Negras de mierda, presas por marchar
Laura Arnés estuvo entre las ocho detenidas y violentadas por la policía luego de la histórica marcha del 8 de marzo. Esta crónica de lo que pasó en las calles y en las celdas donde estuvieron detenidas una noche entera devela hasta qué punto existe impunidad y complicidad en la violencia contra esta clase de ser humano que a veces suele agruparse en la palabra mujeres.
(Imagen: Sebastián Freire)

La marcha del 8M estaba terminando y nosotras nos sentíamos felices. Habíamos cantado y nos habíamos abrazado. La alegría feminista estaba en el aire, porque nosotrxs -lxs que no contamos para el poder- estábamos, finalmente, organizadxs: y ahora que estamos juntas y ahora que sí nos ven, abajo el patriarcado se va a caer se va a caer, se escuchaba como un eco en las calles. 

La fiesta que no termina en pizza no es fiesta, dijo una de nosotras. Y, entonces, contentas y hambrientas nos sentamos en una pizzería a dos o tres cuadras de la Plaza de Mayo –esa plaza donde se juró la independencia–. Pero la charla y la muzza fueron interrumpidas por un chaparrón. Los mozos empezaron a levantar las mesas, algunas compañeras fueron al baño, otras nos quedamos en la vereda protegiéndonos de la lluvia, disfrutándola. Y fue ahí cuando una chica entró corriendo en la calle Perú, en un espanto. Y atrás, la policía: un malón o una pandilla. Recuerdo sus gritos y sus botas en los adoquines. 

Los uniformes se acercan a nosotras y nos empujan: la orden que suena peligrosa e histérica es despejar (pero nos bloquean). Explicamos, en alerta: salen nuestras amigas del baño y nos retiramos. No entendemos lo que está pasando. Un hombre de civil, ancho, se nos viene encima. A N., la están agarrando, se va a caer. Mi instinto es sujetarla de la mochila, tirar. Pero a la que tiran es a mí, al piso. Me golpeó. Negra de mierda, me grita una policía que transpira por todos sus poros, que odia con los ojos fijos y me retuerce los brazos. Por el rabillo del ojo veo como la agarran a J. entre cuatro, por querer ayudarme. Ella grita. Y sus gritos se suman a los de A. que acaba de salir del baño y también está siendo arrastrada. Negras de mierda, van a ir todas presas por marchar, nos gritan. Se llenan la boca de insultos racistas y sexistas, como si en ese gesto de desprecio no se estuvieran despreciando ellxs mismxs. Nos obligan a ir hasta los camiones a los empujones, dos o tres cuadras que son largas y cortas a la vez. Si no te callás, te rompemos los brazos, insisten, negándome el derecho a saber por qué estoy siendo detenida. No hicimos nada y lo saben, repito. Pero recibieron la orden y actúan: hoy tienen que detener mujeres –bajen masculinos, suban femeninos. Tienen que disciplinarnos. Tienen que dejar a la iglesia y a los medios conservadores –esos que siembran odio- tranquilos. La fiesta, lamentablemente, ya no era nuestra. 

Pasamos la noche en dos comisarías. Dos veces nos requisaron. Esto quiere decir que dos veces nos hicieron sacar la ropa: bájese todo hasta la rodilla, agáchese, levántese la remera, a ver qué tiene ahí, (en las tetas). El cuerpo femenino tiembla, lo invaden miedos ancestrales. Y al médico legista que nos revisa sólo le importa la sangre. Quiero ir al baño pero ni siquiera eso puedo hacer sola: me tienen que mirar y de papel ni hablar. Porque el poder se regodea en esas pequeñas humillaciones: busca expropiarnos de nuestros cuerpos, de todo lo que somos -sobre todo, de nuestra humanidad-. Si algo habíamos entendido esa tarde en la marcha es que no valemos más que con y por lx otrx. Pero para ellxs la lógica es otra y con sus acciones no sólo nos destrozaron un día sino que nos marcaron de por vida. 

Dije antes que la noche la pasamos en dos comisarías. Éramos ocho y, en realidad, la pasamos aisladas, cada una en una celda gris y mugrosa y helada. La luz prendida todo el tiempo como en un criadero, hacia el exterior apenas una rendija y la lluvia resonando en los desagues. Estábamos aisladas, teníamos miedo, pero no estábamos solas. De eso estábamos seguras: el movimiento feminista y el movimiento lesbiano estuvieron ahí a cada hora. Nuestrxs amigxs, conocidxs y desconocidxs, estuvieron ahí esperando, peleando por nosotras, acompañando. Y fueron sus voces y la certeza de sus cuerpos cercanos lo que hizo de una pesadilla un aprendizaje. Sin lugar a dudas, de nuestro lado está el amor, la alegría y, como decía Susana Thenon, la posibilidad de fundar otros sueños menos crueles, es decir: nos resta a nosotrxs la posibilidad de inventar también la vida nuevamente.