El quiebre de la serena domesticidad  

La caída de la Casa Úsher

La ecología y la economía son en estos momentos interpeladas, pues el planeta muestra su lado siniestro, dice la escritora Liliana Bellone en una reflexión sobre los riesgos del poder y la ambición sin límites. 
Imagen: Romina Barros/Dibujantas

Los antiguos griegos denominaban a la casa, junto a todos sus habitantes y objetos, como el oikos, el lugar de la familia, de lo cotidiano, el lugar del amor y el remedio. De esa raíz griega provienen ecología o el estudio de la casa, del hogar (la tierra) y economía (las normas o reglas del hogar). En Roma, el ámbito de lo privado era un equivalente al oikos, el domus (de allí lo doméstico, lo sereno, seguro, inofensivo), el hogar, con su fuego y su alimento, sus dioses y jerarquías. Cuando esa domesticidad serena y familiar se quiebra, surge lo siniestro, como en el cuento “Circe” (Bestiario, 1951) de Cortázar, donde, en la amable sala, el protagonista advierte la conducta perversa de su novia.

La ecología y la economía son en estos momentos interpeladas, pues el planeta muestra su lado siniestro (para Freud lo siniestro es unheimlich que en alemán es el antónimo de heimlich que es lo doméstico, lo familiar). La casa, el oikos, se torna turbador, como en esos cuentos donde la morada, el territorio querido y a veces heredado de los mayores, deja de ser el hospitalario techo para convertirse en un espacio aterrador como ocurre en los cuentos “Casa tomada” (Bestiario, 1951) de Julio Cortázar y “La caída de la Casa Úsher” (1939) de Edgar Allan Poe.

La casa, si bien nunca estuvo en un equilibrio pleno, hoy se ha resquebrajado más allá de lo aceptable, como en el cuento de Poe, su grieta atraviesa las grandes urbes, las ciudades medianas y también pequeñas, los barrios, los caseríos, atraviesa toda la actividad humana y se extiende por los muros y aun debajo de ellos. La destrucción se constata día tras día y también la presencia de una invasión silenciosa e invisible como en “Casa tomada” de Cortázar, una invasión que provoca la huida y el abandono. La casa del mundo ha sido sacudida no por terremotos ni huracanes (también avisos y manifestaciones de un desequilibrio) sino por algo mucho más perturbador, un virus, una metamorfosis de algo sin explicación que es lo real, que nadie puede poner en palabras y que tiene que ver con la mortalidad, eso que los poetas y los artistas siempre atisbaron y narraron.

La Casa Úsher, en el cuento de Poe, símbolo de la aristocracia en decadencia, de una genealogía que desemboca en la locura y la enfermedad, también simboliza la grieta del sujeto, eso que nos torna sujetos hablantes y a la vez sujetos del inconsciente. Grieta inexplicable en palabras, reacia al sentido, y que aparece terrible y sin asideros en la caída definitiva de la mansión, la construcción social y comunicativa, en su derrumbe total. 

La sociología del arte leyó en “La caída de la Casa Úsher” el fin anunciado de la nobleza. Alucinada y sin referencias es la mirada del dueño de la casa Úsher. No hay salida para la dinastía Úsher, como lo que ocurre en la sociedad capitalista actual, promotora de un mundo de apariencias y delirios, de lo efímero que solamente responde al dios del Mercado y el Dinero, dios obcecado que aliena y deshumaniza, que desdice la condición humana y por lo tanto la libertad y la conciencia, la responsabilidad del sujeto, y provoca inusitadas y funcionales subjetividades que caminan en pos de la enajenación, livianos seres que no se sienten responsables de la historia, mutación de una burguesía que se torna hedonista y acrítica, modelada por medios de comunicación que más que informar desinforman y mienten. Y a la par, promueve el crecimiento de extensos territorios de excluidos, que ya no pertenecen al mundo del trabajo y no poseen la fuerza revolucionaria del proletariado. La naturaleza ha reaccionado y señala la grieta, el agujero final. La vivienda universal está exhausta, en crisis. Este es el momento de intervenir y curarla.

En 1930, Federico García Lorca ya había denunciado lo que ocurría con la naturaleza, la alimentación y la industria en Nueva York, símbolo del capitalismo y la burguesía. El mundo animal y vegetal estaba siendo devorado en la gran ciudad de los rascacielos. Dice el poeta:

Todos los días se matan en New York

cuatro millones de patos

cinco millones de cerdos,

dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,

un millón de vacas,

un millón de corderos

y dos millones de gallos

que dejan los cielos hechos añicos.

(“Nueva York, Oficina y denuncia”)

El oikos se “ha rebelado” y “ha revelado” algo de lo que la sociedad actual no quiere saber: los límites del poder y de la ambición que en esta fase descarnada del capitalismo lleva a una creciente deshumanización.


 *Liliana Bellone, escritora, premio Casa de las Américas de Cuba 1993. 

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