Monetarismo y puja distributiva en contexto de pandemia

¿Son los salarios los culpables de la inflación? 

Es importante visibilizar e identificar hasta donde el pensamiento ortodoxo se ha instalado incluso en sectores “progresistas”, que terminan sosteniendo falacias como que los trabajadores y sus organizaciones son los principales responsables de los aumentos de precios, en especial los de los alimentos.
"Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer."Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer."Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer."Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer."Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer.
"Un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción", explica Wainer. 
Imagen: Sandra Cartasso

En una reciente edición del Cash se publicó el artículo "Inflación, recesión y política monetaria" de Ernesto Bertoglio, quien expuso por qué, a su juicio, se requiere de una política monetaria expansiva y un aumento del gasto público en una situación de crisis como la actual a pesar de los riesgos inflacionarios. Para ello critica el enfoque monetario predominante, lo cual es muy valioso, ya que a pesar de sus falacias y de no haberse visto validado empíricamente, sigue siendo la visión predominante sobre las causas de la inflación. El problema está en los razonamientos esgrimidos, ya que no solo no invalidan el enfoque monetarista sino que agregan un argumento aún más preocupante: la causa última de la inflación estaría en la existencia de salarios por encima de su “nivel natural”.

Para el autor el “origen y consistencia (de la inflación) está en la puja distributiva, que comienza en la industria de alimentos para luego extenderse al resto de los sectores económicos”. Para llegar a esa conclusión sostiene que el precio de un bien es igual al tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlo, lo cual incluiría también al salario. En este último caso su precio debiera ser entonces el equivalente al precio de los bienes de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que incluiría productos indispensables que los trabajadores deben consumir para subsistir y reproducirse.

El problema se daría entonces cuando los trabajadores quieren “escapar a la inercia natural del mercado” demandando salarios más altos, lo cual activa la puja distributiva y “el precio de la CBA tenderá a ser más alto para que tienda a igualar al salario y restablecer el equilibrio de esta ley”. De este modo, cualquier desviación que tenga el salario por encima de su precio fijado por la CBA automáticamente generaría inflación. El aumento del precio de la CBA dispararía el incremento de precios del resto de los bienes y servicios porque estos serían “interdependientes”. 

En resumidas cuentas y en palabras del autor “mientras el salario promedio más por encima esté de la CBA, más tensión inflacionaria habrá”. En este sentido, la particularidad argentina sería que la fortaleza de sus sindicatos hace que la puja distributiva y, por ende, la inflación, sea más intensa.

Conceptos

Este tipo de razonamientos no solo tiene problemas conceptuales significativos sino que conduce a apreciaciones equivocadas que tienden a justificar políticas públicas con consecuencias muy nocivas en términos sociales.

1. De acuerdo con la teoría del valor, el tiempo de trabajo socialmente necesario no es igual al precio de una mercancía sino a su valor. El precio de las mercancías se encuentra relacionado con su valor, pero el mismo difiere de éste tanto por las distintas composiciones orgánicas del capital en las distintas ramas de la producción como, en el corto plazo, por la evolución de la oferta y demanda.

2. Si bien es cierto que el valor de la fuerza de trabajo es equivalente al valor de los medios de subsistencia que requiere el trabajador para reproducirse, estos están lejos de reducirse a un conjunto de alimentos (ingesta calórica) determinada con un único fin estadístico de elaborar un índice de indigencia. Las necesidades de los trabajadores para reproducirse como tales no se limitan a lo fisiológico sino que, como señalaba Marx, tienen un componente “moral e histórico”. Esto quiere decir que dichas necesidades varían en tiempo y espacio y dependen de las conquistas –o derrotas- logradas por la clase obrera en sus luchas e incluyen una serie de bienes y servicios que escapan a la mera alimentación (por ejemplo, transporte, servicios públicos, vivienda, vestimenta, equipamiento personal y para el hogar, actividades recreativas).

3. Suponer que el precio de los alimentos tiene una relación directa con la evolución de los salarios de los trabajadores implica considerar que la tecnología y las formas de organización de la producción son estáticas. El precio de los alimentos tiene estrecha relación con la evolución de la productividad media a nivel mundial en dicho sector (en lo cual inciden múltiples factores) y cómo la acción estatal entorpece o no el impacto de los precios internacionales en el mercado interno (por ejemplo, si hay barreras arancelarias o retenciones a las exportaciones).

4. De este modo, el precio de la Canasta Básica Alimentaria no se incrementa para restablecer el equilibrio de una “ley natural” porque aumentan los salarios. El precio de los alimentos puede subir si el aumento de salarios en dicha rama no va acompañado de un incremento de la productividad, y siempre y cuando haya una demanda que lo convalide, porque en caso contrario el aumento de salarios puede afectar las ganancias de la empresa pero no los precios. Pero, más alá de esto, el aumento de los precios de los alimentos en Argentina está dado fundamentalmente por dos factores que no tienen que ver directamente con el nivel salarial: la evolución de los precios internacionales de los mismos y el aumento de costos que puede provenir tanto de una devaluación del peso como del incremento de tarifas de los servicios públicos (electricidad, gas, peajes). El impacto de los precios internacionales y de la devaluación se da porque los principales alimentos consumidos por los trabajadores también se encuentran entre los principales productos de exportación del país.

5. El problema no es la existencia de sindicatos que eleven el salario por encima de su “nivel de equilibrio” (argumento utilizado en los años noventa para imponer las leyes de flexibilización laboral) ya que, siguiendo este razonamiento, en países europeos con sindicatos fuertes como Francia o Alemania la inflación debería ser más alta que en la Argentina (que obviamente no lo es). El problema es que la inversión productiva es insuficiente para incrementar significativamente la productividad porque la clase empresaria argentina no reinvierte buena parte de sus ganancias. La fuga de capitales es la otra cara de esta situación, fenómeno que no casualmente termina impulsando la devaluación del peso, lo cual alimenta la inflación. El por qué los capitalistas no reinvierten es otra discusión.

Shock

Pero no sólo son errados los argumentos esgrimidos por el autor para “refutar el monetarismo”, sino que, paradójicamente, termina reivindicando dicha visión al afirmar que “un shock de liquidez en el bolsillo de los trabajadores” posibilita que las grandes empresas alimenticias aumenten el precio de la CBA, acotando que no hacen esto “por maldad” sino porque los empresarios “entienden que existe una oportunidad que no están aprovechando”

Este razonamiento echa por tierra el propio argumento esgrimido anteriormente de que los precios de los bienes serían equivalentes al tiempo de trabajo socialmente necesario, dado que en última instancia los precios responderían al “costo de oportunidad”.

Por último, supone que el incremento de la base monetaria dado a partir de las medidas tomadas para contener la crisis de la covid-19 aún no ha circulado y que cuando esto suceda -que sería cuando termine el período de aislamiento social y la actividad económica se normalice- se va a generar una fuerte tensión inflacionaria. Ello sería porque, en una visión completamente subjetivista, los empresarios se “darían cuenta de la existencia de un excedente monetario en circulación” e intentarán “quedarse con ese adicional incrementando los precios de aquellos bienes cuyo consumo no podemos evitar: los alimentos”.

Aquí no solo retoma el argumento monetarista de las causas de la inflación (a mayor emisión, mayores precios) sino que supone que, por algún motivo que se desconoce, la mayor emisión monetaria para asistir a trabajadores y empresas en el marco de la pandemia aún no habría circulado. De este modo, por ejemplo, los beneficiarios del IFE no habría utilizado el dinero percibido para realizar consumos básicos o lo mismo para los ATP que el gobierno depositó en las cuentas sueldo de los trabajadores formales. 

En primer lugar, debe señalarse que los precios de los alimentos siguieron incrementándose (17,2 por ciento entre diciembre de 2019 y junio de este año) y que los menores niveles de inflación en comparación con el año pasado se deben principalmente al congelamiento de las tarifas y a la relativa estabilidad del dólar por los controles cambiarios

En segundo lugar, con un consumo tan deprimido y una industria trabajando a la mitad de su capacidad, un incremento de la demanda no debiera traducirse necesariamente en un incremento de precios sino de la producción

Identificar

El verdadero riesgo inflacionario viene por la tendencia hacia la dolarización del excedente que ejercen aquellos que han logrado mantener o incrementar sus ingresos (por ejemplo, empresas dedicadas al comercio electrónico, bancos, supermercados, grandes productores agropecuarios, industria química y farmacéutica). Ello genera demanda de divisas que presiona sobre los tipo de cambio paralelos y que, al ampliar la brecha con el oficial, incrementa la presión por una mayor depreciación de la moneda o bien puede impactar de manera directa en los precios de bienes que no puedan ser importados al tipo de cambio oficial.

El autor termina la nota afirmando que dado que es necesario incrementar el gasto público en el contexto de aislamiento, la única manera de evitar un posterior desborde inflacionario sería a través de “los controles de precios y la tarjeta alimentaria”. Es decir, termina abandonando toda referencia a la teoría del valor-trabajo: finalmente el incremento del gasto no solo generaría inflación sino que con la voluntad del soberano se podría imponer la producción de bienes a un valor menor que al tiempo de trabajo socialmente necesario, generando el fenómeno de que las empresas produzcan aún si dan pérdida. Tampoco se ve cómo la asistencia a través de la tarjeta alimentaria podría tener una incidencia sobre los precios de los alimentos, ya que no interviene en su producción sino que es un medio para adquirirlos. 

En definitiva, es importante visibilizar e identificar hasta donde el pensamiento ortodoxo se ha instalado incluso en sectores “progresistas” que terminan sosteniendo falacias como que los trabajadores y sus organizaciones son los culpables de la inflación.

* Andrés Wainer es Investigador del Área de Economía y Tecnología de la Flacso y del Conicet.

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