Entrevista al fundador del Frente de Artistas del Borda

Alberto Sava: "Los manicomios son tierra arrasada"

La muerte de un interno tras el ataque de una jauría de perros puso de manifiesto la desastrosa situación del hospital y sus pacientes, producto de años de desidia y desinterés del Gobierno de la Ciudad, agravada por la pandemia. "El manicomio es una estructura arcaica que sostiene negocios económicos", dice Sava.
"No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital." "No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital." "No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital." "No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital." "No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital." 
"No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital."  
Imagen: Gentileza Andrea Jackson

"No me extraña por la situación de abandono y falta de seguridad del hospital. En los manicomios se violan los derechos humanos: es la ideología imperante", expresa a Página/12 Alberto Sava, fundador y director del Frente de Artistas del Borda (FAB), en relación a la muerte de Jorge Marcheggiano, el hombre que falleció el viernes tras haber sido atacado por perros  mientras caminaba por el parque del nosocomio. Tres semanas antes el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) había presentado una acción de amparo colectiva en la que denunciaba las graves condiciones de los cuatro manicomios porteños, y entre los reclamos figuraba la existencia de jaurías que pasean por los predios de las instituciones.
El Frente, organización que hace más de 35 años batalla por la desmanicomialización impulsando acciones artísticas dentro y fuera del hospital, informó además el viernes de la existencia de 15 casos de coronavirus entre trabajadores y personas internadas. Una información que quiso confirmar con la dirección pero que le "fue negada", de acuerdo a un comunicado. Desde el 13 de marzo, los 11 talleres artísticos que se realizan en el galpón Martín Abregú quedaron suspendidos. No obstante, dos coordinadores del FAB (Carlos Moretti y Daniel Calvo, del taller de plástica y periodismo respectivamente) ingresan con frecuencia para ver cómo se encuentran sus participantes. Sava, psicólogo social y artista, presidente honorario de la Red Argentina de Arte y Salud Mental, no puede hacerlo. Tiene 74 años y no reside en ciudad de Buenos Aires sino en el partido bonaerense de Ituzaingó.

-¿Conocías a Marcheggiano?
-No, no era compañero del Frente. Daniel (Calvo) se enteró a través de un par de enfermeros amigos nuestros de la situación. También ellos nos cuentan la situación de contagiados. Estos perros son cuatro, cinco y hace muchos años que están. Nunca sabemos si son de pacientes o empleados. Un par de veces tuvimos información de pacientes mordidos por perros, también de una enfermera que había sido atacada, pero no había sido tan grave. Daniel me mandó unas fotos tremendas del señor desgarrado, las piernas... No me extraña lo que pasó por la situación de abandono y la falta de seguridad del hospital. Si bien hay policía privada está en la entrada tomando mate y casi no controla nada. 

-Es muy fuerte la imagen: morir devorado por perros en un hospital público.
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Si lo analizamos profunda, esencialmente, los manicomios son eso. Tierra arrasada. Puede pasar cualquier cosa. No hay cuidado sobre las personas. Desde el momento en que existe el manicomio hay violaciones a los derechos humanos: falta de calidad de vida y libertad, se come mal, se duerme mal, malos tratos físicos y psíquicos. No de todo el personal, claro. Hace 35 años que transito el Borda y todos los manicomios: he visto suicidios, muertes por golpizas. No me extraña este hecho. Creo que es la ideología imperante. Y sumando la situación de pandemia hay un contexto más tremendo.

-¿Te afecta el hecho de no poder ingresar al Borda?
-El subdirector del hospital nos prohibió toda actividad grupal o social hasta nuevo aviso. Hicimos una asamblea el segundo viernes de marzo y una persona de seguridad nos interrumpió diciendo que tenía orden de que no podíamos estar reunidos. Lo convencimos de que nos dejara. No pudimos a partir de ahí hacer actividades. Me contacté con el subdirector y me dijo que cada vez está más cerrada esa posibilidad. Ni los familiares van. Después de estar ahí peleando en el Frente y al frente con todas las actividades me siento inútil, discapacitado. Intenté ir un día y la policía de Ituzaingó me hizo volver. Por eso acordamos con compañeros que viven cerca que estén en contacto con los muchachos y el personal. Daniel fue a todas las movilizaciones que hubo de empleados y enfermeros. Estamos adhiriendo a todo reclamo y movilización de los trabajadores. Incluso, una de las personas infectadas es de un servicio donde viven dos compañeros. Está aislado el servicio y ellos también. La enfermera dijo que están bien. Les han hecho estudios y ninguno está contagiado. Según los enfermeros hay 15 contagiados entre pacientes y trabajadores. En el Montes de Oca parece que hay 12, 13, y en el Moyano, uno, dos. Lo que está pasando en las villas comienza a suceder en los manicomios. Los trabajadores se han quejado de la falta de insumos, incluso ellos mismos se proveen de tapabocas y otros elementos.

-¿Cómo pensás que les afecta a las personas internadas la existencia de una pandemia mundial, en su situación de fragilidad?
-Ya hay experiencia en el Borda. Siete años atrás hubo una represión furibunda del gobierno de Macri. Algo que no sucedió nunca en ningún país del mundo. No sólo tiraron balas y gases, irrumpieron violentamente en la madrugada para destruir un taller protegido donde los pacientes aprendían carpintería y herrería. Si soportaron eso pueden soportar esto. No tengo información de lo que pasa en la subjetividad de cada uno pero debe agravarse mucho más de lo que nos pasa a nosotros, que tenemos la posibilidad de comprar un kilo de pan o tomar un colectivo para ir al centro. Ahí hay un doble encierro: el social de la pandemia y el manicomial que ha sucedido siempre. Por supuesto que algunos compañeros tienen permiso de salida, pero el 90 por ciento de los muchachos tiene un encierro al que está como acostumbrado. El manicomio quita la posibilidad de pensar, sentir y hacer. Uno es persona, sujeto, en la medida en que puede pensar, sentir y hacer, decía Enrique Pichon-Rivière. El manicomio te va dinamitando día a día. Ellos mismos dicen "somos un ladrillo más del hospital". Quizá deben sufrir las consecuencias de no tener los estímulos del Frente de Artistas, la Colifata (radio que se emite desde allí), Cooperanza (talleres), la visita de un familiar. Una doble angustia. Un doble padecer. Dicen que extrañan.

Sin reserva, obra de los talleres del FAB en el ex Olimpo, que denunció que los manicomios son campos de concentración. Foto: Bernardino Avila.

-Hay quienes creen que la pandemia, al mostrar con claridad y crudeza todo lo que está mal, puede conducir a cierto cambio positivo. ¿Es una oportunidad de que se modifique la realidad manicomial?
-Soy socialista entonces pienso que esto va a traer consecuencias. Hay una posición distinta en la subjetividad de las personas. No sé si va a ser un cambio rotundo, opuesto al sistema capitalista, que está preparado: lo hizo en las guerras, encuentra las maneras de mantenerse. La pandemia va a generar una conciencia nueva de no aceptación a un capitalismo salvaje. El cambio depende de las organizaciones políticas y sociales, de si pueden ayudar a construir una dirección en esta conciencia nueva. Siempre soy optimista. No entro en el pesimismo en que nos quiere meter el capitalismo. 

-La Ley Nacional de Salud Mental (aprobada en 2010, reglamentada en 2013) establece la extinción de los manicomios justamente para 2020 y su reemplazo por otro tipo de dispositivos. Pero eso no sólo parece muy lejano sino que acaba de morir un hombre en uno atacado por perros.
-Hay dos provincias que no tienen manicomios: Río Negro y San Luis. Pero esto ocurrió antes de la aparición de la ley. En Río Negro en los ochenta y en San Luis en los noventa. A partir de la ley no hubo avances. Hubo, con los distintos gobiernos, dependiendo de la buena voluntad de los directores de Salud Mental, algunos cursos y seminarios, algún nivel de conciencia, pero no produjo nada de aquello. No se desplegaron recursos humanos, técnicos, económicos para un profundo cambio. Antes de la pandemia, el actual director de Salud Mental (Hugo Barrionuevo) dijo que no se iban a cerrar los manicomios en 2020. Que era imposible por las circunstancias sociales, políticas y económicas. Que se iban a poner en funcionamiento distintos dispositivos, como centros de salud mental en hospitales generales, en los barrios, en algunas provincias, y que en la medida en que se fueran instalando la ley iba a caer por su propio peso. Creía que esto iba a llevar diez años, o sea, para 2030. No hay decisión política de respetar la ley nacional. Y la Ciudad tiene su propia ley, de 20 años, que no se pone en funcionamiento tampoco. Es posible hacerlo. Está demostrado que en otros lugares se ha podido implementar el cambio con los mismos recursos humanos, técnicos e institucionales. 

-Más allá de la falta de decisión política, están las presiones de las corporaciones.
-Las presiones son muy grandes. En la Argentina, las corporaciones médicas, psiquiátricas y los laboratorios no han apoyado nunca la ley. Quieren mantener el statu quo de los manicomios porque les producen muchas más ganancias que no tenerlos. Un médico del hospital me dijo que un paciente del Borda consume entre 60 y 70 por ciento más de medicación que si se le hace un tratamiento personalizado. Hay entre 15 y 18 mil personas internadas en el país: son millones de pesos que dejarían de ganar los laboratorios. Otro tema son los sindicatos. Postulan que si cierran los manicomios no habría trabajo. Pero no es así, la ley misma lo dice. En los lugares donde se hizo la transformación, como Italia, no se reduce el personal sino que aumenta. Porque además de que se reparte en los hospitales donde se crean centros de salud mental, debe hacer trabajos de acompañamiento por fuera. Se nombran nuevos profesionales para asistencia comunitaria, que tienen que hacer un seguimiento de cómo viven y trabajan los pacientes instalados en la comunidad como cualquier persona. Los médicos tienen este statu quo de trabajar en un lugar y no poner el cuerpo en la calle. Tienen sus estructuras en clínicas privadas y una cantidad de cosas. 

-El manicomio parece una institución obsoleta en todo sentido.
-Los avances de la farmacología, la psiquiatría, el psicoanálisis, las terapias individuales alternativas hablan de que la internación prolongada no es necesaria. En Trieste, Italia (donde se inicia el proceso de desmanicomialización a nivel mundial en los setenta) eran de 13 días. En el Borda son de 15 años. Si son personalizadas la medicación y la atención, y si es interdisciplinaria, no se necesita de mucha internación. Seguramente algunas personas necesitarán atención durante toda su vida; otros quizá tengan alguna crisis como pasa con cualquier enfermedad. El manicomio es una estructura arcaica que sostiene negocios económicos. Una cachetada a la dignidad de las personas. Somos cómplices de que se sigan manteniendo. Lo digo siempre: en el manicomio las personas están internadas por la ciencia, detenidas por la Justicia y desaparecidas socialmente (no votan, no producen).

-A todo esto, nuevamente hubo robos en el galpón del Frente de Artistas. ¿Tienen idea de por qué pasa esto?
-Fue todo en esos días. El viernes, cuando fue Daniel, notó que el portón de nuestro galpón estaba abierto, violentado. Entró y había dos muebles abiertos. Robaron pequeñas cosas sin mucha importancia de los talleres. Es la tercera o cuarta vez que nos pasa. Es que el Borda es tierra de nadie. Daniel fue a quejarse a la guardia, adelante de todo, le dijeron que no tenían información y no podían hacer nada, les pidió que pusieran una cinta de peligro y dijeron "no tenemos", fue a la dirección, no lo quisieron atender. No se responsabilizan. Si bien estamos dentro del hospital no pertenecemos a él. Somos un grupo independiente, no nos toman como elemento o servicio y no nos ayudan. Van a hacer todo lo posible para que no podamos avanzar en nuestras ideas y proyectos. Todo lo que hemos conseguido fue porque hicimos movilizaciones y protestas; hemos estado a la ofensiva permanentemente. No nos impiden hacer, no nos echan, pero no nos facilitan las actividades, no nombran técnicos, artistas, profesionales nuestros. Tenemos 11 talleres coordinados por artistas y psicólogos. No nos dan recursos económicos, técnicos ni humanos. Hay buena voluntad de algunos enfermeros y médicos, pero institucionalmente no existimos. Los robos están ligados a dinamitar nuestra voluntad de seguir peleando. Es como la sobremedicación y la anulación subjetiva de los pacientes. Pero nosotros podemos luchar para producir cambios: en 35 años creamos una red argentina, un festival, e íbamos a fundar este año una red latinoamericana de arte y salud mental. Se iba a hacer una reunión en julio en Paraguay, con invitados de Ecuador, Brasil, Chile y Venezuela. Estaba la idea de hacerla virtualmente pero preferimos hacerla presencial una vez que pase esto. Así que vamos creciendo. Existimos a pesar de la institución.

 

De lo siniestro a lo maravilloso

-¿Por qué es tan importante la irrupción del arte en el contexto del manicomio?
-Nuestra función es luchar en favor de la desmanicomialización. La ley (de Salud Mental) puede ayudar al arte; el arte a la ley. El arte produce una transformación, una revolución. Cuando salió la ley teníamos mucha confianza de que nos iba a permitir expandir nuestro proyecto a toda la comunidad. Porque propone el cierre de los manicomios y la creación de centros de salud mental en hospitales generales y los barrios. El arte podría cumplir una función como la que cumple dentro del hospital. Los participantes de los talleres llegan física y psíquicamente destruidos. Se los recupera a través de la música y del teatro. Vuelven a sentirse personas. Vuelven a salir, viajan con los festivales. El arte produce un camino de lo siniestro a lo maravilloso. No es poco: de sentirse objeto a sentirse sujeto, en la panza del monstruo.

 

Encierros disparatados

El Frente de Artistas del Borda iniciará este viernes a las 15.30 un ciclo de conversaciones llamado "Encierros disparatados", con inscripción previa en [email protected] Uno de los ejes de los encuentros será el abordaje del doble encierro que padecen quienes habitan los neuropsiquiátricos: el contextual, de la pandemia, y el estructural, del manicomio. Del primer encuentro participarán Sava, Carlos Moretti -que, aparte de coordinador del taller de plástica, estuvo dos años internado: dice que el arte le salvó la vida- y Norman Briski.

 

 

La muerte a dentelladas

Por Claudio Pansera *

 

No hay muchos detalles. Como tantas veces cuando la víctima está en alguno de los bordes del sistema, puede pasar rápidamente al olvido. Y Jorge tenía dos de los variados factores estigmatizantes: era pobre y era loco. Como otros mil Jorges que viven allí.
Por ser pobre no tenía trabajo ni un apoyo familiar sólido que le permitiera combatir la locura con mejor suerte. Por ser loco no tenía muchas chances de ser considerado para establecer relaciones sociales o laborales que le pudieran generar ingresos para suavizar la locura. Y por ser pobre y loco le tocó vivir en un manicomio, uno de los depósitos de personas para que queden aislados de los sanos y no tan pobres como él.
Encerrado sin delitos cometidos.
Estaba bajo la tutela del Gobierno de la Ciudad. Pero no fue suficiente. Según cuentan, fue en los fondos del hospital, cerca del Centro Cultural Borda. Allí frente a las ruinas que dejaron las topadoras de Macri cuando en abril de 2013 entraron con bastones, gas pimienta y balas de goma para reprimir (¡dentro de un hospital psiquiátrico!) a quienes defendían la continuidad de un taller de trabajo para pacientes. Allí entre bosque y una canchita de fútbol, el pasado viernes 22 Jorge fue atacado por una jauría de las que frecuentan el lugar. Y murió luego en el hospital Penna.
No puedo dejar de olvidarme de las veces que en los noticieros suelen informar de un asesinato en algún barrio pobre, y la frase común de los familiares llorosos: "¡Me lo mataron como a un perro!" Pero Jorge no tuvo siquiera esa suerte. Ningún humano lo mató. Fue un grupo de esos animales, último eslabón dentro del esquema social, acompañantes de gauchos, malones y figuras infaltables en todo barrio pobre, lo más callejeros de todos. ¿O tal vez sí lo mató algún humano? Una dentellada del funcionario del gobierno de la ciudad que dijo que no existían jaurías dentro del Borda. Otra dentellada del funcionario judicial que le creyó al funcionario del gobierno. Otra dentellada de algún directivo del hospital que no asumió su responsabilidad para confirmar que sí existen jaurías dentro del hospital. Parafraseando a un poeta amigo: cincuenta pesos cuestan la noticia leída, y tanta sangre nueva la noticia vivida. Y en este caso la sangre fue de Jorge.

* Coordinador artístico del taller de Letras del FAB.

 

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