El rechazo visceral a los sectores populares y sus líderes viene de antaño

Un odio histórico

Imagen: Leandro Teysseire

Salvador María del Carril, años antes de ser vicepresidente de la Nación y luego presidente de la Suprema Corte de Justicia, le escribió a Juan Lavalle para que abandone sus dudas respecto de fusilar a Manuel Dorrego "la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico... prescindamos del corazón en este caso... si no, habrá Ud. perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra, y no cortará las restantes". Lavalle tenía sus pruritos pero Del Carril lo tranquilizó "si es necesario mentir a la posteridad, se miente...". El 13 de diciembre de 1828 Lavalle fusiló a Dorrego. El odio en Argentina a los sectores populares levantiscos y sus líderes viene de lejos.

En el marco de la conmemoración del día de la Independencia, Alberto Fernández dijo “Vine aquí a terminar con los odiadores seriales” y los odiadores sintieron vulnerado su derecho a odiar y salieron a expresarlo en la calle y los medios. Las raíces del odio son difíciles de explicar pero muy fácil de identificar a lo largo de nuestra historia. Tal vez recorriendo ese hilo quede más nítida su forma.

El pobre siempre es bueno salvo cuando quiere dejar de serlo. Domingo Faustino Sarmiento escribió El Facundo en 1845. En pleno gobierno de Juan Manuel de Rosas quiso explicar las desgracias argentinas describiendo al caudillo Facundo Quiroga como la barbarie que impide el desarrollo de la civilización: “Facundo es un tipo de la barbarie primitiva… En todos sus actos mostrábase el hombre bestia aún… incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido”. Sarmiento construye esa disyuntiva que hoy leemos como grieta primigenia: civilización o barbarie. Por eso es que imagina un molde para la Argentina en dónde con educación podrán entrar muchos pero los que no entren deberán ser exterminados “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia”. En una carta le aconsejaba a Mitre: “no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”. En cada una de estas citas podemos ver reflejadas discusiones actuales.

Durante la llamada Campaña del Desierto en 1880, el discurso en la gran prensa y entre los políticos como Julio A Roca no era el de un agente civilizador sino más bien el de un ángel exterminador. Con motivo de la captura del cacique Pincén, Adolfo Alsina dirá “Pincén es un indio indómito y perverso, azote del oeste y norte de la provincia y jamás se someterá, a no ser que, por un golpe de fortuna, nuestras fuerzas se apoderen de su chusma. Si esto último no sucede, Pincén se conservará rebelde aún dado el sometimiento de todas las tribus hostiles. Es el típico hijo del desierto, indómito y salvaje por placer, por costumbre y por instinto”.

Unos años más tarde la amenaza vino desde las hordas plebeyas que votaban a Hipólito Yrigoyen. Los diarios lo calificaban como “El terror de los zaguanes de Balvanera”, “Terror epitalámico de las normalistas”, “Dios pardo”, “César mestizo, germanófilo y bárbaro”, “Mazorquero del arrabal” y hasta “Hijo natural de Rosas”. El mismo día del golpe de estado que lo desalojó del gobierno, en 1930, un grupo de enfervorizados fue a su domicilio particular en la calle Brasil, la saqueó y exhibió sus pertenencias, modestas por cierto, en la vía pública.

El peronismo fue objeto de estas prácticas hasta el paroxismo. La llegada de las multitudes populares a la Plaza de Mayo fue descripta como un aluvión zoológico y los participantes metonimizados como cabecitas negras. El caso de Eva Duarte es un capítulo central de la historia del odio en Argentina. Un odio que parecía inversamente proporcional al amor que le tenían las multitudes de trabajadores. Un odio del que no fueron objeto tremendos dictadores, ni asesinos seriales. Evita tocó una fibra, la insubordinación plebeya, que resultó imperdonable. “Viva el cáncer” escribieron en los muros cuando se enfermó, y cuando murió, los intelectuales más conspicuos perdieron todo pudor. En noviembre de 1955, Román Lombille le dedicó un libro: Eva, la predestinada, en donde se pueden leer frases como la siguiente: “Los recuerdos de su oscuro pasado en pensiones de cabaret-girls la transforman y le arrancan la máscara de bondad y generosidad, para mostrar el verdadero rostro sanguinolento y horrible de niña muerta que hay en ella...”. Toda la odisea del cuerpo de Eva hasta encontrar su sepultura definitiva muestra, con una claridad que abruma, hasta dónde ese odio está condimentado de un miedo ancestral.

Un momento casi insuperable de este recorrido por el odio ocurrió el 16 de junio de 1955 cuando un sector de las FFAA bombardeó y ametralló la Plaza de Mayo, matando a cientos e hiriendo a miles, con el objetivo expreso de derrocar a Perón. Los aviones llevaban la inscripción Cristo Vence. El golpe de estado se materializó tres meses después. La persecución a peronistas que se inicio en ese momento incluyó: fusilamientos; proscripciones de políticos, artistas, deportistas, intelectuales, sindicalistas y hasta el nombre mismo de Perón y Evita. La Corte Suprema avaló en un fallo estas prohibiciones.

La era de la Guerra fría trajo un nuevo tipo de sujeto a odiar: el subversivo. El gobernador de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura, Ibérico Saint Jean, dijo en 1977 «Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos».

Después de la dictadura estos discursos parecían superados pero sólo estaban dormidos. Ni siquiera se escucharon discursos de este tenor durante la tremenda crisis de 2001. Volvieron a aparecer con la llegada del kirchnerismo y se terminaron de desenfrenar en 2008 durante el conflicto del gobierno de CFK con las patronales del campo. Esta larga tradición de odio no es una rareza argentina, pero aquí tiene la particularidad de emerger con furia cada vez que son cuestionados los lineamientos básicos del orden. Aunque ese cuestionamiento sea leve, la política tiende a salirse del cauce de debates y se alinea en la descalificación absoluta. Cómo si la democracia argentina estuviera parada sobre una premisa: se puede discutir de todo menos sobre la desigualdad, quien lo hiciera pasa a ser una amenaza intolerable, un comunista, un ladrón, un asesino, la suma misma del mal.

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