Reconversiones y changas para paliar la situación

La pandemia también afectó a las carpas y a la movida tropical

La carpa del Mono Yonar se transformó en un corralón. Muchos trabajadores se quedaron sin los ingresos que generan los bailes.
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Se acabó el baile  

Las “carpas” salteñas son para el Valle de Lerma tan típicas como el tabaco. Esos galpones de arquitectura minimalista y techo de chapa convocan durante el verano, y sobre todo para el Carnaval, a miles de familias y grupos de amigos de todas las edades que bailan al son de bandas, muchas de ellas locales, que interpretan música tropical o folklórica, o una fusión de ritmos a los que se los denomina tradicionalmente como “carperos”.

La fiesta comienza durante la tarde, en medio de una lluvia de harina y espuma de lanzanieves, de caras cubiertas de témpera y hojas de albahaca en las orejas, y se prolonga hasta después de la medianoche. Y aunque no son tan masivas en otras épocas del año, las carpas siguen convocando a sus fanáticos el resto de los domingos, sobre todo en fechas especiales, como el Día del Padre o el del Trabajador.

Sin embargo, esas fiestas populares quedaron suspendidas con las disposiciones dictadas para evitar la propagación del coronavirus, y así se quedaron sin ingresos cientos de trabajadores que vivían del movimiento que generaban.

Una de las carpas más conocidas es la del “Mono” Yonar, ubicada sobre la ruta provincial 36, muy cerca de la localidad de Rosario de Lerma. No hay que confundirla con otra famosa carpa, pero esta vez ubicada en Campo Quijano, cuyos propietarios son familiares del Mono, y que se denomina “El Fantástico Yonar”.

Con la llegada de la pandemia a este rincón del mundo, la familia Yonar decidió transformar la carpa de Rosario de Lerma en un corralón. “Nosotros pensábamos que (la prohibición de hacer fiestas) iba a durar unas semanas”, relató a este medio Sebastián Yonar, uno de los hijos del “Mono” que le da nombre a la carpa, y que también es propietario del boliche Tranzas Mega Disco. “Pero cuando iban pasando los meses y vimos que era imposible que vuelvan las cosas ahí nos pusimos a armar el corralón”, agregó.

En un mes, los Yonar acondicionaron 200 de los 1.000 metros de superficie que tiene el galpón donde la gente solía bailar para acopiar los materiales de construcción que comercializan. Para stockearse, usaron el dinero que habían logrado recaudar en la temporada de Carnaval, que fue muy buena.

El cambio de rubro les permitió absorber a parte de los empleados que tenía la carpa, pero no a la gran cantidad de personas que viven indirectamente de la realización de estas fiestas populares: iluminadores, sonidistas, músicos, choripaneros, cuidacoches, policías que hacen adicionales, remiseros. “Sobre todo los músicos quedaron en banda, y ahora andan vendiendo bonos”, se lamentó Sebastián.

“Ni bien se largue le vamos a tener que meter sábado y domingo para recuperar”, los alienta a los grupos musicales el “Mono Chuchuy”, propietario de la carpa La Florida, ubicada en el ingreso de la localidad de El Carril.

“Para mí la idea siempre fue mantener los grupos; vaya mucha o poca gente siempre tenía entre 6 y 8 grupos para darle trabajo a ellos”, rememoró Chuchuy. “Ahora los músicos están parados y ya está uno para un lado, otro para el otro lado, ya están desmantelándose los grupos y hay changos que están vendiendo los instrumentos”, se apenó.

Propietario además de un salón de fiestas en Chicoana, el “Mono” no se reconvirtió, aunque tiene intenciones de hacerlo. “Yo tengo ganas de poner acá un tipo comedor o una confitería, pero algo tengo que hacer”, reflexionó en voz alta.

La tradicional carpa cumplió 57 años en febrero pasado. Como suele ocurrir, su fuerte es el Carnaval, donde colma su capacidad para 2.200 personas, pero también abre el resto de los domingos del año, con un promedio de entre 300 y 400 personas.

“Ahora estamos viviendo de los ahorros que teníamos y tuve que sacrificar unas máquinas panaderas que tenía para pagar la luz, porque tengo un costo fijo mensual de 9 mil pesos, la utilice o no la utilice”, relató Chuchuy.

Las bandas carperas

“Agua y sol” es una de las tantas bandas vallistas que viven de las contrataciones por parte de las carpas, boliches y eventos familiares. Según Milton Guaymás, uno de sus vocalistas, nació hace 5 años en la localidad de La Viña porque querían que su primo, que por entonces tenía 11 años, se perfeccionara en el arte de tocar el acordeón.

“Un día un productor que organiza bailes nos ofreció un lugar. Empezamos tocando chamamé y la gente nos pedía más. Como el chico escuchaba cumbia carpera, empezamos a tocarlo y el día menos pensado nos empezaron a llamar de las carpas grandes y boliches”, recordó Milton en diálogo con Salta/12.

Lo que era una diversión, se transformó en el ingreso principal para muchos de los integrantes del conjunto que se caracteriza por subir al escenario vestidos de mujer, y una ayuda económica importante para quienes vivían de otras “changas”.

Antes de que la pandemia se lo impidiera, Agua y Sol recorría “ranchitos” en los lugares más remotos, para entretener en los eventos familiares o religiosos, además de formar parte de la agenda de grandes carpas y boliches. Según Guaymás, salían todos los jueves de sus casas y volvían recién el domingo.

Además, preparaban una gira por la Patagonia, por boliches de Buenos Aires (pensaban tocar también en el mítico programa de televisión “Pasión de Sábado”), además de las provincias vecinas. Con el dinero de esa gira, Milton pensaba terminar su casa y otros integrantes del grupo iban a cancelar deudas.

Pero la pandemia truncó esos proyectos. “Ahora la mayoría sobrevivimos con el IFE (por el Ingreso Familiar de Emergencia), y salimos a hacer changas en el tabaco, en el ají, en el campo con los animales”, contó el vocalista de Agua y Sol.

La prohibición de realizar espectáculos y bailes también arruinó los planes del Cuarteto Wanabara, la banda de música tropical de La Merced que el jueves pasado cumplió 50 años. “Pensábamos hacer teatros y bailes en el Valle de Lerma”, se lamentó Carlos “Pato” Guantay, uno de los fundadores de la banda. El tecladista de 71 años explicó que ahora están ensayando para reemplazar los festejos presenciales por una transmisión a través de internet.

El Cuarteto Wanabara ya tiene 7 integrantes. “Éramos 4 pero la familia se agrandó y somos una banda familia”, explicó Pato. Antes del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio tocaban en boliches, carpas, cenas, en la tradicional fiesta de la Virgen de Urkupiña o “de donde nos llamen”. “No había un fin de semana que no esté tocando viernes, sábado y domingo”, rememoró.

Los integrantes del Cuarteto Wanabara no viven exclusivamente de la música. Pato y otros 3 integrantes son jubilados, pero también hay policías, un peluquero y un talabartero. “La banda nos ayuda mucho, es un ingreso más, nos sirve para el mantenimiento de la casa porque la plata hoy en día no te alcanza”, se quejó.

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