Homenaje al gran cronista de la cultura popular mexicana

Diez años sin Carlos Monsiváis

En estas semanas comienzan en México los homenajes a Carlos Monsiváis, a diez años de su muerte. Gran cronista de la ciudad y las multitudes y de la cultura popular de México, variada hasta el agotamiento, publicó innumerables libros que lo sitúan como un hombre totalmente abierto a la diversidad, y como un luchador por casi todas las causes perdidas de este mundo. En esta producción, lo recuerdan Margo Glantz, Juan Villoro, Elena Poniatowska, el historiador Enrique González Parra, la activista feminista Marta Lamas y el crítico cinematográfico Carlos Bonfil.

El pasado 19 de junio se conmemoró el décimo aniversario de la muerte del escritor y activista mexicano Carlos Monsiváis. Nacido en 1938, de origen familiar y educación protestantes, dedicó toda su vida a la escritura, por medio de crónicas, ensayos, artículos y columnas –como la célebre, llevada durante décadas en distintos medios, “Por mi madre, bohemios”–, conferencias y discursos, prólogos y multitud de textos –a veces inclasificables–, y del activismo político: solía decir que le darían en algún momento un reconocimiento “honoris causas perdidas”. Y también del coleccionismo: una pasión por los gatos, en primer término, y por documentos, artesanías, fotos y otros objetos, que devinieron en una gigantesca colección personal de unas 12.000 piezas, que se encuentran exhibidas, desde 2006, en el museo del Estanquillo. Estas semanas, y durante el resto del año, diversas instituciones de México desarrollan más de cien actividades y publicaciones de homenaje, artísticas, literarias y académicas.

Ya de adolescente, Monsiváis –según ha contado– se interesó por hechos de magnitud como la Guerra civil española y las huelgas locales de las clases trabajadoras, al mismo tiempo que por la lectura, y especialmente las crónicas, un género que comenzó él mismo a desarrollar por esa misma etapa, por primera vez tras un encuentro en esos “años mozos” con Frida Kahlo. Estuvo un tiempo en el PC, y en 1960 fue expulsado con un pequeño grupo junto a José Revueltas. Luego, haría su crítica a la revolución cubana estalinizada, ante las noticias de los “campos de reeducación” para las disidencias sexuales, y del caso Padilla. Desde entonces desarrolló sus labores en el sentido más clásico –aquel que va de Zola y el caso Dreyfus hasta Sartre, y hay quien sumaría a Foucault, a Bourdieu y a Žižek– del intelectual comprometido y/o crítico. De ahí su apoyo activo al Movimiento Estudiantil, aplastado por la Masacre de Tlatelolco en 1968, y su posterior diálogo con las causas del feminismo y los derechos civiles y las minorías, y de los animales. Siempre crítico o disidente de los gobernantes, las élites, el establishment y los poderes de turno, cabe recordar que, el día de su funeral, el ataúd se encontraba cubierto por tres banderas: la de México, la de la UNAM, y la LGTBI+.

EL HOMBRE EN LA MULTITUD

Cinéfilo, cultor de corridos y aforismos, estudioso del bolero, las tradiciones y el sistema educativo, de internet y las cuestiones “de religión”, nada de la cultura popular ni de la llamada “alta cultura” escapaba al radar de Monsiváis. El mundo entero, abierto, disperso y fragmentado, ofrecía para él una cantidad de materias e información que rápidamente procesaba y transformaba en textos. Podía cronicar un concierto de The Doors en su país u ocuparse, veinticinco años después, de un fenómeno pop de la industria audiovisual como Gloria Trevi, al igual que el boxeo, el “Camp mexicano” y Salvador Novo –aquel “periférico en el centro” a quien le dedicó libros y ensayos–, como se puede apreciar en Antología esencial (2012), excelente volumen publicado en Argentina por Mardulce, que extrae textos de los libros Amor perdido, Días de guardar y Los rituales del caos, publicados por la mexicana ERA. Otros títulos de este último libro, publicado originalmente en 1995, permiten ver el amplio abanico de intereses, la pluralidad de temas y enfoques que hizo de Monsiváis un ejemplar único (y admirado) en su especie: “¿Qué fotos tomaría usted en la ciudad interminable?”, “Teología de multitudes”, “¿Es la vida un comercial sin patrocinadores?”, “El metro: viaje hacia al fin del apretujón”, “El tianguis del Chopo”, “De monumentos cívicos y sus espectadores”, “La multitud, ese símbolo de aislamiento”. La ciudad en su ajetreo continuo, las costumbres, la cultura y las artes en sus múltiples formas y expresiones fueron atentamente observados y examinados por una mente (y una memoria) prodigiosa, omnívora, omnímoda, y trabajada con la pluma del mejor ensayismo. Ahí están La autobiografía precoz (1966, reeditada ahora por primera vez); Nuevo catecismo para indios remisos (1982), un libro celebrado por Sergio Pitol en un artículo de su libro El mago de Viena como “ese triunfo del estilo”; El género epistolar. Un homenaje a manera de carta abierta (1991), donde se analiza el sentido y conformación del yo por medio de la correspondencia –durante todo un período, hasta la llegada del teléfono–, y varios trabajos dedicados a la matanza de Tlatelolco, aquel sangriento parteaguas de la historia mexicana: un ensayo ya clásico, “El 68: Las ceremonias del agravio y la memoria” se encuentra junto a otros textos y documentos en Parte de Guerra (1999), y El 68, la tradición de la resistencia (2008). Y en Escribir, por ejemplo (2008) parte de ese mismo verso de Neruda para abrirse camino con una serie de ensayos y crónicas sobre quienes son “inventores de la tradición”: Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Rosario Castellanos y más autores.

El último libro que Monsiváis dejó preparado fue Las esencias viajeras. Publicado póstumamente –sólo quedó el epílogo sin escribir–, se suma a otros títulos aparecidos esta última década como Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual y Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México.

La esencias viajeras retoma, amplía y profundiza las temáticas ya tratadas en Aires de familia, publicado en 2000 y con varias reediciones, cuyo subtítulo es “Cultura y sociedad en América Latina”. Las esencias... plantea en el suyo: “Hacia una crónica cultural del Bicentenario de la independencia”, y a lo largo de sus cuatrocientas páginas hace un asombroso “collage histórico” de América Latina con una multitud de factores y actores –exceptuando al Brasil, que merecería por sí sólo todo un volumen–, apoyado en una inmensa bibliografía y documentos. Recorre la época de la colonia, y pone el foco en los siglos (y signos) de la modernidad: la Iglesia y los gobiernos, las personalidades e instituciones educativas, los medios de comunicación y la literatura, y sus autores y autoras salientes de México, Ecuador, Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela, Cuba, Costa Rica. Plantea: “¿Cómo se va afirmando la laicidad?, es decir, ¿cómo se introducen valores sociales no ligados a lo religioso? Por vías de la enseñanza laica, del crecimiento de las ciudades, de los viajeros y las informaciones de otras sociedades, y de la literatura donde cunden otras religiones: la del amor, la de la Patria, la de la poesía”. De los patriotas del siglo XIX, pasando por conservadores, liberales, marxistas, humanistas y anarquistas al talk show; de la poesía del modernismo y toda la cultura ensayista latinoamericana a los DVD e internet. Documentos de cultura que se emplean para retratar la historia de las barbaries en nuestra América.

Sería no sólo interminable sino imposible hacer el repaso y comentario de este y todos los volúmenes publicados por Monsiváis. Hay más de medio centenar, y pareciera que esa hipotética persona lectora, hasta el momento, no existe; según Juan Villoro, en verdad apenas si se habría publicado, con esta cantidad, el diez por ciento de todo lo que escribió de manera constante-permanente –y que generalmente no se preocupaba por conservar, reunir y publicar–, en aras de la investigación e intervención, la participación activa en la vida artística, cultural, social y política de su país. Parafraseando el título del conocido ensayo de Gabriel Zaid, Monsiváis nos ha dejado “los (sus) demasiados libros”.

Para el poeta e historiador Enrique González Parra, en Monsiváis se destacan “la irreverencia y la parodia, a veces a extremos delirantes, que son su marca distintiva”. Y agrega: “Algún epígrafe se intitula: ‘La última Thule echó la casa por la ventana’. Otro: ‘O quizás simplemente te regale una fosa’. Un lexicógrafo encontraría ahí toda la lúdica jerga estudiantil y popular sesentera, hoy incomprensible para quienes no la vivieron, y más ajena aún para los extranjeros. Por esas páginas desfilan, hermanados, Malcolm Lowry, Allen Ginsberg –cuyo Aullido parafrasea–, McLuhan, Gide, Mailer, Berta Singerman, Gardel, Pedro Infante, Toña la Negra… Además, la ‘gran’ poesía norteamericana, francesa y latinoamericana de la mano con anuncios callejeros, refranes distorsionados, citas de boleros”.

Por su parte, la escritora, académica, tuitera y viajera –hasta antes de la pandemia– Margo Glantz destacó de Monsiváis Los rituales del caos, “donde la carencia de espacio, la conglomeración, la falta de uniformidad (‘un auge de lo diverso’) trastorna el significado habitual de la palabra caos, en tanto que abolición del orden y las jerarquías, sin embargo concebidos como placer vital, lo único verdaderamente positivo de la vida en común contemporánea, y en especial de la vida metropolitana, de la vida en la ciudad de México, lugar donde nos tocó a él y a mí vivir. Y esta conclusión pronunciada casi sin resuello y en forma de parábola bíblica al revés, redactada en buena y exaltada prosa, configura los rituales del caos si se le da a este el sentido de ‘marejada del relajo y sueño de la trascendencia’”.

Para Marta Lamas “pocos intelectuales han respondido como él a los cuestionamientos que planteó el feminismo y nadie se ha esforzado como él lo hizo por analizar el desarrollo y el impacto del movimiento. Es impresionante la eficacia simbólica de sus agudas reflexiones. Sus señalamientos sobre la marginación social y política de las mujeres produjeron un efecto esclarecedor y legitimador. Sus primeras críticas al sexismo aparecieron en el suplemento ‘La Cultura en México’, desde su toma de posesión en 1972 como director del suplemento, con David Huerta, Rolando Cordera y Carlos Pereyra en la redacción y Vicente Rojo en el diseño. En las secciones ‘Para documentar nuestro optimismo’, el ‘Consultorio de la Dra. Ilustración’ y ‘Por mi madre, bohemios’ Monsiváis registró el cambio en las relaciones entre los sexos, la evolución del movimiento y el desarrollo del pensamiento feminista”. La antropóloga, escritora y activista recuerda que Monsiváis “participó en muchos actos feministas (la fundación de DIVERSA, la Campaña por la Maternidad Voluntaria, el arranque del partido feminista México Posible) y en Debate feminista publicó una docena de textos específicamente sobre mujeres o feminismo: escribió sobre Nancy Cárdenas, Rosario Castellanos, Susan Sontag, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo, sobre ‘mujeres y poder’, sobre la visita del Papa y sobre el libro Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez acerca de las asesinadas de [Ciudad] Juárez”.

Finalmente, el escritor y crítico de cine Carlos Bonfil destaca otra faceta: los trabajos del Monsiváis cinéfilo. “La producción fílmica que más estudió y que más recuperó en varios de sus libros fue el cine mexicano de la llamada Época de Oro, que él situaba entre 1935 y 1955, dos décadas marcadas esencialmente por dos géneros predilectos de las grandes audiencias nacionales: la comedia y el melodrama”. Y dice, a modo de balance histórico: “Desde mediados de los años 60, Monsiváis fue una referencia importante para los estudiosos del cine mexicano. Sin considerarse él mismo un crítico de cine, fue sin duda el intelectual que más influyó en la formación y refinamiento de un punto de vista crítico en los compañeros de ruta cinéfilos de su generación”.

ESPÉCIMEN INDESCIFRABLE

A modo de cierre. Una –llamémosla así– anécdota. Este año fue noticia un expediente desclasificado por el Estado mexicano: distintos servicios de “inteligencia” siguieron e investigaron a Monsiváis durante veinticinco años, de 1960 a 1985, consignando su activismo juvenil contra la bomba a Hiroshima, su participación del movimiento del 68 y su protesta contra la guerra de Vietnam. El servicial legajo lo definió así: “espécimen indescifrable, estudios inacabados en la UNAM, de Derecho, Economía, y Filosofía y Letras. Autodidacta, marxista lírico, crítico intransigente de cualquier actitud del gobierno, resentido personal”. Y como si todo aquello fuera poco elogio, se agrega: “Profesional de la ironía doméstica. Fomentador de los mitos de la cultura local”.

Mientras el mundo que conoció Monsiváis continúa cambiando en algunas cuestiones, en muchas otras permanece “como siempre” (pobreza, racismo, imperialismo, intolerancia, migraciones). Escribió: “En las alternativas al Pensamiento Único y al Desempleo Universal las ideas desempeñan un papel principalísimo”. Su abordaje curioso, inquisitivo, profundo, su capacidad para descifrar, interpretar y escribir en torno a los signos y fenómenos de la sociedad lo confirman como un pensador tan mexicano como latinoamericano, de proyección universal.

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