Ella también
Probablemente Karen Bennett sea la única guitarrista y cantante trans en la escena latina del rock... ¿metalero?, ¿sinfónico? Demasiadas categorías para encasillar a esta artista que reclama lirismo en sus shows. Casada hace más de 20 años, empleada en una ONG internacional, es autora de la banda sonora del documental El puto inolvidable y no ha hecho el cambio de documento de identidad. La enumeración no alcanza para cifrar su biografía. Comprometida y política, autogestiva, independiente, no para de hacerse preguntas y de caminar por los pasillos del género, por fuera de la jaula.
Imagen: Sebastián Freire

“Tengo la guitarra en el auto” advierte Karen Bennett y en quince minutos se arma un show memorable para lxs comensales de la fiesta de fin de año del Suplemento Soy y Las 12 en Casa Brandon. Esa espontaneidad es uno de los virtuosismos más notorios de Karen, sacando de la galera y el corazón un repertorio vital que entrelaza composiciones añejas con covers inesperados, la guitarra hipnótica y un training envidiable como maestra de ceremonia. Maneja el público donde sea, desde un festival a un bar. “Leí que habías compuesto una sinfonía”, comento y responde “Sí, sí. Es algo que tengo compuesto hace mucho tiempo. Después te llevo a eso”.

El viaje comienza en el bar El Viejo Buzón, una de las cinco esquinas “históricas” de la bohemia de Caballito. Me ha citado allí Karen es “de la casa” y mientras la entrevisto saluda cariñosamente a los que entran, salen, limpian mesas o prueban sonido. Hablamos de rock, de cómo puede ser que no conozcamos otra trans en los escenarios de metal. ¿Karen Bennett es la única? Hablamos de generaciones bisagras, momentos bisagras, identidades bisagras. Hablamos de cómo eran antes las cosas, cómo nunca fueron y cómo probablemente seguirán siendo. Lo que se dice “hablar de la vida”; las conclusiones llegarán otro día. Hablamos del video “Just a Gigoló” de David Lee Roth.

Karen: ¡Esa canción! ¡El glam californiano! Yo lo escuchaba por las guitarras y la estética, por supuesto, pero no me gustaba. Fue una mojigata de los yankis, una especie de moda rara que nunca terminé de entender bien qué onda. Tomaron la estética del glam rock de los setenta y lo llevaron a un discurso bastante berreta. Había como una licencia para mariconear pero desde un lugar súper machista y homofóbico. Ves los videoclips y estaban re locas, con sus pelos batidos, pero siempre rodeados de mujeres. Yo era fanática de Kiss desde chiquita. Eran superhéroes. Hacían un rock muy cuadradito pero las guitarras me flashearon. 

¿Acusás influencias?

De alguna manera construí mi estilo guitarrístico en función de eso, no mi composición, que va más por el lado de Spinetta o por mi formación clásica, pero soy aguerrida tocando. Ahora son unos machistas corporativos espantosos. Toda esa gente en los noventa se pasó al grunge con los pelos grasos. Yo salía con las uñas pintadas y me decían “¿Podés cambiar de década, por favor?” y ahí pensé “me parece que soy trans”. 

Melómana, compositora, arregladora, docente, periodista, autogestiva, independiente. Creció en Zona Norte entre discos de jazz sonando en un Winco y discusiones sobre Piazzola en español, inglés y alemán. Padre crooner. Se encandiló con la pirotecnia de Kiss pero también con el rock progresivo de los 70, con Frank Zappa, Supertramp. Se juntaba a escuchar discos con los compañeritos roncarroleros de la escuela de Martínez. Vendió las raquetas de tenis y compró un amplificador. Varias guitarras y botas texanas hasta que llegaron los noventas. Terminó la carrera de “Arreglo, composición y dirección” en el Sindicato Argentino de Músicos (Sadem) y fundó la banda L.U.P.O (Las Utopías Pueden Ocurrir) hasta que en el 2010 comenzó a ir a los ensayos con ropa femenina. 

Karen: Yo era la compositora del 100% del material, tanto en lo musical como en las letras y los arreglos, pero para que se pusieran las pilas y sintieran la banda como suya, registraba los temas a nombre de todos los integrantes. Un bardo. Creo que la transfobia era una excusa del tecladista, que siempre se disputó un poco el liderazgo conmigo. Yo no quise salir más a tocar con estética masculina y él mandó un mensaje de texto diciendo “yo no puedo seguir”. Desapareció. Ahora tiene un taller mecánico.

Pero te hemos visto cantar en fiestas con un público muy joven...

–Es cierto que mi identidad y mi estética ayudan a atraer la atención. Quedan atrapados con la guitarra, con el show. Hay un respeto muy lindo pero no sé si el repertorio las representa. En la fiesta Jolie me dicen “a mis padres les encantaría lo que estás tocando”. Claro, cumplo 50 el año que viene. Si tuviese barbita candado estaría tocando para tipos de 50 años con el pelo largo y la campera de cuero. Ahora la música que más se escucha dentro de la comunidad lgbti sale de una especie de micro gueto artístico que sabe perfectamente qué es lo que hay que decir. 

¿Seguir una agenda?

–Claro. Está todo bien pero siento que están esperando panfletos. Yo milito a favor del aborto, por ejemplo, pero no está presente en mis canciones. Creo que tiene que ver con esta edad. Cuando tenés veinte años querés estar ahí cantando lo que la tribu te exige que cantes. Yo ya me cansé de cantarle al Papa y si lo hiciera me da la sensación de que estoy robando. Ya no tengo esa necesidad de hablar sobre mi ser trans, está a la vista. No me gustan esas cosas estratégicas para nada. Sé que necesitan referentes artísticos para sus cuestiones identitarias pero a mí no me gustan las canciones cantadas en tu cara. La música que hago no tiene un historial gay lésbico.

¿Cómo fue hacer la música para el documental El puto inolvidable de Lucas Santa Ana?

–Fue coguionado junto a Gustavo Pecoraro con el que somos amigas íntimas hace rato. Nunca había compuesto una banda de sonido. Me convocaron y me dieron un crudo de tres horas con entrevistas a toda la gente que estuvo con Jáuregui y quedaron vivas y vivos. Me tiré a la pileta y no había agua. Lo hice en un mes. La música es el eje. Usé un leit motiv de 4 o 5 notas y las orquesté de distintas formas con cuerdas, vientos, baterías, guitarras eléctricas, disco...  Fue muy increíble porque compuse el  80% del material sin imágenes de archivo. Eran relatos. No tenía situaciones visuales que guiaran y en esa época yo no estaba en el activismo, me movía más en el circuito del rock, el Rojas, el Parakultural. Me dijo en un momento “componé la música para una cena” y pensé, ¿qué pongo? ¿Mariachis? Porque era una de las cenas de la CHA que se hacía todos los viernes en la década de los 90 pero, ¿pasaba algo en esa cena? Fue un desafío para nada estresante y la canción de los créditos la grabamos con Susy Shock.

Gran compañera de escenario en los últimos años, Susy, ¿no?

–Algo pasa con nosotras. Algún planeta se alineó o desalineó y cuando tocamos juntas hay una especie de magia porque improvisamos mucho, hay humor, ella trae su bagaje de poesía y esa voz que muta del folclore al blues. Fui integrante estable de su poemario cinco años. Crecimos como artistas pero hay un ciclo para todo. Cuando se terminó la banda L.U.P.O. dije: “soy solista”. 

¿El camino solista te lleva al rock?

–Tengo definido mi rumbo artístico pero los que manejan el género son gente grande, hay que poder leer música, hay transfobia. Trabajé con muchxs artistas. Sasha Sathya es una excelente guitarrista de rock y hemos tocado hasta flamenco juntas aunque ella está tirando más para el lado del rap y reggaetón. Hay muchxs chicxs interesadxs en tocar conmigo porque soy una chica trans y piensan que hago punk rock. Siempre lideré mis bandas de rock y jazzeras, además de trabajar como sesionista, incluso de cantantes que hacían cortinas musicales de telenovelas como Fernando de Madariaga que cantaba “Niña, que tu madre no sepa” o en el disco de Ritmo de la noche. Toqué bastante con Luis Salinas en las Jam Sessions de Oliverio. Me junto a veces con Agustín Insausti de Los Súper Ratones, Peter Pank o acá con el Viejo Buzón con Carlos Javier Pérez, que es un oso con una voz increíble y cantamos canciones de Van Halen y Erasure.

El Viejo Buzón parece un espacio super familiar...

–Totalmente. Eso es muy bueno porque la gente viene a cenar con sus familias, comen su suprema a la suiza y aparezco yo con lentejuelas, tacos enormes. Al principio tenés esa mirada típica hacia las travestis, que piensan que vamos a llegar y armar un escándalo, pero después se arma un ambiente hermoso. 

Improntas personales

Karen: Mi voz no me parece ni masculina ni femenina. Soy yo y si quieren verme como un varón maricón, véanme. Y si quieren verme como una mujer masculina, véanme. No es un problema mío. Me construyo a través de cómo me veo yo y no cómo me ven los demás. Ahora salgo a la calle y escucho los comentarios de siempre. Si pasás adelante de un grupo de varones, sabés que algo te van a decir, onda “falta uno para el partido mañana” y esas burlas imbéciles, pero se las devuelvo con la misma humorada. Siempre digo que no construí una identidad de género sino una autoestima. Me parece bien que se use “identidad de género” para las personas que estén marginadas de los beneficios sociales, chicas que trabajan en el bosque, expulsadas de sus casas, de los hospitales, ahí hay una necesidad de identidad para integrarse a la sociedad. En mi caso, yo vengo de una clase media trabajadora. Lo que hice fue, de a poquito, emancipar las normas y construir una estética. Para mí no existe el género. O sea, existe en el momento en el que la sociedad te lo impone. ¿Qué es ser hombre? ¿Qué es ser mujer? Si lo que nos define es lo que tenemos entre las piernas, ¿por qué hacemos tanto hincapié en vestirnos como hombre o mujer? 

Sí, ¿por qué?

–Porque lo que está en los genitales evidentemente no alcanza, hay que hacer algo más. Ese es el punto que yo desando, no me considero ni una cosa ni la otra. De chiquita hacía cosas de varón con estética femenina. Jugaba al fútbol o a los soldaditos con las uñas pintadas pero nunca jugué con cosas de nena. Hacía todo lo que me gustaba. Me patologicé, por supuesto. En la década del 70 y el 80 obviamente no tenía esta construcción, no sabía lo que me pasaba, la información que tenía era sobre las travas que se morían en la Panamericana.

¿Hacés más hincapié en lo estético que en lo identitario?

–Hasta hace no mucho te diría “identitario” pero a partir de una charla que hicimos con Diego Troterola en Casa Brandon sobre la serie “Transparent” volví a pensar en algo que siempre me incomodó, porque es una palabra que lleva adentro la palabra “idéntico”. Es una palabra que te exige el sistema que tengas. Tenés que ser hombre o mujer. La ley de identidad de género es maravillosa pero tenés que ser hombre o mujer. Imaginate que vayas al registro civil y te preguntan ¿sexo? Y respondés “soy Ser Humano”. No se puede. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Para satisfacer a quién? Y ahí entramos en otro terreno, en el del gobierno sobre los cuerpos. Si caminás en el medio es un tema. Tengo una anécdota. Siempre jugué al fútbol, jugaba en las divisiones infantiles de River. También jugué tenis federada. Dejé de jugar al futbol hace dos años porque me diagnosticaron osteocondritis en las dos rodillas. No es nada grave pero es doloroso. Fui al médico, que fue de los pocos que respetó mi apariencia femenina y me dijo: “siempre les digo a las mujeres con osteocondritis que se bajen de los tacos, si fueras hombre te diría que dejes de jugar al fútbol” y yo le dije “te voy a tener que hacer una interrupción a lo que me estás diciendo porque yo  juego al fútbol y uso tacos”. Se mató de risa y... bueno, esa es la anécdota. 

Estás casada con una mujer cis. ¿Cómo es vivir con esa mirada de los demás que esperan que, una mujer trans tenga que estar sí o sí con un hombre? 

–Me casé por iglesia, de smoking en 1994. Soy el anticristo. Somos visibles. No tenemos ganas de ir caminando por la calle y que nos griten cosas pero nos visibilizamos igual. Es un recorrido muy largo que me ha acompañado en este cambio estético. Hace 22 años era difícil visualizarte como persona trans en la calle, tenía una estética andrógina. Ahora tampoco es fácil. Puede que en la capital sí, pero la provincia es otra cosa y desde lo laboral sigue siendo la misma porquería. Yo porque soy artista y trabajo para una ONG trans internacional, pero si tuviese que trabajar en un banco, por más que hable idiomas como alemán e inglés, que son mi idiomas natales, no podría. 

Y antes de tener un trabajo tan amigable ¿cómo era tu vida laboral?

–Trabajé de varón casi 20 años para British Petroleum como gerente de comercio exterior. Mi recorrido profesional como varón fue una cosa hasta que dejé mi trabajo, me construí social y económicamente fuerte y ahí empecé a visibilizarme las 24 horas como persona. Si bien mi pareja es mujer, yo cojo con seres humanos. Siempre estuve en una especie de pasillo, nunca me metí en ninguna jaula. Mi caso es empírico, yo lo vivo. Cuando caminás por el pasillo no tenés techo ni control remoto. 

No hay manuales de instrucciones para salir de los modelos.

–Cuando desandás el género tenés que reiniciar la computadora porque todo está armado en función de que sos una cosa o la otra. Uso estratégicamente mi DNI, que sigue siendo de varón. Dicen “está loco”, “es un tipo que se viste de mujer”, nunca en femenino porque yo no modulo mi voz, no me pongo tetas, no busco comportarme como una nena, entonces la gente no sabe cómo tratarme. 

¿No te molesta eso?

–Me ponía mal eso hasta que dije “¿por qué me pone tan mal si yo no estoy haciendo el esfuerzo? No hago ese mínimo esfuerzo de elevar mi frecuencia vocal o ponerme relleno. ¿Por qué me molesta que se me trate en masculino? Cuando liberé la parte femenina y la socialicé, me amigué con mi parte masculina también. Vivo en plenitud con el costo que tiene. Vengo acá y me dicen “Karen, querido”. Digo “chicos, mi nombre es femenino” y me hablan en femenino pero después terminan hablándome en masculino. El problema de ser hombre o mujer no es la categoría sino la jerarquía y a mí no me gustan las jerarquías. Elijo lo femenino por una cuestión emotiva, política. Aprendí a fortalecer mi autoestima y digo: ¿qué tiene de malo que me hablen en masculino? Es un problema de la otra persona y es simplemente una asignación. Mi suegra me viene a ver y me sigue diciendo mi nombre de varón porque me conoció así. No me molesta. Aparte, a mi nombre, Ronnie, siempre lo quise volver a meter. En mi Facebook pongo “Karen R.”. No hay ahora un conflicto con mi masculinidad aunque hace un tiempo la tenía. El varón heterosexual sólo trata como mujer a aquella que se la puede coger. El trabajo sobre la identidad es una cuestión de militancia pero en lo personal prefiero trabajar desde otro lado porque sé que el mundo es hostil y me llevo las armas que me tengo que llevar. 

¿Armas?

-Digo: “vos me tratás mal a mí, yo no voy a ir al Inadi, yo pego con los puños y con anillos, así que, ojo”.

Karen Bennett se presenta el jueves 13 de abril a las 22 junto a Carlos Javier Pérez en el Viejo Buzón, Neuquén 1100.

Sebastián Freire