La impotencia que se juega en un hombre en los lazos de amor

Sustraer el deseo y apostar al goce

Llegar al tiempo de la adultez con algunas presentaciones de la potencia, a veces no es un simple y llano ejercicio de poder, sino el recubrimiento de su contrario, la impotencia – poco soportable entre los atributos de la masculinidad – que se juega, para un hombre, en los lazos de amor. Algunos varones, no sólo entre los adolescentes, sino post-adolescentes o adultos que viven una especie de adolescencia tardía, viven sus relaciones con sus partenaires sexuales de un modo efímero, allí donde ninguna mujer deja marca, o hace mella en el plano del amor.

Podría decirse que se instalan en cierta maraña de relaciones en las que saltan de un encuentro a otro, de una relación a otra. El mercado también aporta sus garantías a partir de las cuales parece reunirse cierta complementariedad. Alguien podría allí pensar en construir el Otro sexo a la medida, una mujer “de ocasión”, en este caso, una suerte de respuesta singular a lo oscuro de ese objeto de deseo. La mujer que no existe, cobra allí consistencia.

Más allá de las particularidades o del tipo clínico al que rápidamente podríamos vernos tentados a presumir, en estos casos puede leerse una relación al “tener” particular. Tener a todas las mujeres que hagan Una, encubre un “no estar con ninguna”.

Lacan decía que las mujeres no hacen conjunto, se cuentan una por una. Pero ¿qué ocurre cuando se encuentra con la excepción? En este empuje por dar consistencia a La-mujer, un encuentro azaroso viene a romper con todos los semblantes de la potencia. Allí puede emerger el amor o la angustia, o ambas. La angustia como respuesta a ese encuentro inesperado, fortuito, contingente, del amor.

El amor fragiliza de tal modo que suscita la emergencia de la angustia. Angustia que no es sino de castración, temor a perderla, a no poder con ella. La impotencia aparece denunciando el deseo.

La relación a Una mujer en la que la insatisfacción angustiante quede develada, donde la contabilidad del falo no alcanza, puede derivar, en otra vía, en el horror de la impotencia. La angustia brota del fracaso de la solución sintomática.

No es menos importante considerar un rasgo de época, cierto empuje a un “poderlo todo, o todo es posible”, en la cual los lazos se hacen cada vez más efímeros, menos sostenidos, donde las relaciones con el otro se convierten en una prueba de ensayo y error. Fácilmente se puede garantizar la potencia químicamente, sin vestigios de si allí hubo o no deseo, quizás para preservar el goce por sobre el erotismo, es decir, donde lo que se resta, se sustrae es el cuerpo afectado a un deseo por una mujer.

Desde la aparición del viagra, los usuarios dejaron de ser los hombres de 60, quienes encontraban un artilugio ante la pérdida de la potencia, para pasar a ser cada vez más los jóvenes, los adolescentes, quienes no quieren siquiera experimentar el riesgo de verse afectados por el erotismo, sino que resguardan el deseo para preservar el goce, aun cuando eso supone restarse subjetivamente del acto, es decir, allí donde las escenas transcurren sin la presencia del deseo.

*Psicoanalistas.

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