Al adolescente siciliano que salía con su padre a cazar no le gustaba matar. Cuando alguien de la comitiva de cazadores llevaba una escopeta de sobra, él disparaba a botellas vacías o latas oxidadas. Dicen que tenía buena puntería. Hasta que un día disparó y mató a un conejo y decidió no acompañar más a su padre en esas batidas. Tiempo después, ya casado y con tres hijas, vio a un grupo de cuatro niños jugando con un pequeño gatito como si fuera una pelota. Andrea Camilleri (1925-2019) –-el escritor que vendió más de 35 millones de libros en el mundo-- se abalanzó como un poseso y les dio patadas en el trasero hasta que logró rescatar al pequeño felino. El gatito tenía la espalda destrozada y estaba en pésimas condiciones. Lo vendaron como una momia y el veterinario le advirtió que no se encariñara porque no tenía muchas chances. El Barón, como lo llamaron por el protagonista de una serie que veían entonces, vivió dieciocho años más.

La liebre que se burló de nosotros (Duomo Ediciones) es un libro delicioso, una belleza extraña para el lector de Camilleri, acostumbrado a la saga de novelas negras protagonizadas por el comisario Montalbano, que empezó en 1994 con La forma del agua. Él se lo dedicó a sus bisnietas, Matilda y Andrea. En una nota al final del libro explica los motivos por los cuales escribió los doce cuentos reunidos en el volumen --prologado por Fernando Aramburu y con ilustraciones de Paolo Canevaro-- en los que muestra una relación más respetuosa y armónica con los animales. “Si realmente un día logramos saber qué opinión tienen de nosotros los animales, estoy seguro de que no nos quedará más remedio que desaparecer de la faz del planeta, muertos de vergüenza. Suponiendo que, dentro de cincuenta años, los hombres todavía sean capaces de albergar tal sentimiento. Yo, afortunadamente, ya no estaré. Pero quisiera que algún bisnieto mío entregara a los animales una copia de este librito para que pudieran tener de mí, y de muchísimos otros como yo, una opinión, ni que fuese ligeramente, distinta”.

“Las liebres son animales preciosos”, plantea en el primer relato del libro. Después de que reciben un disparo, las liebres ejecutan una voltereta perfecta en el aire, que implica que han sido heridas de muerte. Cuando todavía acompañaba a su padre en las batidas, le tocó recoger el cuerpo de una liebre que su padre había matado. Cuando intentó agarrarla por las patas posteriores, se contorsionó y huyó como un rayo, dejando al adolescente Camilleri boquiabierto. Los disparos ni siquiera la habían rozado. “¿Cuántos compañeros suyos había visto morir cazados, en su larga vida, para lograr imitar perfectamente su muerte?”, se pregunta el escritor. No será la única pregunta. La historia del papagayo Pimpigallo –que imitaba a la perfección la voz de Camilleri- introduce otro interrogante. “Yo no sabía que un papagayo tan pequeño fuera capaz de hablar. Pero ¿cómo podía salir una voz tan gruesa y profunda como la mía de un animalito tan pequeño?”.

La sensibilidad del escritor siciliano hacia los animales suma a la causa. En una de las últimas entrevistas que dio el año pasado al Diario.es de España, poco antes de ingresar al hospital Santo Spirito, donde murió el 17 de julio de 2019, dilucidaba su posición. “No soy un animalista apasionado pero respeto a los animales. El abandono de los cachorros en las carreteras, que se hace con tanta facilidad, muestra una forma de comportarse que no es antianimalista sino antihumana. Es la ausencia de cualquier piedad”. “Los pavos no dan las gracias” es uno de los cuentos más significativos del libro. Cada cuarto jueves de noviembre se celebra el día de Acción de Gracias en Estados Unidos. La tradición manda que cada mesa en las casas de los norteamericanos esté presidida por un pavo relleno. “En los ojos abiertos de par en par de muchos animales llevados al matadero he podido leer el terror por el final próximo, tal vez olían la sangre de las víctimas que los habían precedido. Los pavos, en cambio, no mostraban el menor indicio de inquietud. ¿Estupidez absoluta o suprema dignidad?”. Más allá de la duda, el autor tiene una certeza con la que concluye ese cuento: “Alabada sea, pues, la dignidad de los pavos que mueren pero no dan las gracias. Mientras tanto hay numerosos jefes de Estado que, sentados a la mesa del poderoso aliado norteamericano como invitados de honor, terminan igual que los pavos. Y ellos, encima, dan las gracias”.