Séptimo piso                                                                                                                        

Elegir el traje. Y la corbata. Y avisarle a Marta que los descuelgue.

Dejar que los apoye primorosa sobre la cama. Cama enorme. King size. Gigante para un hombre solo que acepta compañía los fines de semana. Cuando no hay portero. Ni ayudante.

Mirar el traje sobre la cama y mirar a Marta cuando se retira. Jamás de frente para que no lo note. Aunque quizá ya lo sepa. No note que miro sus zapatos. Y sus medias. Esas medias de colorinches que no sé donde las compra. Y que adora. Y que adoro. Que son disonantes. Y que, como coya que es, luce con orgullo.

Envidio esas medias.

Y ese orgullo.

Marta deja los gemelos que sacó del cajoncito del chifonier. Sus manos oscuras ennoblecen la plata. O al revés. Marta no sabe que me gustaría preguntarle donde compra esos esmaltes rojos, tan rojos que sangran en esas uñas largas, prolijas, pintadas.

Y tampoco sabe que amo y odio esas manos. Tan parecidas a las de mamá.

Mamá... Ella sabía.

Ella en mi memoria sagrada.

Ella es mi memoria sangrada; como sus uñas rojas.

Y ahora Marta.

Recuerdo su dedo, tenso, asesino. ¡Vas a ir o vas a ir! Y te vas a hacer bien hombre. Y si te patean ¡nada de llorar! Y si te sale sangre te la chupás como todos los pibes. Y a ver si alguna vez venís festejando un gol y entrás a los gritos y sudado, a esta casa sin hombres.

Decía sin hombres y me miraba alzando una ceja. Y su ojo, estoy seguro, lagrimeaba vergüenza.

Y sangre.

Sangre roja, como sus uñas rojas.

Ellas con sus uñas y yo con mis corbatas.

Emblemas. Baratijas. Embustes que esconden miedos.

Corbatas de doctor. Neutras. Aburridas. Impostadas. Impostado.

Adelante, doctor. Después de usted, doctor.

Ese gesto avieso en los encuentros de cada ascensor, de cada día. Esa reverencia. Ese movimiento con la cabeza y esa miradita extraña. Esa que no distingo bien si es para robar una consulta en el recorrido o para sentenciar...se te nota, se te nota...

La clínica, los consultorios, el quirófano.

Y las enfermeras, peleándose por un roce. Una preferencia. Una movida que refrende ese chiquero. Esa jerarquía de gallinero. Entre médicos manoteadores y enfermeras que, de tan sometidas, ya esperan el roce. Ese roce que les dé escalafón. Posición.

Y yo sin tocarlas.

Maldita rutina de cada día.

La corbata que ahorca. El saco que pesa. El gol que nunca vino.

Y vos.

Cada fin de semana. Manso. Sumiso.

¿Qué esperás de mí?

¿Cómo consentís que te rebaje a una planilla de horarios y descansos de un portero y su ayudante?

Yo no lo toleraría.

Quizá sea verdad que me ames.

Te escucho cada vez que me lo decís. Y leo tus ojos de cuencas llorosas cada vez que no te contesto.

Pero no puedo explicarte que soy sólo un doctor. Que el hombre, el que vivió en mí, murió el día que mi madre me echó de casa a los gritos:

¡Desaparece de mi vista, puto de mierda!

Y me constituí otro.

Tan otro que no me pertenezco.

Otro que no se conmueve por nada

Ni nadie lo conmueve.

 

Excepto Marta.

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