Entrevista a Ángeles Maribel Helguera, nueva coordinadora de la Subsecretaría de Género de esa fuerza

Una mujer trans en el Servicio Penitenciario Bonaerense

La Subsecretaría de Género del Servicio Penitenciario Bonaerense tiene una nueva coordinadora, se llama Angeles Maribel Helguera y es trans. Su nombramiento es un avance en la representatividad trans y también es un gran desafío. La población trans viene siendo históricamente una víctima de la violencia policial. SOY conversó con la flamante funcionaria y también con Katalina Martínez Yancha, una de las tantas travestis que experimentó la situación carcelaria.    

Hace una semana Ángeles Maribel Helguera estaba trabajando en la Unidad 45 de Melchor Romero en el sector de sumarios, su experiencia en el Servicio Penitenciario de la provincia de Buenos Aires lleva 15 años, tiene 35, es una mujer trans, tiene 3 hijos y juega a la pelota en la Liga de Fútbol Femenino Amateur de La Plata. El pasado 28 de junio, en el Día Internacional del Orgullo recibió el nombramiento como Coordinadora de la Subsecretaria de Género del SPB: “Es algo por lo que venía peleando hace tiempo, el reconocimiento de mi trabajo”, dice mientras transita los primeros días en un puesto sin antecedentes para las personas trans en el Servicios Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires.

¿Habías tenido contacto con los pabellones travestis y trans del SPB?

Yo no las conocía, pero ellas me conocían a mi. A partir del nombramiento fui a visitar el pabellón de Florencio Varela porque con la situación de la pandemia no pude moverme más. Las chicas ya sabían mi nombre, mi apellido, un poco más y hasta mi legajo. Hablé con ellas sobre los tratamientos hormonales, la salud y como empezar a desarrollar herramientas para cuando salgan no estén a la deriva.

Te tenían fichada. ¿Qué sentiste con eso?

Me metieron presión (risas). Pero fuera de eso las escuché, ellas no quieren nada especial ni de otro mundo, lo que quieren es que se respeten sus derechos, el domingo hicieron un acto chiquito por el Día del Orgullo, y a mi me gustó estar, para saber cómo se expresan, como se sienten y empezar a trabajar.

Hay 66 personas travestis y trans en situación de encierro entre los pabellones que abarcan el SPB: Sierra Chica, Florencio Varela y Batán, es una población que viene padeciendo una violencia sistemática a lo largo de toda su vida. Te espera un trabajo arduo. ¿Cómo vas a empezar?

Ahora estoy en la etapa de observación, voy a armar un equipo psicotécnico que pueda acompañar las vivencias de cada una, que se pueda entender si afuera tienen familia, si no, si tienen alguien que las visite, que también haya quienes puedan acompañar y sostener las consecuencias de esos hechos de violencia que seguramente padecieron. Yo tengo la experiencia de haber sido vulnerada por ser trans y creo que es posible que el sistema penitenciario se adapte a estas demandas.

¿Trancisionaste trabajando en el servicio penitenciario?

Si, yo comencé mi proceso de transición en 2012.

Debe haber sido difícil llegar un día a la Unidad siendo una femeneidad trans.

Fácil no fue, de hecho me pasó que me enteré de casualidad que existía la ley de Identidad de Género, yo estaba devastada, no aguantaba más y necesitaba hacer el cambio. Cuando la obra social me rechazó la hormonación me enteré de que existía la ley. Obviamente trajo repercusiones y consecuencias por el espacio en donde estaba.

¿Cuáles fueron esas repercusiones?

En ese momento yo era oficial de Servicio en Magdalena, primero se lo comuniqué a las personas que tenía a cargo y lo tomaron bien, después trascendió y “me gané” el traslado a San Martín. Ahí me ayudaron con los papeles y me empezaron a tratar como personal femenino del servicio penitenciario.

¿Cuánto paso desde que empezaste la transición hasta ese momento?

Seis meses fueron para el DNI, después la operación de reasignación de sexo tardó mucho más, empecé en el 2013 y logré que me la aprobaran en el 2017.

Tu nombramiento sale en un contexto en donde se viene exigiendo la aplicación del cupo laboral trans en la provincia y debatiendo la ley a nivel nacional.

El cupo laboral trans es importantísimo porque cuando ellas salgan el Estado las tiene que acompañar, porque si desde adentro trabajamos para poder brindarles herramientas y después resulta que no pueden hacer nada estamos trabajando en vano. Después existe un trabajo mas hacia adentro, el hecho de que yo estuviera en una institución carcelaria, obligaba a la gente al menos a pensar en la posibilidad de un cambio. Yo tengo un carácter bastante fuerte , llegaba un momento en el que frente a situaciones de enfrentamiento o había un acuerdo para pensar en una forma diferente o alguien se terminaba yendo de la Unidad. Muchas veces me fui y muchas otras me quedé. Me pasó de replantearme si quería seguir o no trabajando en el servicio penitenciario

¿Que cosas te hacían replantear esa decisión?

Ascensos que no llegaban, traslados, sanciones injustas. Son cosas igual que yo considero que están en el pasado. Hoy las cosas cambiaron

Tenés 35 años y hace 15 que entraste al servicio penitenciario ¿ Por qué te metiste?

Yo tenía un abuelo que era jubilado del servicio y sus tres hijos fueron policías, él siempre decía ¿por qué no tengo uno que se me haga penitenciario? Se la pasaba llorando por eso, así que yo le di el gusto. Pero entré teniendo una mujer conmigo, yo traté de evitar sentirme así, me auto discriminé, me negué, formé mi familia, tengo tres hijos, pero llegó un momento en el que no aguanté más

¿Había diferencia entre policía y penitenciario?

En esa época si. Los policías se peleaban con los penitenciarios.

¿Qué parte de tu experiencia como mujer trans puede construir una empatía con la presas?

Por ejemplo a mi para la reasignación de sexo me operaron en el Hospital Gutierrez de La Plata, yo se que el equipo médico de ahí estaría dispuesto a dar información e intercambio con el servicio de salud penitenciario, asesorar, que acá en el servicio se sepa que testeos necesitan y como acompañar. Yo tuve que pelear con la obra social por mi operación de reasignación de sexo, a mi me explicaron como era la ley de identidad de género, necesité de la defensoria del pueblo, entonces pienso en que es necesario poder compartir las peleas que fuimos teniendo.

La semana pasada le dieron la libertad a Katalina Martinez Yancha, mujer trans y migrante que estaba en el penal de Florencio Varela, había tenido diagnostico de Tuberculosis y se denunció a través de organizaciones sociales las falencias en el sistema de salud penitenciario

Modificar la estructura del sistema de salud carcelario lleva tiempo, pasó de todo y las personas trans lo sabemos, el desafío para mi es poder modificar esa estructura y hacer que tengan una vida mejor y los derechos que les correspondan dentro del ámbito carcelario.

¿En ese “pasó de todo” hay algo de tu historia?

Si, yo me crié en Olmos y hacía cositas, me vestía con la ropa de mis hermanas y jugaba con ellas a las muñecas pero también estaba todo el tiempo con la pelota. La pasé mal porque desde que tengo uso de razón me siento mujer.

Muñecas y pelota...

Desde que tengo uso de razón juego al futbol y me siento mujer. Las dos cosas fueron juntas. En las ligas masculinas jugué en clubes importantes, cuando transicioné armaba partidos en la Unidad en la que estaba, siempre con equipos de mujeres. En el 2017 me vió el entrenador de Villa Montoro que tiene equipo femenino que compite en la liga amateur platense y me llevo para allá. Ahora juego de volante.

¿Qué diferencia hay entre vos jugando en la ligas importantes masculinas y vos jugando en Villa Montoro?

Hay que entrenarse, no veo tantas diferencias. Si cuando jugaba en la liga masculina la palabra del entrenador era palabra sagrada y ahora no es tan así. 


MUCHO POR HACER 

Katalina Martínez Yancha, es mujer trans y migrante que recibió el diagnóstico de tuberculosis estando en uno de los dos pabellones para travestis y trans que hay en Florencio Varela. 

Desde marzo hasta ahora fue y vino varias veces del penal a los hospitales penitenciarios, pero tiene dos recuerdos que le llenan los ojos de lágrimas: uno es el día de su cumpleaños número 33 en abril de este año, lo pasó esposada de pies y manos en la cama del hospital “El Cruce” de Florencio Varela; el otro es el mes que pasó en el hospital de Olmos: “A veces me daban de comer y otras veces no, dormía y lloraba porque estaba amorracada. ¿Cómo te dormís si no te podés mover para ningún lado?”. Sus compañeras del pabellón 11 de la unidad le hacían llegar algo de comida y de vez en cuando podían hablar. Ellas mismas la habían acompañado y cuidado durante las primeras semanas: “la teníamos aislada, le cocinábamos las tres comidas y la cuidábamos para que sus pulmones quedaran bien limpios” cuenta una de sus compañeras de pabellón que prefiere no dar datos de su identidad. Katalina recuerda esas semanas con alegría: “eran las 9 de la mañana y las chicas ya me estaban haciendo el jugo de naranja con veteraba”. Veteraba es la forma de nombrar la remolacha que tienen en Ecuador, un país del que Katalina y su prima Naomi migraron hace 10 años, salieron por tierra y se instalaron en Chiclayo, pasaron por Trujillo y luego llegaron a Lima, trabajaron durante un año en Peru y luego partieron hacia Santiago de Chile, cruzaron a Mendoza y finalmente se instalaron en la ciudad de La Plata hace 7 años. El derrotero fue siempre conjunto, durante el tiempo de encierro Naomi iba a una vez por semana a llevarle agua, yogurt, sopa de pollo y arroz, en este último tiempo se la pasaba en los hospitales penitenciarios pidiendo partes médicos que nunca llegaban.

Hace dos semanas a Katalina le concedieron la libertad, casi 4 meses después de los pedidos de excarcelación debido al riesgo en su salud por el Covid-19. En marzo de este año, Katalina llevaba en la Unidad 32 de Florencio Varela 3 años de los 4 que debía estar presa, reunía los requisitos necesarios para no transitar la enfermedad encerrada, sin embargo esto no fue posible. Lo que padeció Katalina ya ha producido muertes y daños irreversibles en las mujeres trans y travestis privadas de su libertad en la provincia de Buenos Aires, “se trata de prácticas inter-institucionales que sistemáticamente ejercen violencia sobre mujeres trans y travestis detenidas en el servicio penitenciario de la provincia de Buenos Aires” dice Aramis, abogadx que viene acompañando a Katalina y que junto a activistas y organizaciones intentan darle visibilidad al caso, aunque tienen muy en claro que no se trata de una historia aislada intramuros: el años pasado fue Mónica Mego, una mujer trans peruana de 36 años que entró caminando a una cárcel y hoy está parapléjica; en el 2017, Pamela Macedo Panduro tenía veintinueve, también migrante peruana, murió de una enfermedad crónica cuya gravedad se profundizó por las condiciones de la Unidad 32 en donde estaba detenida.

“Si no nos ayudamos, el barco de hunde, en eso pensaba yo cuando estaba en esa celda fría del hospital que se supone que es un lugar en donde te tienen que cuidar”. Katalina pasó ese último mes sin ver la luz del día, acostándose muchas veces sin comer y soñanado con su libertad. Ahora esta con tratamiento ambulatorio para recuperarse completamente, mientras habla con esta cronista tiene a su madre desde Ecuador en una videollamada: “no para de mirarme, esta contenta de verme afuera. Yo también estoy contenta, estuve 3 años y seis días encerrada, me da pena que la libertad me la hayan dado desde el hospital y no desde el pabellón en donde estaban mis compañeras”.

La nueva Coordinadora de la Subsecretaría de Género del SPB comenzó con la tarea, las chicas ya vienen esperando desde hace mucho que las cosas cambien, como le dijeron a Angeles el día del orgullo cuando las visitó: “nada de otro mundo, que se cumplan nuestros derechos”. En tiempos de fragilidad que no le vuelva a pasar a nadie lo que le pasó a la Katalina, se vuelve una urgencia.

 

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