajadores en cuarentena. Y protestaba, esa gente, porque es franquista o del PP, que destruyó el aparato sanitario español. Y protestaba en medio de los muertos, que incluso son los apolíticos. Bajeza, decía el pibe. Baja ralea, decía. Vergüenza de no poder inteligir que no es momento para hacer las cuentas del almacén, en pleno terremoto.

En Brasil, la Asociación Brasileña de Juristas por la Democracia (ABJD) denunció formalmente a Jair Bolsonaro ante la Corte Penal Internacional, por considerar que sus políticas están poniendo en riesgo la vida de la población brasileña. “Por acción u omisión, Bolsonaro pone la vida de la población en riesgo, perpetra crímenes que exigen la actuación de la Corte Penal Internacional para proteger la vida de miles de personas”, reza un párrafo acusatorio de un presidente que quiere echar a su ministro de Salud porque prefiere fingir que le cree más a su pastor. Los neopentecostales están pidiendo campos de concentración para los infectados.

Y es interesante comenzar a mirar las políticas anticuarentena, que son las que adoptaron los países cuyos mandantes son los mercados y no la política representativa de la totalidad de la población, como crímenes contra la humanidad. Porque lo son. Porque tienen distintos matices y escalas diferentes, pero en cada país en el que se privilegió la economía por sobre la vida de las personas, forman un mapa. Un mapa del mercado apretando para todo lo que está parado vuelva a funcionar, necia, extemporáneamente, porque el mercado no soporta la abstinencia de ganancia extraordinaria, pero hay que darle metadona.

Y ahí están los muertos pudriéndose en las calles de Guayaquil, con un Lenin Moreno cuya primera reacción ante la pandemia fue un recorte a sanidad, y la segunda mandar paramilitares a la frontera con Venezuela. Y está Trump pensando en enterrar los muertos en los parques, y pensando en ataques a otros países. Y Boris Johnson en terapia intensiva, después de haber bufarronado sobre el virus. ¿De qué primer mundo estamos hablando? Si lo que vemos también en el ombligo del poder son bananas.

Todo cambió por mucho tiempo, porque la crisis económica será quizá la peor de todas, peor que la del '30. Hacia qué lado cambie, tendrá que ver con cuántas personas son capaces de comprender su época, que es la que implosionó. Los Estados que estaban tan poco unidos se ven forzados a pelear por respiradores, porque el Estado federal no los compró para una distribución racional. Hasta eso ha quedado en manos del mercado.

Por eso es falso el versus economía o vida. A quién le cabe en la cabeza. Lo único que se debería estar pensando en los sectores que presionan aunque ellos también pueden morir, es cómo hacer para sumarse a la solución de la crisis. Lo contrario es condenar a millones y empieza a tomar forma de crimen masivo. Eso debería ser penado como un crimen contra la humanidad. No cualquier política es una política. Algunas, las que incluyen soluciones finales, son crímenes.