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Hagamos una feminazi
Los ingredientes están al alcance de la imaginación y el pánico moral del represor: un poco de mugre, otro de alegría militante, nada de heterosexualidad, torrente de furia abortista, balde de odio a la Iglesia. Y todos ellos, sí, parecen cabernos a todas.
Imagen: Sebastián Freire

“La agenda feminista no contempla la igualdad de derechos para las mujeres.” Cuando leí la cita de Pat Roberston en un artículo sobre los efectos del 8M en Estados Unidos, deduje que se trataba de una feminista americana, tal vez lesbiana, tal vez joven, que habría que leer cuanto antes. La cita sigue así: “El feminismo es socialista, un movimiento político antifamilia que alienta a las mujeres a dejar a sus maridos, a matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y volverse lesbianas.”

1. Teorías

Robertson condensaba una posición teórica con sentido del humor negro y suena como un eco actualizado de la sentencia ya célebre   “las lesbianas no son mujeres” con la que la feminista Monique Wittig concluía en 1978 su conferencia sobre “La mentalidad heterosexual” ante un auditorio amigable que aun así se quedó seco, mudo, y no pudo aplaudir. ¿Qué significa no ser mujeres? Ser antifamilia, matar a los hijos, dejar a los maridos, salirse de la heterosexualidad. La polémica frase de Wittig no terminaba ahí aunque se haya preferido recortar el slogan. “Las lesbianas no somos mujeres (como no lo es tampoco ninguna mujer que no este? en relación de dependencia personal con un hombre)”.

Creí entender que también Robertson alertaba -sin ahorrarse violencia y expuesta al retaceo de los aplausos- no a los de afuera, sino a las de adentro: chicas, socias, amigas, compañeras, el discurso heterosexual, el modelo del patriarcado es tan universal… Viene interpretando la historia, los sentimientos, reparte roles, vocaciones  y brechas salariales, está naturalizado en los gestos y en las poses, por eso no basta con asumirlo y denunciarlo, solo un terremoto puede moverlo un poco. Las millones de “mujeres” pisando las calles el 8M, el encuentro entre esos cuerpos amigados, organizados, festivos e implacables, parece estar impulsando un temblor. 

Si Wittig denuncia que lesbianas y gays son hablantes indefectiblemente extranjeros en un lenguaje de gramática hétero, esta cita alude a las “mujeres” que marchan hoy -sean cis, trans, lesbianas o no tanto, pobres o en solidaridad, negras, discapacitadas, etcéteras- reunidas por una conciencia inédita de la aberración que representan y en plan de desarticular y articularse.  En la misma cadena de significados, un chica lleva escrito en el pecho: “Si nos organizamos los matamos a todos”. Humor negro, manifiesto, teoría y coraje para expresar lo mismo pero en la piel y con las tetas al aire. ¿Acaso no es matando al patriarcado con su idea de familia, de niñez, de mujer y esposa, de soltera y liberada, que se mueve la tierra? 

2. Prácticas

Cada vez que hay una manifestación de “mujeres” (Ni Una Menos, 8M, final de los Encuentros Nacionales de Mujeres) la pregunta del periodista estrella a la movilera de turno es: “¿Cómo se está desarrollando? ¿Hay disturbios?”. Si el choripán es el indicador de populismo y sus planes sociales mal habidos, las tetas a la vista y la catedral en peligro reciben como todo intento de análisis la exclamación  “Todo bien con la lucha de las chicas pero…   ¡qué necesidad!”. 

Esta vez el texto dejó en segundo plano a las tetas para ser leídas como una amenaza fuera de lugar, prueba suficiente de la abyección, el lesbianismo, la brujería. La foto de esa chica se está usando para ilustrar una etiqueta que con caradurismo sin precedentes pretende corrernos por izquierda: “Feminazi”. ¿Acaso esta paparruchada de palabra no es un grito desesperado por ocupar el espacio de la enorme palabra “feminista” que ya ni asusta ni es negada por las propias interesadas?  Feminazi ya figura en wikipedia y -contengan la risa si pueden- con esta perla en la definición: “promotoras de la vulneración de derechos de los varones”.

3. Identikit

La otra “mujer” que recorrió las crónicas del 8M es la imagen de una alguien tironeada entre varios canas. La arrastran por el piso, le dan la cabeza contra el suelo, va perdiendo edad, silueta, clase. La imagen está cada vez más movida.

¿Qué movilizó a esos policías, horas después de finalizada la marcha y cuando la escena del chico mamarracho con la bandera del Vaticano no había pegado lo suficiente, para ir a buscar sediciosas en los alrededores?  La búsqueda de la famosa feminazi, la respuesta a la pregunta sobre si hubo disturbios. El objeto que manosea la policía es lesbiana, marginal, machona, sucia, chupadora de cerveza, panza llena de pizza, abortadora y encima es trasnochadora. ¡No se fue de la marcha a la casa! Algunas encima tenían un cartel que decía “Bisexuales feministas”, perfecta candidata para la bolsa feminazi, reforzadoras de esa inquietud insoportable que da toda identidad no cerrada.

Varias de las víctimas de esta violencia de Estado, cuentan que les gritaban al tiempo que las detenían a puro maltrato: “Negra, lesbiana, sucia, presa por marchar”. Da la casualidad que -al menos a la vista- fueron mayoría las que no cumplían con todas las categorías que se les imputan. Se sabe que había migrantes entre las víctimas de la razzia y también que el grupo estaba poblado por lo que se diría “chicas bien”: estudiante de artes, diseñadora gráfica, periodista en horario de trabajo, licenciada en gestión cultural, biotecnóloga…   La policía cumple a la fuerza el sueño del crisol y vuelve a todas negras y pobres y tortas y presas. 

Si algo deja en claro este episodio es hasta qué punto el identikit -llámese mentalidad hétero-  nos precede. La categoría “tipa desubicada y asquerosa” se llena con lo que haya. ¿O acaso alguien en su sano juicio entiende que una performance callejera donde una supuesta virgen María aborta y mancha con sangre de utilería una calle tucumana es un aborto legal y gratuito en la calle?

Ocurre que “lo que haya” es justamente lo que despierta solidaridades entre “mujeres” que agitan: Identikit a mano alzada, hecho por otros, señores, nunca más.

4. Advertencia 

Ah…   ¡No busquen a Pat Robertson! Resultó ser un vetusto evangelista televisivo ultraconservador que sigue cacareando en contra de lesbianas, gays, negros y feministas en un canal llamado ABC Family. Un periodista vecino suyo inventó el término Feminazi, ignorando olímpicamente que Hitler ganó las elecciones llevándose puestas a las feministas alemanas. Una hermosa cita la de Pat, que en su boca no es ni teórica ni humorística sino prueba de un lenguaje en disputa. Las palabras se han resignificado a fuerza de lucha. ¿Qué es la mujer? instaba a preguntarnos Monique Wittig en el siglo pasado. Pánico, alarma general.