ITALIA 90 El obelisco de visitó de fiesta, crónica del festejo argentino

Hoy el noble y el villano

Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales.Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales.Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales.Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales.Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales.
Diego Maradona y Sergio Goychochea, festejan el pasaje a las semifinales. 
Imagen: Archivo El Gráfico

Las manos de Goycochea, que atajaron el tiro del final, también indicaron el camino del festejo a miles de porteños y bonaerenses que se concentraron en el Obelisco para una celebración colorida, pero con el peligro siempre latente de un gran desorden. La escenografía se montó con caras pintadas con tempera, redondos pechos al aire, botellazos, saltitos recordando a los ingleses y barras bravas haciendo recordar a los hooligans. En la fiesta popular hubo demasiados colados. La cosa era gritar, no importa qué. Desahogarse de ciento veinte minutos con el corazón en la boca y diez penales para el infarto. 

Con el Obelisco como imán, miles de porteños bonaerenses festejaron el pase a semifinales en una extraña conjunción de familias con chicos en hombros, parejas de abuelos, pungas, barras bravas, columnas estudiantiles y barriadas enteras. Siempre eufóricos: siempre al borde del desorden y los incidentes, que los hubo y muy violentos. Pero espasmódicos. tapados por el grito unificador de "Argentina/Argentina" o "Dale campeón". Cuando el sol dejó la tarde, la fiesta tuvo su climax: una morocha de pelo enrulado trepó al móvil de Canal 11 y levantó cuantas veces se lo pidió la hinchada su camiseta verdinegra con una inscripción "Chicago te quiero", para exhibir sus tetas, pequeñas, redondas y firmes. Velozmente, la muchedumbre la bautizó "Cicciolina" y cada vez que ella repitió el ritual de pechos desnudos coreó el nombre de la diputada-porno star italiana, olvidando hasta al mismísimo Maradona.

Unos minutos después, la euforia tuvo su contracara. "Cicciolina" y la barra brava de Chicago ya habían abandonado el centro de la escena, poniendo proa hacia Plaza de Mayo. Su lugar lo habían ocupado otros grupúsculos bravos. De Morón, de Boca, especulaban "los expertos". Por la esquina de Corrientes y Carlos Pellegrini cruzó una camioneta que distribuye vino "Portofino" con el portaequipajes repleto de damajuanas vacías. Unos pocos se confundieron y descolgaron envases suponiendo que incluían blanco o tinto. El conductor frenó bruscamente, se bajó y repartió trompadas sin tomar conciencia del lío en el que se metía. Lo rodearon, lo alejaron de la camioneta, le rompieron dos damajuanas en su cabeza y le destrozaron el vehículo.

Fue el fin de fiesta. En menos de media hora, la Plaza de la República quedó semivacía. En parte por temor a nuevos incidentes: en parte por los bastonazos que "distribuyó" la Guardia de Infantería. Este episodio, junto con los golpes y corridas que sucedían al "trabajo" de los carteristas, concentró las notas negras de una celebración variadamente colorida en cualquier esquina que se detuviera un cronista.

En Diagonal y Pellegrini, por ejemplo, Fernando (43) instaló su Fiat 133 amarillo con dos altoparlantes sobre la carrocería. Desde el interior del coche, con una rudimentaria consola, alternaba la emisión de los goles argentinos en la serie de penales con los éxitos cuarteteros de La Mona Giménez o Ricky Maravilla. En derredor, hombres y mujeres improvisaron una bailanta.

En Avenida de Mayo y 9 de Julio, tres borrachos danzaban sin música alrededor de dos motociclistas policías. "Dame un abrazo, botón, que somos campeones", se animó uno, tetrabrik en mano. Antes de que pudiera reaccionar, el uniformado ya tenía dos largos brazos rodeándolo. Aplausos de los transeúntes y una sonrisa de compromiso del agente clausuraron la anécdota.

Preguntar por el partido, parecía inútil. La consulta disparaba respuestas sólo disculpables por el éxtasis colectivo. "Maradona la rompió", le explicó un lungo de bigotes a su mujer. Serrizuela es el mejor de lodos", gritó Ornar, colgado de un semáforo. Los que ponían la pausa aportaron algo de reflexión. Los elogios iban, entonces, para "la jerarquía de Simón" o "lo bien que jugó Troglio".

Donde no hubo diferencias fue en la institución de "San Goycochea", como vociferó un adolescente de Caseros con su cara embadurnada de celeste y blanco. Cada Mundial, se sabe, difunde modas. Los cornetazos de Alemania '74, los papelitos de Argentina '78. la "ola" mexicana del '86, se prolongan en los rostros embanderados de Italia '90. Los adolescentes llevan la delantera en técnica y prolijidad. "Tenés que mezclar crema facial con tempera del color que querés ponerle. Así te queda una máscara perfecta que aguanta un tiempo largo", instruyó Andrés de Belgrano.

De política poco y nada. Sólo un comentario de Oscar Giussiani, vendedor ambulante de banderas, gorros y vinchas, a cinco, diez y tres mil australes respectivamente. Portátil sobre la oreja, escuchó la confirmación de que al anochecer el ministro de Economía iba a efectuar anuncios. "Que no hable nada, que no aprovechen que esto nos levanta la moral porque ellos desde el Gobierno nos están haciendo pomada. Y eso que yo no soy de la política: no me meto: siempre fui peronista, pero esto... Mamma mia..."

Un colega suyo, en Moreno y Lima, buscaba una explicación al bajo volumen de sus ventas. "¿Habrá pasado Menem por esta esquina?", increpó a un contingente de Caseros y dividió aguas. Para una mitad, el triunfo de la Selección casi simultáneo con el cumpleaños del Presidente, lo aleja de la fama de jettatore. Para el resto, no hay más que confirmaciones. "Está clarito, loco —se desaforó Daniel, de Patricios—, desde que Méndez se fue de Italia la Selección no perdió nunca más."

En Pellegrini y Corrientes, epicentro de la celebración, la multitud se mofaba de rivales, pasados o futuros. "Despacito/ despacito/ les rompimos el culito", destinaron a los yugoslavos: "el que no salta es un inglés", a los británicos y sólo insultos a los italianos. Por ese enjambre pasó un móvil de Canal 9. Una patota adolescente le arrebató el micrófono y extensos metros de cable alargador. Forcejeos, varios al suelo y los jóvenes que se quedan con el botín de guerra, para remedar a "Nuevediario" y "jugar a José De Zer". Un rubio, de vincha, preguntaba a sus amigos: "Y usted... ¿Por que roba?" La atención del resto se desvió rápidamente hacia su derecha: acababan de chocar un Peugeot 404 y un colectivo de la linea 5. Más insultos: mas forcejeos y otra vez el "Dale campeóoon" para tapar todo.

* Nota publicada en Página/12 durante el Mundial de Italia 90.

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