La imagen de tapa del libro es una pintura de la artista plástica suiza-italiana radicada en Méxito, Manuela Generali. Un óleo sobre tela de un primer plano de un barco, esos barcos que cuando era chico Jorge Boccanera imaginaba edificios, como “rascacielos que entraban y salían del puerto”, dice. El libro se titula Tráfico/Estiba; el puerto es Ingeniero White, donde empezó todo hace 68 años, el paisaje constitutivo del núcleo emocional de una poética extraordinaria, ahora reunida en esta antología publicada por el sello de Bahía Blanca, Hemisferio Derecho. Se la presenta como Suma poética y reúne libros editados entre 1973 y 2016: Los espantapájaros suicidas, Noticias de una mujer cualquiera, Música de fagot y piernas de Victoria, Poemas del tamaño de una naranja, Sordomuda y Monólogo de un necio entre otros, y el anexo “La poesía es un mal necesario”, con letras de canciones.

Tráfico/Estiba comprende más de cuatro décadas de un trabajo singularmente visual. Así desplegado, el corpus descubre una trama en la que conviven armoniosamente el apunte amoroso, lo circense, el absurdo, el afán lúdico, la erótica, lo social y la palabra aplicada a la música. Como señaló José Saramago, “no hay espacios vacíos en la poesía de Jorge Boccanera. Cada palabra extiende la mano hacia la siguiente, la agarra con firmeza, de modo que la intensidad de sentido se ve duplicada y luego se multiplica en un crescendo continúo”.

Como fue dicho, muchos de los materiales que maniobra Boccanera son envasados de origen; provienen de ese White determinante –parafraseando a Saramago, su “presente continúo”- que diseminó sobre su poesía la melancólica dinámica del encuentro y el desencuentro, el desarraigo, el azar. “Siempre fui muy curioso. De chico veía cómo el azar es clave en los puertos. Como ocurría con esos inmigrantes europeos que tenían pasaje a Nueva York o San Pablo y terminaban en Buenos Aires. O el tipo que se emborrachaba en la cantina de la esquina y el barco se iba sin él. Me interesa eso: el viaje, los destinos”, dice.

De su infancia recubierta de salitre se recorta, fundamental, la peluquería de su abuelo. Fue el escenario de un teatro revelador. Allí se cortaban y rasuraban personajes de paso, navegantes torvos que contaban historias de cantinas, peleas, burdeles, amores. Esa sala de espejos, navajas y sillones es el Rosebud al que Boccanera vuelve a trepar una y otra vez, obstinadamente, como el caballo que tira siempre hacia el palenque. Observaba todo mientras leía las historietas apiladas en el revistero. “Esa fue mi primera formación. Como la peluquería quedaba delante de casa, yo creía que los que se cortaban el pelo y se ponían a conversar con mi abuelo eran visitas”, apunta.

Cuando murió su abuelo, y pudo procesar todo lo que representó esa partida, escribió “El peluquero”, uno de sus más hermosos poemas, que comienza así:

"Asentaba navajas en un listón de cuero,

porque era su trabajo arrancarle a los rostros

sus animales muertos.

Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.

Su navaja pulía aquella superficie,

rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo,

¿afeitaba al espejo?"

El humus se completa con un padre cantor de orquesta que utilizaba el seudónimo de Roberto del Mar. Era la cabeza de una familia totalmente musical. A los tangos del padre se sumaba el folklore de su madre, riojana, una prima que interpretaba canciones litoraleñas, más otra prima que canta tangos griegos. “Y mi hermano, Marcelo, que sacó varios discos. Yo mismo me animé alguna vez a cantar. Pero al final me tiró más la literatura. En casa nos peleábamos por los cancioneros para hacer rondas de canto que acompañaban las tareas domésticas, los deberes, las mateadas, los cumpleaños. Mis influencias las ubico ahí, en las letras, sobre todo las de los grandes del tango como Manzi, Expósito, en las revistas de historietas y en mis primeras lecturas de Whitman, Vallejo, Miguel Hernández, José Pedroni y todo lo que cayera en mis manos”.

De ese puerto zarpó. Imposible el regreso. Tal vez, lo más cercano a un regreso sea la edición de Tráfico/Estiba, ese espejo empañado que lo retrotrae a las calles del sur. Después de la candidez infantil y los hallazgos adolescentes, como escribió su amigo Silvio Rodríguez, “se fue enredando en más asuntos”. Fue a Buenos Aires con la intención de estudiar Psicología, se anotó en la facultad, pero entre las demandas del servicio militar, el trabajo y la militancia política debió abandonar. Como si fuera el personaje de uno de sus poemas, cuando quiso darse cuenta ya estaba emprendiendo un viaje por tierra de seis meses a México en situación de huida y exilio, con estancias en Perú y Ecuador.

¿Qué significaron esos seis meses de, como diría Yupanqui, piedra y camino?

-Todo ocurrió muy rápido. A mediados de los 70 teníamos un grupo llamado El ladrillo. Recuerdo que Juan Gelman estaba con un pie fuera del país, perseguido por la Triple A, y que hicimos una reunión clandestina con él en una pieza que alquilaba en el Centro. El 1° de junio de 1976 el que se estaba yendo era yo, con una dirección en la sierra peruana que me pasó Roberto Santoro; allí me dieron cobijo poetas del grupo Primero de Mayo, laburantes, autodidactas. Pasado el mes en Perú, el gobierno militar implantó el toque de queda y salí en colectivo para Ecuador. Cuando llegué a México era otra persona.

¿Por qué?

-Para decirlo de alguna manera, llegué “latinoamericanizado”. En México me recibieron muy bien. Había muchos argentinos: Pedro Orgambide, Humberto Costantini, David Viñas, Alberto Adellach. Con ellos fundamos la editorial Tierra del Fuego. Luego conseguí empleo en las agencias noticiosas Informex y ANSA y fui secretario de redacción de la revista “Plural” fundada por Octavio Paz. Y no paré de escribir.

Como dice Diana Bellesi, la escritura puede ser un timón en el medio de la tempestad. Mientras denunciaba crímenes de la dictadura argentina, Boccanera fue enhebrando una vigorosa obra periodística y poética, que nunca dejó de ser política. Ocupó el espacio y tiempo que le correspondía. México D. F. era la puerta vaivén de exiliados de toda región. Boccanera hizo migas con Roberto Bolaño, con quien tenía ásperas discusiones estéticas y políticas (“yo lo llamaba El aristócrata”). Llegaron a escribir a cuatro manos y el argentino figura en Los detectives salvajes como ‘Fabio Logiácomo’. También frecuentó a Julio Cortazar, con quien coincidió en Managua en el apoyo a la revolución sandinista, y a Ernesto Cardenal. “Me quedaron muchos amigos en Nicaragua. Fueron años muy intensos”.

¿Cómo se integró en vos la urgencia política con la poesía?

-La política, a mi modo de ver, está en todos los actos de la vida. El tema tiene que ver con buenos o malos resultados y entre estos últimos está el texto de propaganda, el panfleto, lo servicial. Un poeta amigo decía que la poesía no le hace los mandados a nadie. Yo como ciudadano tengo una posición, asumo la defensa de mis derechos, pero como poeta la conciencia va de la mano de la inventiva y hay que arremangarse, limpiar el lenguaje, podar. Lo digo en un poema, “Afanes”: hay que pasar el peine, quitar las hojas secas, lo ampuloso, los piojos del decir. La urgencia del tema no disculpa la baja calidad. Ahí están para certificarlo contundentes poemas de Miguel Hernández, Whinétt de Rokha, Neruda, Guillén, Tuñón, Vallejo, Cardenal, Vilariño, Bañuelos, Gelman, Roca, Zurita y muchos otros.

¿Qué te ocurrió ahora, con Tráfico/Estiba, que te enfrentaste a textos que ya tienen más de cuarenta años?

- Es mucho tiempo, sí. Creo que si hay un eje que funciona en la base de mi trabajo literario, es la pregunta. Me refiero a esa indagación que además interpela y me interpela y que en poesía puede llevar en el mejor de los casos a ver siempre algo más desde un ángulo diferente.

Ese ángulo define la columna vertebral de sus poemas, en una veta que a veces roza el absurdo; una estética que él define “fellinesca”, el leve corrimiento de la realidad, la bruma onírica. El libro de 1991, Sordomuda, funciona como un ejemplo de su capacidad fantástica para alumbrar zonas extrañas, a veces siniestras, de la vida cotidiana. “No es la musa cantora ni el pájaro chillón, / ni el muñeco parlante ni la dama que dicta./ Es una Sordomuda, que te muestra la lengua por sólo una moneda. / La lengua está vacía./ La moneda tiene que ser de oro”, escribe en “Pordiosera”.

Junto con el oficio de poeta van de la mano el narrador de formidables perfiles de artistas y personajes más o menos conocidos y el autor de letras de canciones. Ha frecuentado ese rubro periodístico algo bastardeado que llaman “Historias de vida”, repartido en siete libros de textos sobre y con Chavela Vargas, Roberto Goyeneche, Nora Cortiñas, un ex preso en una isla del Caribe llamado José León Sánchez, Javier Villafañe, Gregorio Fuentes (capitán del yate de Hemingway y compañero de aventuras) y Dedé Mirabal, la única que quedó viva de las hermanas Mirabal asesinadas por el dictador dominicano Trujilllo. Y tantos más. Son retratos que siempre van un poco más allá de lo esperado; hurgan y roen hasta descubrir el hueso.

En cuanto a la canción, es un pasional estudioso de la música popular. Muestra, ahí también, un eclecticismo fenomenal. Aún hoy son recordados sus poemas musicalizados por Alejandro del Prado, para el disco que sacó en México en 1982, Dejo constancia, que tenía la participación de Silvio Rodríguez. Representó un momento altísimo de la canción argentina, en la senda de la tradición de las gloriosas duplas compositivas del tango y el folklore. “Fue una manera de trabajar. También lo hice con Litto Nebbia, Raúl Carnota y Nahuel Porcel de Peralta, entre otros. Pero el laburo con Alejandro del Prado es más recordado. Fueron muchos años compartidos en México. Dejo constancia se iba a llamar, justamente, Letra y música. Ale reparaba mucho en el trabajo en dupla: me hablaba de Ivan Lins-Vitor Martins y de Milton Nascimento- Fernando Brant. Yo le presenté a Silvio Rodríguez. Grabó en el disco “Qué cazador”.

Recitaste ante una multitud con él, cuando se presentó en Villa Lugano y luego en Avellaneda.

-Fue una locura. Nunca había estado ante tanta gente. En ambos concierto recité el texto del tema de Dejo constancia en el que cantan Alejandro y Nebbia, “Oficio”, aquel de “bésale las piernas a la poesía…”, y “Ronda de la sola”, dedicada a la Madre de Plaza de Mayo Olga Aredez. Cada recital de Silvio es una ceremonia. Ya en su casa en La Habana me había adelantado de su gira por los barrios marginados y en 2015 me tocó acompañarlo en el CCK, en la presentación del libro que justamente documenta esa experiencia. Fue por esos días que me invitó a participar en lo de Lugano. Pero lo de 2018 en Avellaneda fue aun más impresionante, un sacudón. Llevamos más de cuatro décadas de amistad. Una persona muy íntegra. Gran lector de poesía. De niño su padre Dagoberto le leía versos de Darío, Martí y Guillén; luego le impactaron César Vallejo y Saint John Perse.

¿Qué sentís cuando un poema pasa a ser cantado? Hubo hitos, como cuando Mercedes Sosa grabó “¿Será posible el sur?” con música de Porcel de Peralta.

-Cuando el poema de un libro pasa a ser parte de una canción, siento que se desdobla en otra forma; ahora, si el texto sale de mi trabajo con el músico, es resultado de otro proceso. Entre ambas formas prefiero el intercambio, cambiar figuritas con el músico. Y lo de Mercedes… qué decirte: le puso garra, corazón y su voz maravillosa.

Se siente cómodo hablando de música. La entrevista se realiza con la voz lejana de Sting, de fondo, que llega desde la cocina. Puede estar horas analizando la lírica de Cátulo Castillo y de los Homero, Manzi y Expósito, o evocando las tardes en el bar San Quintín de Saavedra, al que concurría para entrevistar al Polaco Goyeneche. O referir a sus últimos encuentros con Dino Saluzzi, con quien planean un disco eternamente postergado. Su paladar va de la tradición a la vanguardia. “A los 16 años yo andaba con discos de Piazzolla y también de Rovira, porque un tío me había pasado Sónico. Años después, ya en México llevaba esa música todo el día en el cuerpo; hasta te diría que los temas de Astor me tiraban imágenes, fraseos, modos de respirar. Influenció en el tejido de mi poesía; es imperceptible, pero está. Un día me llegó una carta. ¿Podés creer?

¿De Piazzolla?

-Sí. En el 83. Elogiaba mis cosas y tiró la posibilidad de hacer algo juntos. Me acuerdo que escribió: “pero ‘person to person’”. O sea, nada de cartas o teléfono. Después até cabos. El asunto vino por el lado de su hija Diana, muy buena escritora, también exiliada en México; intuyo que ella le hizo llegar textos sueltos o algún libro mío. Diana y Astor, me enteré después, estaban recomponiendo en esa época una relación quebrada debido a discrepancias políticas.

¿Llegaron a juntarse?

-Nos vimos en Buenos Aires, en 1984. Conversamos mucho. Astor ya no andaba bien de salud, me habló de un problema en las manos; me dijo que le enviara algunas letras pero con una métrica rigurosa. Yo me había imaginado otra cosa, algo así como una juntada para a hacer canciones sin pautas, sin métrica, y no le envié nada. Cometí un error. Fui un tremendo “pichi”.

Se indigna con los disparates que se dicen en la radio, cuenta historias de Cortázar (“¿vos sabías que ‘Casa tomada’ la escribió mucho antes del peronismo?”), desmenuza la cuarentena y dice que sí, que el poeta puede señalar el camino, puede vaticinar. “Cuando volví de Costa Rica dirigí una colección de poesía en Colihue y el primer escritor que quise publicar fue Horacio Castillo. Lo había conocido casualmente en 1998 en una charla en La Plata, me dio su libro Materia acre, de 1974, y quedé prendado. De ahí es un poema que se llama ‘Generación’ que habla de la peste, como si estuviera leyendo un diario actual. Hay muchos. Un poema de Ernesto Cardenal predice la caída de la estatua de Somoza… Son vaticinios. Por eso al poeta lo llaman ‘vate´.

Trabaja arduamente en su casa de Llavallol un ensayo sobre Federico García Lorca y su vínculo con América Latina. Cada tanto se calza el barbijo y sale a hacer compras para su madre anciana. Maneja un lunfardo deliciosamente anacrónico que seguramente aprendió, también, en los años de White. Tiene la carcajada fácil. Y un dolor agazapado entre tantos años de viaje y búsqueda. “Al final uno escribe para responder qué catzo hacemos en medio de esta batahola que llaman ‘vida’", dice él, Jorge Boccanera, que para prologar el monumental Tráfico/Estiba eligió un breve verso del poeta chileno Jorge Teillier como una contraseña, una guía, un secreto develado: “Cuando al fin te des cuenta /que sólo puedo amar los pueblos / donde nunca se detienen los trenes /ya podrás olvidarme/ para saber quién soy de veras”.


POEMAS DE TRÁFICO/ ESTIBA

ALEJANDRA PIZARNIK ABRE SU CUADERNO DE APUNTES

a Jorge Arturo

El hombre que saca la cabeza del agua,

es un pez que se asfixia.

El pez que mete la cabeza en el agua,

es un hombre y se ahoga.

El poeta escribe en la línea del agua,

y se asfixia,

y se ahoga.

 

ESPEJITO DE MANO

A Laura Yasan

Mírate bien, hoy eres

una cara de trapo al fondo del aljibe,

un perfil oxidado que ondea bajo el agua.

Mírate bien, hoy somos

el ladrido del viento. Te advertí, te lo dije,

es un sepulturero que cobra como artista.

Seguro ya te olió. Su corazón helado

vende casas de polvo en los despeñaderos.

Te advertí, te lo dije, el espejo, compra muebles

usados

y trabaja en el rostro con cuchillos sin filo.

Mírate bien, hoy eres un hospicio,

un extraño,

reverso de una imagen que se repite y dice:

uno de los dos está muerto.

 

HUELLAS

En el sueño soy otro que se parece a mí.

En la arena del sueño cruza un tren.

La silueta de un viejo va borrando las huellas

con un plumero negro.

Tras la locomotora, el ruido de tus pasos y los míos

anudados a un tango,

a una canción revuelta,

a un roquerío lejano donde van a morir todas las

camas.

Y la luz en la luz.

Y el anciano en lo suyo.

En el sueño soy otro que se parece a mí.

Este que ves ahora, no se parece a nadie.