COSAS VEREDES

No son lobos solitarios

El cruel asesinato de una masajista filipina en Toronto vuelve a poner en foco al movimiento supremacista Incel, considerado grupo terrorista misógino por la justicia canadiense.

Desde hace unos años, existe un grupo radicalizado de hombres heterosexuales blancos, a media asta los pobrecitos por su mala suerte en materia amatoria. Desde Estados Unidos y Canadá, donde se multiplican que da pavor, claman a viva voz que es tiempo de una “redistribución sexual”. Con ellos como únicos beneficiarios, claro está, porque follar es su “derecho natural”. Hablamos del movimiento Incel (abreviatura de involuntarily celibate), célibes involuntarios cuya principal queja es que la mujer pueda elegir. Aunque, vamos, el mero hecho de que existamos ya los pone furibundos. Es que, como anota el New Yorker, “los incels no está realmente buscando sexo: buscan la supremacía masculina absoluta. Coger, en todo caso, es una prueba más de su dominio sobre el cuerpo femenino”. Para pruebas, el asesinato el pasado febrero de una masajista filipina en Toronto: un joven de 17 entró a su spa con un machete y la mató sin que le temblara el pulso. La Justicia caratuló el caso como asesinato en primer grado, pero los pasados días le han sumado el cargo de acto terrorista. El chico es un incel; y por primera vez desde la formación de este movimiento, se lo juzga como grupo terrorista motivado por el odio hacia la mujer.

Mujer a la que, por cierto, dividen en dos solitas categorías: las Stacys y las Beckys. Las primeras son “blondas naturales” con “tetas grandes” y retaguardia ídem; hiperfemeninas, sexys, llevan vidas pomposas y solo matchean con varones forrados y fornidos (los Chads). Las segundas son “comunachas”: minas que “usan ropa holgada para esconder su falta de atributos”, maquillaje y pilcha baratos, y así. Que unas u otras tengan una vida sexual libre y activa no es bien visto por estos bravucones, prontos a colgarles el cartelito de “carne quemada”. Tampoco es que les guste especialmente emplear la palabra “mujer”, ya sería un término demasiado humano… Por eso suelen decantarse por “Organismo Humanoide Femenino” (FHO, sus iniciales en inglés). Sí que han trastocado la taxonomía…

No deja de ser un cachito contradictorio que, siendo además supremacistas blancos y antisemitas, digan que las feministas son el Ku Kux Klan. Pero ¿quién es una para cuestionar? Ah, cierto: según ellos, seríamos “la causa máxima de nuestro sufrimiento”, “las que hacen de nuestras vidas un infierno”. Peroratas que suelen cerrar al grito de “¡El odio es poder!”. “La sociedad se ha convertido en un lugar que enaltece a las minas, y eso está jodidamente mal: no son diosas, son un jodido basural”, una típica diatriba de estos hombres que fetichizan a adolescentes y vírgenes; se mofan de los varones que son respetuosos con las mujeres (“caballeros blancos”, les dicen con rintintín). Y aunque obsesionados con la belleza femenina hegemónica, desprecian hasta la médula el maquillaje, ¡una forma de fraude!

Idealistas, no carecen de sueños: fantasean con “decapitar a las zorras que usan shorts pero no quieren ser manoseadas por extraños”. Incluso elaboran intrincados escenarios donde subastan a chicas de 18 años, o imaginan violaciones masivas. Huelgan los comentarios… Así las cosas, lógico es que tengan sus héroes: personajes que han mandado a la porra este sistema tan pero tan injusto que les niega su derecho a poseer a una mujer. Ay, ¡mil perdones!, a poseer un “Organismo Humanoide Femenino”.

Entre sus grandes caídos, Elliot Rodger (“nuestro Señor y Salvador”) que, en 2014, con 22 pirulos, salió a asesinar mujeres porque ninguna había querido acostarse con él. “Voy a entrar a la sorority más hot y voy a masacrar a cada puta rubia, presumida y caprichosa que encuentre allí dentro”, había avisado ¡vía Youtube! este mesías incel. Y cumplió su promesa como autor de la matanza de Isla Vista, en California, con 6 asesinatos a cuchillazos y disparos, suicidándose en su BMW una vez que fue acorralado por patrulleros. Otro de sus profetas es el canadiense Alek Minassian que, en 2018, tras postear “La rebelión Incel ya ha comenzado”, se subió a su camioneta y salió a atropellar mujeres, matando a 10 personas ¿Qué dijo cuando lo interrogaron? “He completado mi misión”. Un auténtico soldado de la causa. No hace falta decir cuál.

Porque el temita es que estos muchachos no se quedan en la mera cháchara berrinchuda en sus foros de Reddit, Facebook o 4chan. “Lo que comienza como una queja personal por ser rechazados puede transformarse en fanatismo e intentos de promover una rebelión”, apuntaba recientemente la policía de Texas, informando que se trata de “una amenaza terrorista en alza”. Chocolate blanco por la noticia: ya en 2018, lo había advertido la escritora Jessica Valentina en el New York Times: “A pesar de las muchas evidencias que conectan a estos asesinos en masa y grupos misóginos radicales, todavía nos referimos en gran medida a los atacantes como ‘lobos solitarios’, un error que ignora la forma prevenible de cultivar y alimentar deliberadamente el miedo y la ira de estos hombres. Aquí está el término que mejor le sienta al movimiento: terrorismo misógino”.

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