Leía regularmente lo que Rosario escribía y mandaba desde La Pampa, esa especie de diario de las prácticas en las que ocupaba su vida de reclusa. Pintura, tejido, jardinería, canciones, escritura, cocina, manualidades, transcripciones musicales: en la prosa de Rosario, todas estaban al mismo nivel, merecían la misma atención, inspiraban la misma intriga, producían la misma expectativa: ese suspenso doméstico, íntimo, que destilan hasta los procesos más cotidianos cuando se los sabe mirar, cuando se los mira de cerca, cuando se los mira como si fueran prodigios. Algo de esa fidelidad devota al hacer (porque esas cosas, nobles o nimias, eran quehaceres, una palabra que Rosario parecía repatriar de Puig o simplemente redescubría cada vez que pasaba tiempo en la casa familiar de Santa Rosa), que sus textos detallaban pacientes, con un regocijo sereno y una extraña emoción, me hacía pensar que era indestructible. En la entrada del 2 de febrero hablaba de un collage en papel de calcar que iba a intervenir, unas piezas de guitarra en las que trabajaba, un cuadrado de lana verde inglés que quería destejer. Hablaba del olor del lienzo nuevo, crudo, que le había hecho acordar a su madre y a un novio pintor. El 7 le escribí por Instagram: “Me hizo llorar tu diario del domingo. Quién pudiera escribir, recordar así”. “Qué lindo, Alan, me alegra la mañana”, me contestó. “Tenés una manera increíble de describir lo que hacés: práctica, método, búsqueda. Todo es extremadamente preciso y claro. Eso es muy conmovedor, también. El amor de la práctica. A mí me viene alegrando el día tu texto (son las 5.37 en Berlín)”. Me escribió: “Besos, Alan, gracias por tus palabras”. Yo quería hablar; ella se despedía —pero, cortés como era, tampoco quería dejarme colgado. Me acuerdo que tuve la impresión de que se metía en una cueva, como un animal herido, de la que ya no saldría. Pero cada vez que la leía contando cómo componía, pintaba, ponía unos estantes, dibujaba, cosía, plantaba cosas, escribía, mis sospechas y temores se disolvían: sólo quedaba ese entusiasmo, esa excitación, esa inocencia puestas al servicio de ver qué pasaba si (usaba tal o cual tono, combinaba materiales o colores, etc.). Había algo en la relación de curiosidad que tenía con el mundo que me parecía incompatible con la enfermedad y con la muerte —incompatible radicalmente, por naturaleza. No fui el único, por suerte —también para mi admiración, porque nadie encarnó tan bien como ella una relación ideal, a la vez agradecida y justa, cien por ciento anticomplaciente, con la admiración que le profesaban los otros—, pero Rosario me flechó la primera vez que la vi. Era la protagonista de Doli vuelve a casa, el corto de Martín Rejtman. Tenía 21 años: no era nadie y ya era una estrella, la estrella de todos los que odiamos el estrellato: rápida, inteligente, llena de talento — un talento insólito, a la vez salvaje y austero, lacónico y temerario, que no conocíamos ni sabíamos que podíamos encontrar en alguien tan “como nosotros”. Pero lo que más enamoraba de ella (alguien, creo que Nicolás Zuckerfeld, usó esa palabra en un posteo de homenaje, y la usó como muchos la habíamos usado hace unos meses para decir que estábamos enamorados de Anna Karina, que acababa de morir) era el modo en que cambiaba con el tiempo. Rosario sabía cambiar. Era de hecho lo único que le interesaba saber. Entraba en lo que no conocía despacio, con delicadeza e intrepidez, convencida de que si había algo que hacer habría ahí un lugar para ella, para su amor práctico, de artesana. Pasaba de una cosa a la otra, un arte a otro, una banda a otra, una vida a otra, sin renunciar nunca a nada pero sin avidez, como si cada nueva cosa fuera la continuación de la anterior por otros medios, y se llevaba consigo, de sí, de la artista que había sido en la dimensión que por un momento dejaba en suspenso, ese núcleo de sensibilidad dura, alerta, extraordinariamente perspicaz (ese rosarismo), que le servía para abrirse paso por el nuevo mundo y ser otra. La vi empezar a escribir notas periodísticas, edité sus textos en Página/30, textos contemplativos, colgados pero siempre precisos, crónicas fumadas que brillaban en la revista como gemas traspapeladas, vi de primera mano las ganas increíbles de “aprender a escribir” que tenía, ella, que venía de actuar, de la música, vi cómo en esas ediciones que me agradecía no veía tanto “enseñanzas” como posibilidades, chispazos, programas de aventura que le ofrecía una práctica que todavía no dominaba y por eso, sin duda, la entusiasmaba tanto. La vi convertirse en lo que fue en los últimos tiempos: un genio del método, como todos los grandes artistas, que no inventan tanto cosas como maneras de hacer. Parece que hace unos años, cuando preparaba “canciones a pedido”, la conferencia que dio en el ciclo Mis Documentos, hablaba de un método para componer canciones absolutamente fascinante y absolutamente incomprensible, que sólo podía servirle a ella. Me cuentan que se había ido a Santa Rosa en diciembre pasado, a pasar las fiestas con su padre y recuperarse del tratamiento. Se fue quedando. Vino la cuarentena y se quedó —a morir allá, quién sabe, con su papá, “millenial de 88 años”, como lo llama en su diario. Fue la persona más fotogénica que conocí. La única, en realidad, porque la suya era una fotogenia en vivo, presencial: su cara atraía toda la luz, el mundo se ponía contento cuando sonreía. 

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Esta columna forma parte de la Nota de Tapa de Radar, que se completa con los artículos de Martín Pérez , Mercedes Halfon , Susana Pampín y Marcelo Zanelli .