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Solo los chicos

Una fotógrafa elige su película favorita: Guadalupe Gaona y Melody de Waris Hussein

Todas las tardes mi hermano menor y yo volvíamos del colegio caminando solos. Eran mediados de los 80. Yo tenía 10 años, la edad de Melody. Esas pocas horas, hasta la llegada de nuestra madre del trabajo, podían ser muy productivas. Limpiábamos toda la casa –aspirábamos las alfombras, pasábamos Blem a los muebles, y hasta bañábamos a la tortuga–. Recuerdo una vez que mi hermano, mientras yo dormía, cocinó una torta exquisita. Pero había un problema. Nuestra madre, todas las mañanas, antes de salir, escondía la antena de la televisión. Con el tiempo fuimos descubriendo todos sus escondites. Y ella, a su vez, nos descubría a nosotros. Así que un día decidió llevarse, adentro de la cartera, la antena de la tv al trabajo. Habíamos perdido nuestra pelea por el control de los medios. Adiós Heidi,  La Familia Ingalls, He-Man,  Mazinger Z, El Super Agente 86. 
Una tarde, al borde de la desesperación, clavamos un tenedor en el lugar de la antena y  logramos bastante calidad en la imagen. Pero nos teníamos que turnar para sostenerla. Con la cinta Durex resolvimos el problema y llegamos a pulir nuestro dispositivo incluyendo una papa y otro tenedor más. Así que por fin, podíamos mirar toda la tele que quisiéramos. 
Si en la tv pasaban películas como Toby, el niño con alas o Crin Blanca y El globo rojo, dejaba todos los juegos de lado para sentarme frente a la pantalla. Pero la película que más me gustaba era Melody (de Waris Hussein, 1971). Y cuando la pasaban era tan difícil despegarme del aparato como intentar separar los dos extremos de un imán que se atraen con fuerza.
El film, con guión de Alan Parker y música de los Bee Gees y de Crosby, Stills, Nash & Young, es un relato de iniciación ambientado a principios de los 70 en una escuela de los suburbios londinenses. Cuenta, en un principio, la historia de Latimer, un nenito rubio de clase media alta, de apenas 10 años de edad, que está fascinado con Onshaw, el rebelde de la clase, y quiere, a toda costa, hacerse su amigo. Onshaw proviene de una familia de clase obrera –la película que tiene por momentos casi una estética documental, muestra el contraste de sus hogares–. Onshaw es irreverente, desaliñado, un pequeño stone. Es decir, Onshaw tiene mucha onda. Y Latimer, que está harto de su madre sobreprotectora, consigue la amistad de este rockero precoz y de su banda de amigos. 
La película está contada desde el punto de vista de los chicos y muestra el infierno del mundo adulto. Los padres son personas grotescas, y los profesores seres grises que  intentan inculcar una educación rigurosa permitiéndose hasta la violencia física. Pero lo cierto es que el colegio es un descontrol y  los chicos se les van de las manos todo el tiempo, y los viejos correctivos no funcionan como tampoco las respuestas que la sociedad le daba a esa nueva generación que estaba a punto de explotar. En este caldo de cultivo, Latimer, Ornshaw y su banda de amigos  –todos, podemos conjeturar, futuros punks– logran burlar a los adultos y “adquirir experiencia”. Los personajes de la película no lo saben pero están viviendo el fin de la infancia. Sus cuerpos y sus deseos van a cambiar. Y eso es lo que le pasa a Latimer cuando la ve por primera vez a Melody en una clase de ballet y queda completamente enamorado. Melody tiene la piel blanca y el pelo lacio con flequillo. ¡Y es la chica más hermosa del mundo! Así que sustituye rápidamente a Onshaw en el corazón de Latimer. 
Está de más decir que a esa altura de la historia, yo también quedaba completamente enamorada. Pero a diferencia de Melody, yo estaba enamorada de Onshaw. Cuando pasó el tiempo y dejé de ver la película durante años, en mi memoria había invertido los roles. Recordaba erróneamente que Melody elegía a Onshaw. 
La historia tiene final feliz. No sólo termina con el “casamiento” de Melody y Latimer bajo la bendición de Onshaw, sino que concluye con una revolución. Los profesores descubren a todos los compañeros de la pareja enamorada en plena ceremonia, que se está llevando a cabo en un túnel debajo de las vías del tren. Los chicos les hacen frente a los adultos y, de manera salvaje, los atacan. Les arrancan la ropa y los golpean. Mientras tanto Melody y Latimer, con ayuda de Onshaw, corren y se escapan por otro lado. Un nenito que desde el comienzo de la película intenta armar explosivos, al fin lo consigue y vuela un auto por los aires. La película muestra en un plano general a Melody y Latimer fugándose en una zorra, eternizando un momento utópico: amor eterno y revolución permanente. 


Guadalupe Gaona 

es licenciada en artes, fotógrafa y poeta. Trabajó  como editora y fotógrafa para diversos medios nacionales e internacionales.  Desde el 2009 dicta el Seminario Fotografía: historia y estética de una práctica. Su último libro de fotos es Quieta (RM, 2010). Desde 2008 colabora como letrista en el grupo de música Rosal. Su libro de poemas y fotografías Pozo de Aire (VOX, 2009) fue adaptado al cine por Milagros Mumenthaler bajo el título de La idea de un lago y se estrena en febrero de 2017. Actualmente trabaja, junto con Ignacio Masllorens, en el film  La imagen demente, ensayo documental sobre fotografía, archivo, ciencia y locura. 

 

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