“No se vos, pero a mi/ me matan los recuerdos”.

Antes de ser una voz, Rosario Bléfari fue un grito. El grito bien al frente de una banda llamada Suárez, un grupo que arrancó tocando de espaldas a su público y terminó --cuatro discos más tarde-- mirándolo a los ojos. De “Morirían” a “Río Paraná” hay una historia que es la que va de esa boca bien abierta en un video de la trasnoche de MTV Latino en la primera mitad de los 90, al protohit que prácticamente selló el inesperado adiós de un quinteto (luego cuarteto) que comenzó apuntando a las estrellas y se despidió embarrado y a mucha honra, remontando la corriente y cantándole a las orillas.

Al comando de Suárez, Rosario fue sónica primero, alternativa después, rockera siempre. Pero a su manera. Y cuando se quedó sin banda, cuando --como ella dijo alguna vez-- todos seguro se estarían preguntando cómo se las arreglaría sola, supo abrazarse a las canciones. Esas que, disco a disco, aprendió a construir para el grupo: primero rodeadas de ruido, luego estalladas de guitarrazos al galope, y finalmente capaces de ser directas y llenas de futuro. “Sol o sombra, elija cualquiera”, como repetía de manera deliciosa en el contagioso, siempre soleado y jamás sombrío “Excursiones” .

Foto: Nora Lezano

El verso con el que abren estas líneas pertenece al último gran milagro musical de Rosario, su dúo junto a Julián Perla, bautizado como Los Mundos Posibles, que tiene un único y encantador disco, capaz de devolverle la fe a cualquier creyente desencantado de la música. Ese único álbum se llama Pintura de guerra , y contiene apenas 22 minutos de canciones perfectas, una de las cuales es “Condenados” , que contiene esa y muchas otras frases cotidianas e inolvidables, virtud compartida con las mejores obras que llevan a Rosario al frente.

Pero la primera vez que la protagonista de estos recuerdos que hoy se agolpan y empujan consiguió alcanzar semejante tierra prometida para su público y para sus canciones fue, justamente, cuando ella se imaginaba que todos se estaban preguntando cómo haría. Y lo que hizo fue simplemente ser ella misma. Ser canción y nada más. Lo sé porque tuve la suerte de estar ahí, y quedar simplemente deslumbrado. Rosario Bléfari presentó las canciones de lo que sería su primer disco solista propiamente dicho en el sótano de Belleza y Felicidad, usina de la posmodernidad artística porteña, pero siendo ferozmente moderna de tan clásica. Sin amplificación, y rodeada de un puñado de músicos con instrumentos acústicos, cuando los 90 ya habían terminado hace rato y se desperezaba un nuevo siglo, los temas de Estaciones sonaron aún más perfectos, despojados y románticos que lo que jamás se había permitido hasta entonces su autora e intérprete. 

Algo nuevo hizo aparición en esas noches, algo que dejaba sin aliento, y era poder ver por primera vez la clase de artista que era la autora de esas canciones cuando se decidía a ir a fondo, a mostrarse tal cual podía ser. “Yo creía que sabía nombrar lo que quería/ pero cuando apareciste/ no alcanzaron las palabras que tenía”, canta Rosario en “Convicciones” , uno de los temas que presentó aquellas noches, y esa fue la sensación que despertaron aquellas veladas de estreno.

De cara a una nueva época, la cantante al frente del grupo que tocaba de espaldas demostraba ser capaz de despojarse de todo. A partir de entonces su música se liberó de toda etiqueta, de la misma manera en que también después volvería a ser rockera si el ánimo o la ocasión lo requerían, pero no como escondite sino como estandarte, como estado de ánimo, como volver a casa.

“Probamos la misma miel/ y cómo nos gustó”

Tengo que pedir disculpas porque se me agolpan las palabras. Sé que este relato se apura aquí y se demora allá, pero siento que la mejor forma de intentar abarcar como corresponde a alguien como Rosario es permitirme hacer como ella: en vez de intentar ir tema por tema dejar que todo se escriba al mismo tiempo. O al menos intentarlo. Tal como parece invitar el verso de acá arriba, inicialmente incluido en el poemario La música equivocada , pero que finalmente encontró su lugar en el disco de Sue Mon Mont : un seleccionado de músicos del último rock argentino --formado por integrantes de grupos como El Mató un Policía Motorizado o Los Reyes del Falsete-- que aceptó orgulloso jugar para ella, tendiendo un puente entre la última década del siglo pasado y la segunda de éste. Pero sin nostalgia, puro presente, confirmándola como referente generacional y --siempre-- alternativa.

Uno de los primeros recuerdos creativos de Rosario en la noche porteña se remonta a los 80, y se trata del grupo de happening teatral Los Concretos, bautizado así por el pedido de Omar Chabán para su debut en ese cuartito que era el proteico Café Einstein: “Sean más concretos”. Aplicando ese mismo reclamo de concreción a estas líneas, me atrevería a decir que Bléfari debería haber sido abanderada, tal vez junto a Palo Pandolfo y Francisco Bochatón, entre los herederos naturales del rock nacional si los nuevos tiempos hubiesen sido igual de populares, capaces de superar los límites naturales del género, como la realidad que vivió la generación anterior, la de los Ceratis o Calamaros. Pero los 90 --y después-- terminarían siendo tiempos de grupos, de Piojos o Babasónicos, de embanderados capaces de ir a sonar y conquistar cualquier casa ajena. Mientras que nuestra módica santa trilogía de genios musicales terminaría cantando una y otra vez para sus conversos, humildes spinettas de su propia tribu fiel y encendida.

Si, ya sé, todos sabemos: Rosario no fue sólo música, también fue Silvia Prieto . Pero en algún momento terminaría aceptando que, si bien al comienzo se pensaba como una actriz que también tenía un grupo, finalmente la música era donde podía hacer todo lo que quería, y tal como quería. Creía que existía --y se podía percibir en pantalla-- lo que ella llamaba “la tristeza del actor”, que se producía cuando el intérprete ocasional no tenia ningún control estético sobre la película en la que actuaba pero aceptaba participar ante la ausencia de otras opciones. Si es por eso, se podría decir que Rosario nunca estuvo triste: siempre fue feliz y musical hasta las últimas consecuencias.

“Al ver cuando te vas/ subiendo la escalera/ cuando aplauden al final”

La canción se llama “Cuaderno” , está incluida en el disco Misterio relámpago , y habla también del deseo de que el interpelado esté presente por completo. No puedo dejar de tararearla y pensar en Rosario, que a sus tempranos 54 años ya no está. Quedan los recuerdos, que se multiplican en las redes. Todo el mundo parece tener un recuerdo suyo, y está bien que así sea. Quedan sus textos, y sus propios recuerdos, como la reciente evocación online de aquel cruce juvenil con Charly García, al que le mostró sus primeras canciones e incluso reveló que llegaron a grabar una juntos. “Nunca más lo ví ni hablamos”, escribió. “Me señaló que no usara el ‘tu’. Nunca lo usé”. Y también queda su música, que en el último tiempo --por suerte-- no dejaba de multiplicarse. En los últimos años había formado Los Mundos Posibles, Sue Mon Mont, el grupo con el que tocaba su repertorio --“el histórico”, lo llamaba con una sonrisa-- y hasta se había reunido con su grupo de siempre. Cuenta el guitarrista Marcelo Zanelli que antes de recluirse en La Pampa había puesto --no sin esfuerzo-- las voces en tres temas nuevos de Suárez, que pronto se podrán escuchar: uno suyo, uno de ella y otro firmado por ambos.

Cuando eso suceda, cuando Rosario vuelva a sonar al frente del grupo con el que la conocimos, terminará de partir haciendo el camino inverso a como llegó: de las orillas del río hacia el espacio profundo, dándonos otra vez inevitablemente la espalda, ya en camino de esa estrella solitaria, que siempre, pero siempre siempre, supo brillar para ella.

Y para nadie más. 

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Esta columna forma parte de la Nota de Tapa de Radar, que se completa con los artículos de Mercedes Halfon , Alan Pauls , Susana Pampín y Marcelo Zanelli .