Los ocho capítulos se pueden ver por Hulu

Devs, la nueva serie de Alex Garland

La fascinante actriz Sonoya Mizuno como protagonista plantea una historia en cuyo centro hay una corporación misteriosa; el ambiente oscila entre la frialdad que en general se relaciona con la ciencia y una estética lírica y misteriosa.
El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual. El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual. El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual. El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual. El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual. 
El personaje de Mizuno es puro arrojo: intelectual, físico, espiritual.  

Spoiler alert. En ninguno de los ocho episodios de Devs, Sonoya Mizuno se pone a bailar. Para todos aquellos que se quedaron imantados por la escena disco de Ex Machina , la Danza del Doble en el clímax de Annihilation o su exo-esqueleto de coral en aquel video de los Chemical Brothers (“Wide open”, con la voz de Beck), suena como una decepción. Pero no lo es. Parada frente a la ventana con bombacha y remera o escondiendo un arma en el bolsillo de su buzo canguro, la mera presencia física de Mizuno ejerce una suerte de hipnosis. La experiencia de verla es, parafraseando al escritor Gustavo Espinosa, como estar sumergido en una piscina donde se agita un pescado rabioso.

Estrenada oficialmente el 5 de marzo en la plataforma Hulu, Devs es el primer protagónico de Mizuno: una miniserie de ocho capítulos escrita y dirigida por Alex Garland. La productora FX vendió su producto como un artefacto de ciencia ficción aunque, en el plano formal, su gambito de apertura sea el movimiento de un thriller policial. Un asesinato pone en marcha la trama, pero desde el capítulo uno ya sabemos la identidad del asesino. No sabemos, sin embargo, qué se cocina adentro de Devs: el proyecto clasificado de una corporación tecnológica. Emplazado en las afueras de San Francisco y coronado con la monumental escultura híper-realista de una niña, el edificio habilita toda clase de especulaciones.

A Mizuno el papel de Lily Chan le calza como un catsuit. Se trata de una ingeniera informática que, investida con cuerpo de chita y ropas de supermercado, abre una parábola religiosa para la Era del Software. Su temple es la otra cara del estoicismo: no acepta nada, no da nada por sentado. Un personaje que rompe con varios arquetipos porque, aunque trabaja con el nivel más alto de los números y las programaciones, es puro arrojo. Intelectual, físico, espiritual. Sexy en sus propios términos. La sangre de la actriz, en ese sentido, es un blend cosmopolita que nos compromete. Tiene un cuarto de sangre argentina.

El padre de Mizuno es japonés y su madre una ciudadana argentino-británica que, durante los setenta, vivió en Tokio junto a su familia de diplomáticos. Cuando Mizuno tenía dos años, la pareja se separó y ella se fue a vivir con su madre y sus hermanas a las praderas de Somerset. Luego se alistó en la Royal Ballet School de Londres y, mientras abría su propio camino en el mundo de la danza (pasó por compañías de Alemania, Inglaterra, Irlanda y Escocia), fue fichada por Profile Models y modeló para marcas como Chanel y Louis Vuitton. Alex Garland, para entonces, ya comenzaba a orbitar a su alrededor. “Creo que la cosa más loca que hice en mi vida fue por culpa de Ex Machina –dijo Mizuno, en la revista Backstage-. En la época que hice la audición, estaba trabajando a tiempo completo y bajo contrato en una compañía de ballet. Cuando escuché que Alex quería que me probara de vuelta para el papel de Kioko, el director de la compañía no me quería dejar. Así que renuncié y me tomé un vuelo a Londres. No tenía donde vivir, no tenía ingresos. No sabía si me iban a dar el papel, no tenía trabajo para después, no tenía un agente. Solamente fui y pensé: a la mierda, voy a ver qué pasa”.

Según se vea, Mizuno estaba destinada al estrellato o ejerció su derecho soberano de libre albedrío. Ese, precisamente, es el núcleo filosófico de Devs: un dilema habitual. Garland renueva esa pregunta con una imaginería personal. Aunque el ecosistema de la serie gire alrededor de hackers e ingenieros de alta gama, decide no redundar con una estética como el cyber-punk. Por cada fotograma de código digital hay una decena de pinos y secuoyas. Por cada laptop hay un monolito o mil partículas de polvo flotando en la luz de la mañana. Así, retratada en una paleta de colores cálidos y diálogos íntimos, la historia orbita alrededor de un cubo dorado capaz de levitar eternamente por la tensión de los campos gravitacionales. “La idea era que el corazón científico de la historia fuera lo más hermoso y extraño y poético que fuera posible –dijo Garland, en la edición americana de Rolling Stone-. A menudo la ciencia suele ser presentada como algo seco y arrogante y aburrido, pero yo tiendo a verla como rara, lírica y misteriosa. De manera que el ambiente físico tenía que reflejar eso. Uno avanza en este viaje desde las calles de San Francisco hacia este lugar extraño, dorado, uterino y crepuscular."

Garland traduce el mismo equilibrio hacia otras zonas del lenguaje cinematográfico. El score, por ejemplo, es una suite fragmentaria de cantos devocionales y programaciones compuesta por Ben Salisbury, Geoff Barrow y el dúo The Insects. El capítulo seis, por su parte, abre y cierra con un clip sostenido por “Guinevere”. No es la primera vez que Garland apela a Crosby, Stills & Nash (el leit-motiv de Annihilation, sin ir más lejos, era "Helplessly Hoping"), una música que parece en el extremo opuesto al sci-fi. Sin embargo, la intrusión funciona a dos bandas: pone el tiempo humano en suspensión y apoya el dedo sobre el sueño dorado que no fue. Que no pudo ser. O que, siguiendo el halo de la serie, es en alguno de los universos paralelos.

La lectura más coyuntural parece debatir nuestra vida en las redes sociales. La lectura más sesuda asciende hasta el concepto mismo de la divinidad. Garland no come vidrio. Cuando el atormentado Forest (interpretado por Nick Offerman) revela el verdadero y monumental nombre de su empresa, atenúa la soberbia metiéndola adentro de una broma. Es, en ese sentido, un momento ambicioso para el género. En la escala más poderosa de la industria, Garland y Denis Villeneuve parecen estar teniendo un diálogo (Ted Chiang, el autor del libro en el que se basó The arrival, podría ser parte de esa conversación) sobre algunos de esos asuntos importantes. “Tenía en mi cabeza que esta serie era la otra mitad de Ex Machina –dijo Garland-. Si Ex Machina era sobre un hombre tratando de actuar como si fuera Dios a través de la ciencia y la tecnología, pensé que ésta era la historia complementaria: gente no tratando de actuar como Dios sino tratando de crear a Dios”.

Cada vez que se esfuerza por ofrecer una respuesta, Devs parece no estar a la altura de sus temas. Pero cuando se esfuerza por desplazar una pregunta, alcanza secuencias inolvidables. Una de ellas incluye un poema de Philip Larkin, la baranda de un abismo y una paradoja metafísica para conseguir algo tan prosaico y esencial como un laburo. La muerte, como dice el poeta, es el gran spoiler. La mayoría de las cosas quizá jamás ocurran: esa sí.


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