Trazabilidad: la culpa está en nosotros

Imagen: Andres Macera

Todos los días escuchamos noticias sobre el COVID 19. Y entre todas esas palabras especiales que suenan, con las que nos estamos familiarizando. Las definitivamente tristes como “muertos”; las más o menos como “en observación” y las que deberían ser alegres como “recuperados” pero que en este contexto no resultan tan alegres.

Entre esas palabras que escuchamos todos los días hay una en la que nos interesa hacer hincapié: la trazabilidad.

En principio esa palabra nombra a los mecanismos por los cuales las autoridades sanitarias rastrean los posibles focos de contagio de un enfermo de covid-19. Imagino que le preguntarán al enfermo ¿qué hiciste? ¿con quién estuviste en los últimos días? ¿te cuidaste? ¿usaste barbijo? y preguntas así. Imagino que habrá quien pregunte onda ¿estuviste más de quince minutos a menos de un metro y medio o dos de distancia? ¡qué se yo cuántos minutos estuve a metro y medio y cuántos a un metro! No sé bien si me rocé, si lavé la plata antes de tocarla o las manos después de pagar. Después están los que hacen vida “normal” como si nada hubiera pasado. O sea, la trazabilidad es difícil.

De todos modos, la idea es registrar todo lo que hacemos para reconstruir el camino del virus. Cómo llegó hasta donde llegó. Es por eso que dejamos nuestros datos en el bar, o en lugares de estadía duradera.

Se les pide (y a veces se les exige) a las autoridades que tracen el hilo de los contagios. Y lo bien que está. Pero si hacemos un acto de sinceramiento, nos haremos una de las clásicas preguntas argentinas: ¿y por casa cómo andamos?

En principio, trazar un hilo de contagios debe ser tan sencillo como que un par de medias haga su circuito “cajón-uso-canasto de la ropa-lavarropas-soga-cajón”. 

Bueno…

Sabemos que no es así. No pasa eso. Salvo en la casa de los obsesivos, pero no hablemos de ellos, demasiado tienen con su mal.

Encontramos una media en el cajón y ese sería nuestro “hisopado positivo”; ahora comienza el momento de la trazabilidad propiamente dicho. ¿cuándo entró al lavarropas? y cuando entró ¿entró el par, o entró sola? Desandamos el camino, del cajón de la ropa para atrás, sería el montón de ropa limpia, el cajón de otro habitante de la casa. Nada. Más atrás, al canasto de la ropa (sabiendo que no sería ideal el sistema mixto de limpio-sucio, pero ya estamos movidos por un interés epidemiológico, de saber dónde está. Abajo de la cama, tampoco está. No queremos decirlo para no darle la razón a nuestra pareja que insiste en cuestionar nuestro desorden, pero estamos en una situación de circulación comunitaria de medias. Pero eso es bueno porque cuando decimos “circulación comunitaria”, ya nadie tiene responsabilidad de nada y nada se puede hacer para evitarlo: hay lugares donde faltan medias y lugares donde sobran medias.

Pero salgamos de lo doméstico y lo individual y pasemos a lo colectivo y lo laboral. Veamos el caso de los pen drives en las oficinas. Llega un pen drive de un cliente/proveedor con determinada información o contenidos. En este caso el circuito sería “cliente/proveedor-receptor-descarga-“cosito de los pen drives”-cliente/proveedor”. 

Todo muy bien hasta que…

Llega el cliente/proveedor a pedir su pen drive. Y ahí nos ponemos -todos en este caso- en #modo Trazabilidad. Cuándo lo trajo, quién lo recibió, donde lo descargó, ¿por qué no está en el cosito de los pen drives? Esto genera nuevas dudas. ¿Seguro se descargaron esos archivos? ¿El pen drive estaba identificado? Si la respuesta es “Sí” la falibilidad del sistema queda en flagrante evidencia. Circulación comunitaria de pen drives = nadie fue.

De todos modos, seamos enérgicos en esto: la pérdida de medias o pen drives en el hogar y la oficina no debe minimizar la responsabilidad de las autoridades en el cumplimiento de sus funciones. No se hicieron votar para esto, pero es lo que les tocó.

Un dicho que no sabemos dónde se originó dice que “un país es como una casa”. Mucha gente cree que cuidarse es darle el gusto a las autoridades o es algo que va en menosprecio de su libertad.

--Pero oiga --dirá el ciudadano argentino que tiene la autoestima cívica de un ateniense de friso-- ¡Yo no soy la media o el pen drive de nadie! ¿usted sabe quién soy yo?.

A esta otra pregunta clásica (sobre esto, Guillermo O’Donnell escribió un artículo que es un clásico de la sociología, googleen), vamos a dar una respuesta bien argentina: a mí qué me importa quién sos. Cuidate.

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