ENTREVISTA  

A 65 años del golpe que dividió al país

Julio César Melon Pirro, doctor en Historia y docente de las universidades nacionales de Mar del Plata y del Centro, analiza las ideas sobre el peronismo que convivieron entre quienes llevaron adelante el golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955, detalla cómo se vivió en las provincias y desmitifica el grado de organización de la resistencia.
Imagen: Reinaldo Cortés

El golpe de Estado de 1955 es sin duda uno de los sucesos más determinantes para comprender la historia argentina contemporánea. Solidificó una identidad política en el antiperonismo y construyó un nuevo mito fundante dentro del propio movimiento, el de la resistencia. Sin embargo, ese golpe tenue que se proponía un país sin vencedores ni vencidos fue rápidamente sacudido por la violencia de la autodenominada Revolución Libertadora, con los intentos infructuosos de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas por desperonizar al país. Por estos días, se cumplen 65 años de este golpe que llevó al exilio a Juan Domingo Perón y a la proscripción del partido durante 18 años.

Para conocer las implicancias de este suceso y desmitificar los hechos posteriores, el Suplemento Universidad conversó con Julio César Melon Pirro, doctor en Historia y profesor titular de la cátedra de Historia Contemporánea en las universidades nacionales de Mar del Plata y del Centro; investigador del Centro de Estudios Históricos (CEHis) y del Instituto de Estudios Histórico Sociales (IEHS); y autor, entre otros libros, de “El peronismo después del peronismo” y “La resistencia peronista”.

En esta entrevista, el docente e investigador distingue las corrientes internas dentro del golpe; habla sobre el presunto pedido de armas de la CGT a los militares para enfrentar el alzamiento y desmitifica el grado de organización de la resistencia peronista.

- ¿Qué tanto pesó en Perón el antecedente de la Guerra Civil Española en su postura de no ofrecer resistencia al golpe?

- Creo que mucho. El punto culminante fue el bombardeo del 16 de junio a la Plaza de Mayo, seguido por el incendio de los templos católicos. Es difícil imaginar esa fecha, ya que no es nada común que la aviación bombardee a la población civil. Conocemos los célebres casos, precisamente, de la Guerra Civil Española o el bombardeo de ciudades guatemaltecas durante el golpe contra Arbenz, un año antes. Pero en Guernica fue la Lutwaffe, en Vietnam los norteamericanos y aquí, la propia aviación naval. La población no tenía experiencia alguna en este tipo de hechos y para nosotros hoy resultaría inconcebible.

Conviene tener presente que había antecedentes importantes para esto: intentos de golpes de Estado como en 1951, actos terroristas con bombas como en 1953, o al menos desde mediados de los años 50, con un núcleo de militares decididos a aprovechar cualquier circunstancia para derrocar a Perón. Hay que considerar que una de las claves del éxito de un golpe radica en la determinación que se exhiba, pero que lo del 16 de junio superó todo limite. Lonardi, que en septiembre triunfó luego de recomendar “brutalidad” a su tropa, lamentó las muertes que ocasionó el levantamiento.

El incendio y saqueo de las iglesias completó el cuadro e intimidó a Perón. Más allá de buscar responsables en el comunismo o en los ladrones oportunistas, y de prometer al pueblo que se castigaría a los asesinos, eludió el espectáculo de la muerte e inició una política de pacificación, camino que siguió hasta la noche del 31 de agosto en la que profirió la amenaza del “5 x 1”. Más allá de esos dichos espectaculares, y hasta que decidió renunciar (algo que parece haber apresurado la amenaza de bombardeo sobre la destilería de La Plata), la Guerra Civil Española fue, para él, un fantasma a eludir.

- ¿Por qué se deterioró tanto la relación entre Perón y la Iglesia católica y qué rol cumplió esta institución en el golpe?

- La relación entre el peronismo y la iglesia, tan bien estudiada por Susana Bianchi, Lila Caimari, Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, no se agotó en la implementación de la enseñanza religiosa y en el apoyo contra la Unión Democrática de 1946. Siguió habiendo roces por los contenidos de la educación y, además, la política social del peronismo hizo menos relevante la asistencia a los pobres. El culto a Eva Perón muerta y al presidente vivo aumentaron las suspicacias de un clero además preocupado por la moral sexual del presidente. La Iglesia tomó nota de viejos desplantes y nuevos dichos y, por su parte, al gobierno no le agradó la creación del Partido Demócrata Cristiano. Un día, Perón cuestionó públicamente a algunos curas y pretendió encarnar al verdadero cristianismo. Como sabemos, todo terminó en la expulsión de obispos y en la excomunión de Perón; en la quema de las iglesias y en un golpe liderado por el muy católico Lonardi. En definitiva, lo que no lograron los partidos políticos tradicionales, lo hizo la Iglesia, o mejor dicho, el conflicto, unificando a la oposición y sensibilizando a un sector clave del Ejército.

- ¿Qué ideas sobre el peronismo convivieron entre los actores que llevaron adelante el golpe?

- Suprimir todo vestigio de totalitarismo, tal cual rezaba un decreto oficial, y depurar y adecentar el país no fueron objetivos formulados por quienes inicialmente fueron el centro o la dirigencia del golpe. De hecho, el PJ no fue inmediatamente suprimido y tampoco la CGT fue intervenida. Esto puede seguirse muy bien en las páginas del periódico “El Líder”, y también en “La Prensa”, que como sabemos había sido expropiada por el gobierno peronista y estaba bajo el control de la central obrera. El ministro de Trabajo Cerrutti Costa era un hombre que se había desempeñado como abogado en la UOM y el mismo Lonardi había explicitado su vocación de no entregar a los trabajadores a las fuerzas del mercado. Lonardi, que murió poco después de su defenestración, quedo como una referencia para un sector del nacionalismo argentino y Cerutti tuvo una larga trayectoria siempre asociada al mundo del trabajo. En los años setenta fue director del diario El Mundo, vinculado al PRT. El Almirante Rojas, vicepresidente provisional primero de Lonardi y luego de Aramburu, tuvo una actitud antiperonista más radical que se expresó plenamente desde noviembre. La Marina fue (y siguió siendo) la fuerza más antiperonista.

Los actores y el territorio

- Hay un mito popular sobre el pedido de armas de la CGT a los militares para constituir milicias obreras contra el golpe, ¿qué hay de cierto en esto?

- Existieron notas de parte de la CGT, rápidamente desestimadas por el ministro de Guerra Franklin Lucero.

Perón, en pleno bombardeo, llegó a fastidiarse por la presencia de gente en las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Es más, la preocupación fue evitar que dichas versiones (el 16 de junio aparecieron modestas armas en la Plaza) preocuparan aún más a los militares. Hasta ahí lo que sabemos.

Una incomprobable versión adjudica a Eva Perón haber comprado en 1951 o 1952 armas para la central obrera. Estas historias, seguramente iniciadas en un fondo remoto de verdad, suelen atraer al público y, por supuesto, a quienes escriben; consecuentemente se extienden y en algunos casos llegan a comprometer a los protagonistas. Cuando entrevisté a Andrés Framini, el gran dirigente de la Asociación Obrera Textil (AOT), que fuera gobernador electo en 1962, no me lo negó, pero tampoco aportó datos respecto de todo lo que había circulado. Los historiadores profesionales han sido cautelosos y, en general, escépticos respecto del asunto.

- ¿Cómo se vivió el golpe en las provincias, especialmente en los grandes centros urbanos?

- Córdoba fue el centro, al punto de que por mucho tiempo fue celebrada como una capital del antiperonismo. Pese a que allí hubo una notable participación de comandos civiles, lo decisivo fue el éxito de un militar retirado en sublevar una unidad y hacerse fuerte en el centro del país. Determinante fue también la Base Naval Puerto Belgrano.

De todos modos, el drama o el entusiasmo, dependiendo el caso, involucró a todo el país. Obviamente, ni en Córdoba ni en la Capital Federal había solo antiperonistas, ni en el Gran Buenos Aires dejaba de haberlos. Tampoco en las ciudades medianas o pequeñas del resto del país. No es difícil encontrar, allí donde se busque, rastros de esa cesura que dividió a la sociedad aunque, como decía Agulhon, los revolucionarios del día siguiente son más abundantes que los de la víspera.

Sin embargo, sabemos poco sobre los comandos civiles. En junio, el día del bombardeo a la Plaza, había tres centenares de personas en Buenos Aires dispuestas a actuar a continuación de los infantes de la Marina. En septiembre hubo muchos más y tuvieron importante participación en Córdoba. Por un tiempo debe haber habido muchísimos más, ya que así como la derrota no tiene padres, la victoria tiene muchos entusiastas.

El nacimiento de la resistencia

- ¿Qué grado de articulación y organización tuvieron las muestras de resistencia civil?

- Hay que tener en cuenta que las tareas propias de la estrategia de pacificación fueron políticas, no militares. En la hora decisiva, las promesas y declaraciones de los dirigentes sucumbieron a la realidad de un ejército que, contrariamente a lo que pasara pocos meses antes, se plegó al golpe. La represión hizo el resto.

La Alianza Libertadora Nacionalista, protagonista de tempranos actos de resistencia en Córdoba, juró no entregarse en la Capital Federal. Del mismo modo, hubo reuniones en la sede del Partido Peronista de Buenos Aires, luchas callejeras en Rosario, algún tiroteo en Mar del Plata, etcétera. La sede central de la Alianza, que por entonces se denominaba Alianza Popular Nacionalista y estaba al mando de Guillermo Patricio Kelly, fue totalmente destruida durante el cañoneo de dos tanques. Di Pietro, que dos días antes desde la CGT había llamado a resistir hasta la muerte, convocó razonablemente a la paz de los espíritus. La desorientación fue muy grande.

- ¿Cómo ayudó la épica de la resistencia a la consolidación de la identidad peronista?

- Mucho se ha dicho y algo se ha escrito sobre la resistencia peronista. Hubo de todo, pero en los primeros tiempos prevalecieron el sabotaje y un terrorismo modesto vinculado a la organización espontanea. Por supuesto que podríamos considerar también las manifestaciones de lucha de la clase trabajadora, que no tardaron en llegar; muy poco compatibles con el terrorismo y bastante más organizadas. De todos modos, no debe olvidarse que la gran gesta obrera de la resistencia, la toma del frigorífico nacional, quizá el hecho más evocado identitariamente por los peronistas, implicó una gran derrota y no solo el prólogo del plan Conintes. Por otra parte, durante mucho tiempo y aún después de la trunca insurrección de los generales Valle y Tanco, una de las opciones de los grupos que pugnaban en la organización de la clandestinidad había radicado en esperar un golpe de Estado, de hecho había grupos expectantes de hacerlo en ocasión del 9 de junio de 1956 y la odisea de uno de ellos fue magistralmente relatada por Walsh en “Operación Masacre”.

Por supuesto, mucho de los puntos historiográficamente más conocidos, como la desaprobación inicial de Perón a la sublevación de junio o la heroica resistencia del barrio de Mataderos, en 1959, fueron subsumidos en el lenguaje político en un símbolo que sí fue relevante para la identidad peronista. Hay que tener en cuenta un hecho obvio: en 1955, el peronismo comenzó a transitar un ciclo opuesto al de su formación. Así, en el recuerdo de una era de bienestar bajo el amparo de los líderes se solaparon relatos en los que prevalecía la hostilidad represiva del Estado. El bombardeo de la Plaza de Mayo en junio de 1955 y los fusilamientos de militares y civiles en 1956 –dos hechos trágicos- fueron claramente constituyentes en ese recuerdo.

 

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